Security-Freak-Show y acogida cordial
He llegado a los USA en dos veces.
En Filadelfia he tenido que hacer mi entrada oficial. Al salir del avión se entra directamente en un hall gris oscuro provisto de numerosas ventanillas donde se sientan fundamentalmente empleados de sombría mirada. Y paneles por todas partes : ¿Prohibido hacer fotos ! ¡Prohibido usar el móvil ! Otro panel prohibe también ser desagradable con los hombres de los mostradores. Ningún reloj en la sala. Tengo una hora y media para cambiar de avión y hago cola durante una barbaridad de tiempo.
Huellas digitales, foto, interrogatorio. Mi « empleado de seguridad » personal se empeña en descubrir por qué voy ahora a Pittsburgh. Me gustaría bastante saber cuáles son mis derechos frente a la policía tan bien como lo sé en
Alemania. El hombre frente a mí frunce el entrecejo pero termina por sellar mi pasaporte :estoy autorizada a entrar en los USA. Corro a unirme a la cola siguiente. Contenidos por cordones inamovibles, cientos de personas esperan en largas filas poder franquear el proximo control de seguridad.
Una empleada del US-Aiway me había comentado desde mi salida de Frankfort algunas vejaciones que tendría que soportar : no se debe llevar mechero en el equipaje consignado en Alemania; en los USA, no hay que llevarlo en el equipaje de mano.En Filadelfia todos los viajeros deben quitarse los zapatos y atravesar el control en calcetines.Carrera hasta el avión. Delante y detrás de mí, viajeros nerviosos y moderadamente exasperados.
La segunda llegada tiene lugar en Pittsburgh. Un autobús directo me lleva al centro de la ciudad. De ahí sale el autobús en dirección a « hill district ». El autobús no lleva número, en todas las estaciones el conductor anuncia en voz alta la parada: « Webster !» Soy la única blanca en el autobús. Al cabo de algunos minutos, un hombre de cierta edad me pregunta si voy a la iglesia baptista (Monumental Baptist Church). Cuando en respuesta le pregunto, contentísima, si ha oído hablar de la manifestación, rápidamente tengo cinco interlocutores. Uno de ellos me acompaña algunos metros a la salida del autobús, para ayudarme a encontrar el camino.
En los locales de reunión de la iglesia reina una intensa actividad. Se preparan enormes cantidades de comida. Esperamos para este domingo autobuses fletados en numerosos estados. En seguida me incluyen, me ponen un cuchillo en las manos. Después de dos kilos de cebollas picadas en daditos, Sharon, del despacho de Pittsburgh, anuncia al campamento que ostento un récord : ¡soy la que ha hecho el viaje más largo para venir ! Me aplauden, me estrechan las manos. Pero los demás también tienen bonitos trayectos en su haber. Hay militantes de Boston, de Massachussets, del Oeste de Virginia, de Los Ángeles.
A las nueve me meto en la tienda. Oigo antes de quedarme dormida los martillazos y los preparativos de la acampada.

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