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Justicia económica global
Aktualisiert: vor 3 Stunden 49 Minuten

Cinco cosas que te vas a comer con el acuerdo CETA

Fr, 22/09/2017 - 07:05

Yago ÁlvarezEL SALTO

Acuerdo Económico y Comercial Global (CETA)

El acuerdo comercial CETA entrará en vigor casi en su totalidad. Muchos de los alimentos, antes prohibidos en la Unión Europea, podrán llegar a nuestra mesa en los próximos meses.

Salmón transgénico para consumo humano

Salmón transgénico aprobado en Canadá para consumo humano

Este viernes día 22, el polémico acuerdo comercial entre la Unión Europea (UE) y Canadá, conocido como CETA por sus siglas en inglés, entrará en vigor casi en su totalidad. Un 90% de sus directivas se comenzarán a aplicar sin que el acuerdo haya sido ratificado por muchos de los parlamentos de los Estados miembros. Bélgica ha recurrido el sistema de arbitraje ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y países como la Francia de Macron, han encargado estudios sobre sus posibles riesgos antes de votarlo.

Mientras llueven críticas sobre la puesta en vigor de un tratado que sigue levantando suspicacias, el Gobierno español ya ha dado luz verde a su aplicación. Colectivos ecologistas y la campaña “No al TTIP, CETA y TiSA” siguen denunciando las graves consecuencias que puede tener la puesta en marcha de un tratado de libre comercio que podría rebajar los estándares de control y calidad de los productos y servicios que vienen de Canadá. Estos cinco grupos de alimentos podrán encontrarse dentro de muy pronto en nuestros menús diarios.

1. La carne clorada

Las regulaciones canadienses permiten que la carne de vaca y pollo sea lavada y procesada con agua clorada, algo que está prohibido en la UE. Este proceso consiste en utilizar agua con cloro y otros químicos para limpiar la carne al final del proceso de producción. Los posibles efectos para la salud de este método siguen siendo una incógnita. Las importaciones de la UE de vaca y cerdo aumentarán, impulsadas por unos precios más bajos obtenidos gracias a una industrialización de las granjas que aquí no se ha alcanzado todavía.

2. Fármacos de crecimiento en la carne

Uno de los secretos de esa industria alimentaria de superproducción se encuentra en los fármacos y hormonas de crecimiento. Uno de ellos es la ractopamina, un fármaco beta-agonista que estimula el crecimiento y que está prohibido en 160 países, incluidos los de la UE, debido a la preocupación acerca de su impacto en la salud humana. En Canadá está permitida y utilizada como droga veterinaria que se inyecta al ganado bovino, cerdos y pavos. El estimulante es inyectado antes del sacrificio por lo que los niveles de residuo permanecen en el alimento.

3. Alimentos genéticamente modificados

La “tolerancia cero” de la UE permite solo el 0,1% de material modificado genéticamente (GM) en variedades que no estén aprobadas, pero en Canadá la cosa es muy distinta. Canadá es uno de los tres grandes productores de alimento GM del mundo. La UE obliga a etiquetar cualquier producto que haya sido modificado genéticamente (conteniendo más del 0,9% de ingredientes GM). En cambio, en Canadá, no se requiere un etiquetado obligatorio, solo voluntario.

A pesar de que la UE no utiliza los cultivos transgénicos para el consumo humano directo, dos, maíz y soja, están permitidos en la alimentación animal, y la soja GM canadiense es ampliamente utilizada en la UE. El aceite de colza, el maíz, soja y remolacha azucarera modificada genéticamente canadiense, son otros de los alimentos que podrían llegar a nuestras mesas sin pasar los controles que, hasta ahora, se exigen la UE.

4. Colorantes alimentarios

La regulación canadiense permite que los fabricantes puedan etiquetarlos utilizando su nombre común, como “Fast Green FCF” o simplemente “colorantes”. Muchos de ellos están permitidos allí, pero no en la UE. Algunos de los prohibidos en varios de los Estados miembros, y que podremos encontrar en nuestros alimentos desde hoy, son el Fast Green FCF, el Citrus Red No.2, 18 Allura Red, Ponceau SX, Brilliant Blue FCF, indigotina y tartrazina

5. Salmón clonado

En mayo de 2016, Health Canada y la Canadian Food Inspection Agency anunció que el salmón genéticamente modificado de la empresa AquaBounty ha sido aprobado para la venta como alimento en Canadá. Este es el primer animal genéticamente modificado en ser aprobado en Canadá tanto para alimento humano como para animal, en filetes de pescado, aceite de pescado o alimento de peces. Y en Canadá, la empresa no está obligada a etiquetarlo en los estantes de las tiendas. Las tasas arancelarias para el salmón, que ahora se extienden hasta el 15%, se eliminarán bajo el CETA, por lo que más salmón canadiense se venderá en Europa.

Yago Álvarez

@EconoCabreado

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La política exterior de Donald Trump

Do, 21/09/2017 - 07:00

Immanuel Wallerstein - La Jornada  

La llamada madre de todas las marchas  sólo reunió a unos cientos de personas ayer sábado en Washington en respaldo del presidente estadounidense Donald Trump.

Donald Trump se aproxima al final de su primer año como presidente de Estados Unidos. Ahora todo mundo –simpatizantes, oponentes, aun los indiferentes– parecen coincidir en una cosa. Sus pronunciamientos y sus acciones son impredecibles. Ignora los precedentes y se comporta en modos que constantemente sorprenden a la gente. Los simpatizantes encuentran esto refrescante. Los oponentes lo encuentran aterrador.

No obstante, muy pocos han comentado en torno a lo que creo es su logro más singular. Se ha manejado con la treta de ser el actor más impredecible en la escena estadounidense y mundial, y al mismo tiempo como el actor más predecible.

Es deliberado que se rodea de una panoplia de asesores que lo empujan en direcciones opuestas en extremo. Constantemente despide a alguno de ellos y designa a otros. Ningún individuo parece durar mucho. El resultado es que a todo mundo le deja claro que la decisión final es suya –y suya solamente. Puede acceder por un tiempo a lo que los asesores le sugieren, pero algunas veces deshace al día siguiente lo aconsejado. Esto es lo que lo hace ver tan impredecible.

Pero al final revierte siempre su decisiones hacia lo que algunas veces se le llama sentimientos de tripa, sea el asunto de la atención a la salud, la inmigración, la reducción de impuestos o la acción militar. Eso es lo que lo hace tan predecible. El resultado final es siempre el mismo. Cualquiera que lo observe o trabaje con él o se le oponga debe por tanto ser capaz de predecir a dónde va a terminar estando. Y para casi todo el mundo, dónde Donald Trump termina no es donde les gustaría que un presidente de Estados Unidos fuera.

Trump y Estados Unidos se enfrentan con un gran número de asuntos acerca de los cuales existen fuertes y divisorias opiniones en ambos lados. Estas divisiones resultan intratables para muchos. No para Donald Trump. Él cree en sí mismo y en su habilidad para completar sus agendas nacional y mundial. Para él nada es intratable.

En septiembre de 2017, las dos decisiones más urgentes de política exterior tuvieron que ver con Corea del Norte e Irán. En ambas, el conflicto con Estados Unidos gira en torno a un asunto crucial: las armas nucleares. Corea del Norte las tiene. Irán no las tiene, pero al menos algunos de los principales actores internos piensan que es esencial que Irán las adquiera.

La posición oficial estadounidense es que Corea del Norte debería desmantelar su armamento nuclear y que Irán debería cesar cualquiera y todas las actividades que se muevan en la dirección de adquirir tales armas. Estas posturas no son nuevas o inventadas por Donald Trump. Han sido la posición pública de Estados Unidos, de todos los presidentes previos, por algún tiempo ya.

Lo que es diferente con Trump es que se niega a admitir lo difícil que es conseguir estos objetivos de Estados Unidos y lo peligroso que sería perseguirlos mediante acciones militares. Por tanto, los presidentes previos han buscado soluciones (así llamadas) diplomáticas. En el caso de Irán, la diplomacia pareció funcionarle al presidente Obama con el acuerdo firmado por ambos países (y otras potencias). En contraste, la diplomacia ha logrado hasta ahora muy poco en el caso de Corea del Norte.

En ambas situaciones, los sentimientos de tripa de Donald Trump parecen claros. Quiere usar las acciones militares para forzar a Corea del Norte a que desmantele sus armamentos nucleares. Quiere retirarse del acuerdo con Irán y utilizar una amenaza militar para obtener su renuncia permanente del desarrollo de armamentos nucleares.

Hay dos preguntas en torno la política exterior de Trump. ¿Puede de hecho disponer que se comiencen acciones militares? Y si puede, ¿podrán lograr las acciones militares lo que él confía lograr?

Donald Trump prometió a sus simpatizantes que probaría ser un amigo verdadero de los militares estadounidenses otorgándoles puestos clave en su administración y buscando expandir los fondos de las fuerzas armadas. Lo ha hecho. En su último reciclaje de su personal, colocó a un militar, John Kelly, en la posición de jefe del Estado Mayor con amplios poderes para cambiar al personal y servir de filtro para acceder al presidente.

Por supuesto los militares aprecian obtener más fondos. Pero es curioso que la mayoría de sus asesores militares son relativas palomas. Sí favorecen una expansión de fondos para los militares. Pero todos parecen creer que las guerras son en verdad un recurso final, uno que tiene enormes e inevitables consecuencias negativas. Tienen un aliado en el secretario de estado, Rex Tillerson. Siempre que Trump ha seguido su consejo y ha proferido su retorica más áspera, eso le parece de lo más incómodo ejercerla por más de un breve momento. Siempre regresa a sus fundamentos.

La primera pregunta es si Trump puede de hecho lanzar acciones militares serias. Esto sería menos fácil de lo que imagina. Los burócratas militares tienen toda suerte de modos para desacelerar, inclusive frenar, acciones con las que ellos no están de acuerdo. En el régimen de Trump, de hecho son impulsados a hacer esto por otro rasgo peculiar de la personalidad de Donald Trump. Le gusta asumir el crédito de los éxitos y culpar de los fracasos a los demás. Así que por si fuera el caso que las acciones militares fracasaran, está subcontratando las decisiones reales de los militares. Si hubiera un fracaso bien puede culparles. En caso de éxito será el primero en reclamar el crédito exclusivo. Sin embargo, subcontratar necesariamente significa retrasos e invita al sabotaje.

Son diferentes los casos de los dos países. Corea del Norte tiene de hecho bombas, unas que sí pueden alcanzar el territorio de Estados Unidos. Es más, la inteligencia estadounidense parece estar diciendo que Corea del Norte está mejorando su capacidad militar a un ritmo muy rápido. El régimen de Trump habla ahora de una guerra preventiva –el oxímoron más maravilloso inventado alguna vez. Si Estados Unidos lanzara una guerra preventiva, uno puede tener la certeza de que Corea del Norte responderá de manera importante.

En contraste, Irán no cuenta con armamento nuclear. Públicamente insiste en que no tiene la intención de adquirirlos. Por lo menos la mitad de las autoridades parece lista a renunciar a cualquier esfuerzo encaminado a adquirirlos permanentemente, a cambio de varias clases de beneficios económicos. Va a ser más difícil renunciar al acuerdo de lo que Donald Trump cree. Por una razón: tiene cosignatarios –Alemania, Francia, Italia y la Unión Europea– que han dicho que no van a ceder ante tal renuncia.

Pero por el momento suspendamos la pregunta de si funcionaría una acción militar y preguntémonos por sus consecuencias. En el caso de Irán, es muy probable que los aliados mundiales más importantes de Estados Unidos en Europa, por no hablar de Rusia y China, en el futuro aumentarían la distancia que tomen –no sólo del régimen de Trump, sino de Estados Unidos como país. Un camino no diplomático probaría ser un desastre diplomático.

En Corea del Norte, las consecuencias serían todavía más grandes. Supongamos que Estados Unidos bombardea todas las locaciones conocidas donde existen armamentos nucleares en Corea del Norte. Que algunas bombas fallan en dar en el blanco.

Además, parece que Estados Unidos no tiene siquiera la lista completa de las locaciones. Corea del Norte puede ser capaz de lanzar una bomba desde un submarino. Imaginemos por un momento que tras una guerra preventiva, Corea del Norte quedara con una sola bomba. ¿A quién la lanzaría?

En cualquier caso, las bombas estadounidenses de su guerra preventiva y la bomba con que respondería Corea del Norte resultarían en un despliegue nuclear de increíble magnitud y dispersión geográfica. Bien podría ocurrir que los resultados de tales bombas soplaran por todo el océano Pacífico e infligieran tremendos daños a vidas en Estados Unidos. El hecho es que el resultado final de Trump puede no ser un triunfo. Puede ser solamente un desastre humano de dimensiones mundiales.

Sin duda, el lector no quiere saber mi predicción de lo que de hecho va a ocurrir. Es triste decirlo, impredecible.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Francia compró un oxímoron socioliberal

Mi, 20/09/2017 - 13:57

Albino Prada – Comisión JUFFIGLO de ATTAC España

La sociedad francesa se encuentra en una encrucijada decisiva después de haber sigo gobernada por la derecha neoliberal (Sarkozy) y por la socialdemocracia virtual (Hollande). Ante el miedo que despiertan las opciones protofascistas y racistas, por un lado, y la izquierda por otro (en ambos casos por la ruptura de la UE y la salida del euro), ha sido elegido E. Macron con la mayoría suficiente para implementar un programa rotulado por los medios de masas como socioliberal.

En la segunda parte de este breve análisis intentaré argumentar que la puesta al día de una política socioliberal (con origen en la Europa del siglo XIX) para la Francia del siglo XXI constituye lo que se denomina un oxímoron: una figura retórica de pensamiento en la que se complementa una palabra (en este caso la referencia al bienestar y al desarrollo social) con otra (liberalismo) que a día de hoy tienen significados necesariamente contradictorios u opuestos. Comprobaremos que no solo es un oxímoron interno sino también externo.

Que esto fuese necesariamente así obedecería a que en el mundo global actual, y en las sociedades capitalistas más ricas del mundo como es el caso de Francia, la ampliación sin límites de la economía de mercado no puede coexistir con una sociedad inclusiva, por mucho que se pueda configurar una mayoría electoral que compre la promesa de regresar a la ciudad de su infancia. Una ciudad en la que los hijos ascendían por la escalera social, en la que los empleos eran a cada paso menos precarios y en la que las incertidumbres (vinculadas al desempleo, a la jubilación, a la pobreza o a la enfermedad) disminuían año tras año.

La encrucijada francesa

En un documento del año 2010 (Una ambiciónpara diez años, 2010-2020) del que fuera relator general E. Macron, se dibujaba un diagnóstico muy preocupante de la situación francesa. Diagnóstico compartido por buena parte de la intelligentsia de aquel país.

En primer lugar se constataba un estancamiento que los abocaba a dejar de ser la quinta economía mundial para pasar a ser la novena. Para evitarlo sería necesario un crecimiento acumulativo anual no inferior al 2,5% y superior a la media de la economía alemana. Pero lo cierto es que este año 2017 no llegarán al 1,5% según las previsiones de la Comisión Europea, por debajo del crecimiento alemán.

Para cumplir con dicho objetivo, se concluía en aquel documento, tendrían que imitar el modelo de crecimiento alemán. Menos basado en el mercado interno y más en el externo; ganando competitividad por medio de una reducción de los cotos laborales, del esfuerzo innovador y de una mayor competencia en muchos servicios.

Al mismo tiempo, y en segundo lugar, el informe constataba la ausencia de futuro para las jóvenes generaciones, a causa de la creciente dificultad de acceder a empleos estables, a la vivienda o al crédito.  Una ausencia de futuro que, a su vez, provocaba un deterioro demográfico (aún con inmigración) y una progresiva quiebra de la solidez del sistema de protección social.

Diagnosticaban, en el año 2010, que debieran evitar el alcanzar un cien por cien de deuda pública sobre el PIB (estaban en el 78%) para no ser una economía vulnerable a causa de la carga de intereses. Pero lo cierto es que Francia alcanzará en 2018 un 97% de deuda pública según las citadas previsiones de la Comisión Europea.

En tercer lugar aquel estancamiento económico estaría expandiendo el deterioro de las relaciones laborales y la destrucción de la clase media. Con una elevada tasa de paro (que no habría dejado de incrementarse hasta el actual 10%), galopante precariedad, desempleo de larga duración y reducida tasa de actividad tanto de los más jóvenes como en edades previas a la jubilación. Con el resultado de una galopante dualización de la sociedad y de la desconfianza social.

Un oxímoron socioliberal interno

Si tal era el diagnóstico del informe del año 2010 del que fuera relator E. Macron, ¿qué propuestas realizó en el momento de presentarse a la Presidencia de la República?. Para contestar a esta pregunta revisaremos brevemente aquí las propuestas de su programa En Marcha haciéndolo en dos grandes apartados: en primer lugar las de naturaleza interna y, en el siguiente epígrafe, las de ámbito supranacional dentro de la Unión Europea.

En aquel documento se abrazaba la terapianeoliberal que impera en Europa bajo la batuta de la gran coalición ordoliberal alemana. Es así que en lugar de repartir el trabajo social necesario y la riqueza generada para evitar una igualación por abajo con los que están peor (precarización y desigualdad galopantes), se toma esta última opción como única alternativa al desempleo y pasa así, ese es el relato, ganar competitividad.

En vez de redistribuir rentas y trabajo, única opción que sería cabalmente social, se apuesta por una reducción de impuestos y cotizaciones que permitan un mayor consumo que impulse el crecimiento, a pesar de que de esa manera se provoca el deterioro de los servicios públicos y de la protección social. Por eso se asume la reducción progresiva de los gastos públicos y la regla de hierro de un déficit no superior al tres por ciento. Con lo que, supuestamente, se evitaría una excesiva carga de intereses.

Ya en este punto se comprueba que la etiqueta socioliberal es puro camuflaje ideológico pues lo tiene todo de neoliberal y muy poco de social. Más allá de la promesa entrañable de que cuando crezcamos a todo trapo revertiremos la devaluación laboral, salarial y de los servicios públicos.

Mientras tal cosa llega se reduce el impuesto de sociedades y la tributación a las rentas de capital, se rebajarán las cotizaciones sociales de los empresarios en seis puntos (transfiriendo esa carga a los consumidores vía IVA). Toda una redistribución inversa (de la mayoría hacia los más ricos) que tanto nos recuerda las propuestas de Trump como he analizado en un número reciente del semanario digital CTXT.

Sin evitar la toma de medidas que son directamente contradictorias con su pregonada voluntad social. Como cuando se retoma el dejar sin cotización las horas extraordinarias, medida que colisiona con un reparto del empleo y con la estabilidad financiera de la protección social. De poco sirve que para cubrir las apariencias sociales se prometa una subida de cien euros en las pensiones mínimas o reducir las cotizaciones de las rentas salariales más bajas.

A la vista de lo que precede el respaldo electoral mayoritario a la Presidencia de Macron debe interpretarse como una autoimposiciónagónica del modelo alemán, para ver si así la economía y la sociedad francesas son capaces de escapar del problemático diagnóstico de futuro que ya hemos descrito. Trabajar más, más gente, cobrando menos y con una menor protección social. Consumiendo más los que puedan hacerlo (sobre todo los más ricos que se ahorrarán más impuestos), exportando más … para ver si así crecemos a un ritmo mucho mayor y reducimos el endeudamiento.

Clonar el modelo alemán. Pero llegados a este punto, que tiene todo de ordoliberal y nada de socioliberal, la pregunta clave es si otra gran economía europea puede compartir con Alemania su éxito dentro de la UE (un gigantesco superávit comercial con muy poco coste presupuestario) (ver aquí) y fuera de la UE (defendiendo la globalización de la mano de la economía china). Y esto nos conduce al segundo oxímoron socioliberalde la estrategia económica de Macron: el externo.

Un oxímoron siocioliberal externo

En este caso las propuestas del presidente Macron, a diferencia de las internas, sí que podrían aproximarnos a un gobierno de la globalización que beneficiase a la mayoría social en el conjunto de la UE. Porque, en este caso sí, no se propone una igualación a la baja (por ejemplo con el referente chino), sino, bien al contrario, evitar ese desastre.

En un apretado resumen estas serían algunas de sus propuestas literales: defender la instauración de un control europeo sobre las inversiones extranjeras con el propósito de defender los sectores estratégicos, reforzar los procedimientos europeos antidumping siendo así más agiles y más disuasorios, luchar contra el dumping ambiental y social (por lo tanto fiscal o de protección social), aplicar sanciones comerciales a los países que no respeten las cláusulas sociales y ambientales incorporadas en sus acuerdos con la UE:

Más aún: promulgar una ley europea de compras que permita reservar los mercados públicos europeos a empresas que localicen al menos la mitad de su producción en Europa, o defender un impuesto a escala europea sobre la cifra de negocios realizados dentro de cada país en la prestación de servicios electrónicos(ver aquí) para así eliminar la repatriación de beneficios hacia paraísos fiscales.

En todo lo que antecede el problema radica en que esa hoja de ruta no parece que vaya a ser una ambición común compartida con una Alemania autista dentro de la UE, a quien parece preocuparle muy poco la competencia china siempre que ellos puedan tener la exclusiva europea en segmentos de mayor valor añadido e intensidad tecnológica.

Conclusión

Ni dentro de un solo país, como es el caso de Francia, ni para el conjunto de la UE en la actual economía global es factible combinar una propuesta liberal (neo u ordo) con las necesidades colectivas. Por eso la opción socioliberal es un oxímoron.

En el primer caso porque frente a la terapia de devaluación interna (laboral y de la protección social) el bienestar social solo podría mejorarse enfrentando una cabal redistribución del empleo y la riqueza.

En el segundo porque frente a una UE de Estado mínimo (con un presupuesto de apenas el 1% del PIB europeo) y con una moneda sin respaldo colectivo, se haría necesario disponer de una réplica de la estructura federal de los EE.UU. que decidiese gobernar la globalización, en vez de dejarse gobernar por ella.

 

Versión del original publicado en gallego en la revista TEMPOS NOVOS

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¿Será Cataluña el detonante de la III República en España?

Di, 19/09/2017 - 07:00

Germán Gorraiz López - ATTAC Navarra-Nafarroa

El establishment del Estado español estaría formado por las élites financiera-empresarial, política, militar, jerarquía católica, universitaria y mass media del Estado español, herederos naturales del legado del General Franco que habrían fagocitado todas las esferas de decisión (según se desprende de la lectura del libro “Oligarquía financiera y poder político en España” escrito por el ex-banquero Manuel Puerto Ducet), e iniciado asimismo una deriva totalitaria que habría ya convertido a la seudodemocracia española en rehén del establishment y que tendría como objetivo último la implementación del “Estado Tardofranquista”, anacronismo político que bebería de las fuentes del centralismo jacobino francés y del paternalismo de las dictaduras blandas.

La deriva autocrática del Gobierno de Rajoy

La autocracia, del griego autos (por sí mismo) y kratos (poder o gobierno), sería la forma de Gobierno ejercida por una sola persona con un poder absoluto e ilimitado, especie de parásito endógeno de otros sistemas de gobierno (incluida la llamada democracia formal), que partiendo de la crisálida de una propuesta partidista elegida mediante elecciones libres , llegado al poder se metamorfosea en líder Presidencialista con claros tintes autocráticos (inflexible, centralista y autoritario). Los sistemas autocráticos (gobiernos de facto), serían pues una especie de dictaduras invisibles sustentados en sólidas estrategias de cohesión (manipulación de masas) y represión social ( promulgación de Decretos-Leyes que rozarían la constitucionalidad pero que quedarán revestidos por el barniz democratizador del Tribunal Constitucional de turno (Ley Mordaza). Un hito fundamental en la deriva autoritaria del Gobierno de Rajoy fue la modificación del Código Penal para constreñir hasta su nimiedad los derechos de expresión (Ley Mordaza) y la vergonzosa firma entre Rajoy y Sánchez del llamado “pacto antiyihadista” que bajo la falacia de combatir el terrorismo yihadista “convierte en delitos terroristas infracciones menores o conductas lícitas y supone un ataque a la línea de flotación del sistema constitucional” en palabras de Manuel Cancio Meliá (artículo 573.1) y cuyo penúltimo episodio sería el “affaire Alsasua” que según dictamen del Tribunal Supremo ” tendría encaje en el artículo 573.1 del Código Penal” y en consecuencia será juzgado por la Audiencia Nacional como “hechos constitutivos de un delito de terrorismo” con penas estratosféricas de 52 años para cada uno de los 7 encausados.

En el paroxismo de la deriva autoritaria de Rajoy, asistimos a la implementación de la llamada Doctrina Aznar que tendría como ejes principales la culminación de la “derrota institucional de ETA para impedir que el terrorismo encuentre en sus socios políticos el oxígeno que le permita sobrevivir a su derrota operativa” y el mantenimiento de la “unidad indisoluble de España ” , teniendo como efectos colaterales criminalizar a grupos y entidades díscolos y refractarios al mensaje del establishment dominante del Estado español y la prohibición del referéndum soberanista en Cataluña, elementos constituyentes de la llamada “perfección negativa”, término empleado por el novelista Martín Amis para designar “la obscena justificación del uso de la crueldad extrema, masiva y premeditada por un supuesto Estado ideal”.

¿Será Cataluña el detonante de la implosión del Régimen del 78?

La agudización de la crisis económica en el 2019, la desafección política de la sociedad española motivada por los sangrantes casos de corrupción de la élite político-económica y la prohibición del Referéndum en Cataluña harán revisar la vigencia de la Constitución del 78 en la que se sustenta el actual status quo. Sin embargo, la utopía deberá esperar a que un determinado número de personas (Masa Crítica), alcance una conciencia más elevada , momento en que el individuo es capaz ya de realizar un salto evolutivo y lograr un cambio de mentalidad , tesis conocida como “Teoría del Centésimo Mono” y citada por el biólogo Lyan Watson en su obra “Lifetide” (1.979).

Para ello, se antoja inevitable un proceso de catarsis y posterior metanoia colectiva en el conjunto del Estado español que tendrá como efectos benéficos la liberación de la parte indómita del individuo primigenio ( el lobo estepario) que ha permanecido agazapado en un recodo del corazón, sedado y oprimido por la tiranía del actual sistema dominante, neoliberal y constrictor de las libertades democráticas. Así, tras un un parto agónico en el que agonizará lo viejo sin que amanezca lo nuevo, asistiremos al nacimiento del “Individuo Multidimensional” como generador de un tsunami popular de denuncia del actual déficit democrático, social y de valores e instaurador del caos constructivo que logrará finiquitar las estructuras del obsoleto Régimen del 78 y proceder a la instauración de la III República en el horizonte del 2020, escenario en el que se procederá al diseño de una nueva cartografía del Estado español con la implementación de un Estado Federal.

Analista internacional

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La “primavera” del empleo

Mo, 18/09/2017 - 09:00

Eduardo Garzón – Consejo Científico de ATTAC España

Carlos Sánchez Mato – ATTAC Madrid

El pasado lunes 4 de septiembre conocimos los datos de paro registrado y de afiliación a la Seguridad Social correspondientes a agosto y descubrimos que se había producido la mayor destrucción de empleo en dicho mes desde 2008. De hecho, el día 31 de agosto se volatilizaron 266.362 contratos. Nunca antes se había destruido tanto empleo en un solo día. Ni siquiera el secretario de Estado de la Seguridad Social, Tomás Burgos, pudo ocultar su preocupación reconociendo que estos datos “representan un problema, no sólo en términos estadísticos sino para los derechos de los trabajadores”.

En efecto, lo que estos datos están desvelando es un mercado laboral caracterizado por una intensa contratación temporal que aumenta fuertemente en épocas estivales pero que desaparece automáticamente con su fin. Según la patronal de empresas de trabajo temporal Asempleo, una cuarta parte de los contratos que se firman en España dura menos de siete días. La duración media de un contrato en julio de 2007 era de 73 días, en julio de 2017 ha sido de 49 días. Y el acceso a empleos eventuales no es un capricho de los trabajadores: según datos del INE, el 91,4% de ellos prefiere uno de duración indefinida pero no lo encuentra.

No se podía esperar otra cosa de un mercado laboral regulado conscientemente por el PSOE y el PP mediante una legislación profundamente laxa con las obligaciones de los empresarios e intensamente restrictiva con los derechos de los trabajadores. Esta regulación laboral ha sido la guinda del pastel que conformaba el modelo productivo concentrado en el turismo de bajo valor añadido y en la construcción que fue y sigue siendo fomentado por los sucesivos gobiernos estatales, junto con la elevada tasa de paro. La combinación de esos tres factores ha derivado en una bomba explosiva que ha situado a la economía española en el segundo puesto de toda la Unión Europea de los 28 en el ranking de tasa de temporalidad que agudiza aún más si cabe la brecha de género ya que los contratos indefinidos firmados por mujeres representan únicamente el 3,4% de todos los formalizados. Hasta la propia Comisión Europea deja claro en su Informe anual sobre desequilibrios macroeconómicos lo nocivo que es el uso generalizado de contratos temporales en España para la productividad y lo asociado que va este modelo a la exclusión y la pobreza.

Todo ello afecta a todas las regiones del país, sin exclusiones. Las competencias laborales son fundamentalmente de carácter estatal y a las administraciones autonómicas y (especialmente) a las locales no disponen de margen de maniobra en un contexto dado y difícilmente modificable. A pesar de ello, el gobierno de Ahora Madrid se propuso desde el primer día utilizar todas las palancas a su alcance para mejorar el nivel y la calidad del empleo. Y aun siendo conscientes de que los resultados obtenidos nunca serían suficientes a tenor de las enormes demandas que existen, no podía quedarse de brazos cruzados frente al desastre laboral en el que nos han sumido los gobernantes estatales.

La primera medida a destacar es el enorme esfuerzo inversor que está realizando el ayuntamiento de Madrid. Puesto que para cada proyecto se necesita contratar mano de obra, aumentar las inversiones en la ciudad incrementa notablemente el empleo. En el primer año de presupuestos diseñados por Ahora Madrid, las inversiones han aumentado intensamente en un 152%. No por casualidad el gobierno del PP está tratando de impedir (recurriendo a manipuladas interpretaciones de las reglas fiscales y presupuestarias) que estas inversiones lleguen a buen puerto. La segunda medida es el establecimiento de cláusulas sociales que instan a las empresas adjudicatarias de contratos municipales a respetar una serie de condiciones laborales en su plantilla, logrando así mejorar la calidad del empleo de toda empresa que haga tratos con el Ayuntamiento. La tercera medida es la reducción de la jornada laboral a las 35 horas, que fue recurrida por Delegación de Gobierno y suspendida cautelarmente por el Tribunal Constitucional. Otras medidas, como la contratación de nuevo personal municipal, ni siquiera han podido aplicarse aún debido a las intensas limitaciones que impone la tasa de reposición establecida en la ley de presupuestos generales del Estado apoyada por el PP, PSOE y Ciudadanos.

Sea como fuere, la evolución del empleo en la capital del estado ha seguido un ritmo más favorable que en el resto de la Comunidad de Madrid y que en el resto del país. Difícil es verificar en qué medida eso es debido a las políticas aplicadas por el gobierno municipal pero parece claro que, en absoluto estas políticas ni otras aplicadas por el ayuntamiento, han supuesto un perjuicio para la situación laboral de la capital. Más bien al contrario y prueba de ello es que, según los datos de la Encuesta de Población Activa del Instituto Nacional de Estadística, desde la llegada de Ahora Madrid al gobierno municipal, el número de ocupados en la capital ha aumentado un 5,3%, mientras que en el resto de la Comunidad de Madrid sólo lo ha hecho un 1,5%. Resultados similares ofrecen los datos de afiliación a la Seguridad Social: desde mayo de 2015 el número de afiliados en la capital ha crecido un 5,9% y en el resto de la Comunidad un 4,6%.

Lejos de estar satisfechos con esta comparación, tenemos claro que es imprescindible luchar contra un marco legal que sacraliza la precariedad y abre una vía de agua en la sostenibilidad del sistema de pensiones. Eso sí sería de verdad establecer las condiciones para una primavera del empleo en nuestro país.

 

Artículo publicado originalmente en Público.es

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‘El Capital’ habla del capitalismo de hoy

Mo, 18/09/2017 - 07:00

Alberto Garzón – Consejo Científico de ATTAC España

En los primeros días de septiembre de 1867, hace ahora 150 años, se publicó el primer volumen de El Capital, la que es para muchos la obra cumbre de Karl Marx (1818-1883). Fue en una modesta tirada de mil ejemplares, pero a pesar de ello contribuyó decisivamente a transformar la forma en la que personas de todo el mundo veían nuestras sociedades.

La idea original de Marx consistía en escribir un conjunto de seis libros, dedicados cada uno de ellos a los siguientes temas: el capital, la propiedad de la tierra, el trabajo asalariado, el Estado, el comercio exterior y el mercado mundial. Sin embargo, la pobreza y las enfermedades (su vida estuvo marcada por los exilios políticos y las carencias materiales y de salud) le retrasaron de tal modo que acabó optando por un proyecto editorial de tres volúmenes. Aun así, sólo publicó en vida el primero. Los volúmenes segundo y tercero, ambos inacabados, fueron editados y publicados por su amigo y camarada Friedrich Engels (1820-1895) a partir de los manuscritos que Marx había estado escribiendo durante los años previos a su muerte.

El Capital es una obra densa y difícil. Leerla y entenderla requiere la dedicación de una ingente cantidad de horas de estudio. Y aunque corre el rumor de que todo comunista dice haberla leído y entendido, es improbable que sea cierto. A su naturaleza de material incompleto hemos de añadir el estilo del autor, que en algunos pasajes es ciertamente oscuro. De hecho, es habitual que los lectores inadvertidos se encuentren decepcionados tras consultar las primeras páginas. En ellas encontramos un alto nivel de abstracción teórica que dificulta mucho la lectura. Por decirlo de una forma breve, El Capital no es el típico libro que se puede leer mientras se va en el autobús. No es el Manifiesto Comunista. En efecto, el Manifiesto, escrito con Engels en 1848, había sido un material propagandístico elaborado para animar a los trabajadores en el contexto de las revoluciones europeas que estaban teniendo lugar entonces. Por el contrario, El Capital obedece a objetivos mucho más complejos y ambiciosos. Se aspira, nada más y nada menos, que a la comprensión exacta del funcionamiento del sistema económico capitalista. Y ello, a juicio de Marx, requería una exposición mucho más justificada y rigurosa. Una exposición que se parecía mucho más a los trabajos de los primeros economistas clásicos, como Adam Smith y David Ricardo, que a los textos publicados hasta entonces por los representantes del socialismo utópico, como Robert Owen o Saint-Simon. Para Marx, El Capital era un misil contra la burguesía precisamente por su capacidad para desvelar y desnudar las formas por las que una parte de la población explotaba a la otra parte.

Se observará entonces que existía, y aún existe, una aparente contradicción. El Capital, como arma, parece de difícil acceso para los trabajadores, quienes por lo general, y por diversas razones, están menos preparados para abordar un libro de esta naturaleza. Precisamente por eso, han sido muchos los autores que han intentado resumir El Capital e incluso codificar esta obra en forma de catecismos. Así lo hizo Karl Kautsky, el primero en sintetizar en un buen libro las ideas principales de El Capital. O, por ser más precisos, lo que él consideraba que eran las principales ideas del libro de Marx.

La interpretación kautskiana se convirtió en hegemónica durante el período de vigencia de la II Internacional (1889-1914), considerándose desde entonces, no en vano, como la visión ortodoxa del marxismo. Pero el trabajo de Kautsky no consistió sólo en resumir El Capital sino que trató de sintetizar toda la obra marxista disponible hasta entonces, convertida así en doctrina. De este modo, el producto vivo e inspirador del largo trabajo de Marx fue enclaustrado bajo la fórmula cerrada de una doctrina al servicio de los principales partidos socialdemócratas de la época –como después ocurriría lo mismo con la III Internacional (1919-1943) y la Unión Soviética-. Esta interpretación ortodoxa, si bien se inspiraba en algunas de las lecturas de Marx, convirtió en mera caricatura la riqueza del trabajo original marxista. De hecho, Marx nunca habló de materialismo histórico y tampoco de materialismo dialéctico, sino que éstas fueron construcciones posteriores, hechas por Engels y otros autores, que trataron de ofrecer a la clase trabajadora un producto más compacto y accesible del trabajo de Marx.

Sin embargo, reducir la obra de Marx, entre ellas El Capital, a un producto cerrado implica ahogar gran parte de su capacidad para la investigación. La obra de Marx, como la de cualquier otro autor, está llena de elementos no del todo coherentes entre sí y que dependen, en gran medida, del contexto histórico en el que se escriben. En un ámbito bien distinto, como es el de la física, estas cuestiones también pasan. Aunque se califican de otra forma. El propio Einstein presentó su teoría de la relatividad especial en 1905, mientras que su teoría de la relatividad general tuvo que esperar a 1915, exactamente diez años después. En el período que media entre la primera y la segunda, Einstein publicó diferentes textos que pretendían resolver los problemas que enfrentaban sus planteamientos, aunque sin éxito. Nadie pretendería hoy, por ejemplo, recuperar y reivindicar aquellos intentos fallidos de Einstein. Eso es así porque en la física, a diferencia de lo que ocurre en las ciencias sociales, es posible llegar a consensos amplios sobre los resultados de una investigación. En el caso de las ciencias sociales eso es imposible; ello no quiere decir que toda opinión valga lo mismo, sino que los criterios de rigor para consignar que una explicación es cierta son distintos, más cuestionables, más abiertos. En realidad, toda la obra de Marx es un proyecto en construcción para dotar de una explicación a fenómenos sociales, cuya naturaleza es por defecto incierta, impredecible y en muchos casos incuantificable. Y el hecho de que sea un proceso en construcción, junto con la naturaleza específica de la ciencia social, hace fallido cualquier intento de crear una doctrina y, mucho menos, de elevarla al rango de ciencia.

Es verdad, por ejemplo, que en algún momento Marx sí creyó haber descubierto las leyes de la historia. En el Discurso ante la tumba de Marx, el propio Engels explicó que «de la misma forma que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana»[1]. Y en una carta a Ferdinand Lasalle (1825-1864), el propio Marx le explicó que «la obra de Darwin es de una gran importancia y sirve a mi propósito en cuanto que proporciona una base para la lucha histórica de clases en las ciencias naturales»[2]. La influencia de los descubrimientos de Darwin, unida a la teoría de la historia heredada de Hegel, proporcionaron a Marx un esquema histórico sobre el que, en teoría, toda sociedad debería desplegarse en el tiempo. En breve, al feudalismo le seguiría el capitalismo, y a éste el socialismo. Sin embargo, el último Marx, el de la década de 1870, se había estado reuniendo con amigos y revolucionarios rusos que contribuyeron a modificar su visión sobre la situación de Rusia, en particular, y la de los países atrasados, en general. Hasta el punto de que en una carta de 1877 escribió que «sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos. Estudiando por separado cada una de estas formas de evolución y comparándolas luego, se puede encontrar fácilmente la clave de este fenómeno, pero nunca se llegará a ello mediante el pasaporte universal de una teoría histórico-filosófica general cuya suprema virtud consiste en ser suprahistórica»[3]. Como se puede comprobar, casi una enmienda a la totalidad a su antigua concepción de la historia o, cuando menos, a la versión vulgar que Engels había sistematizado como materialismo histórico.

De ahí que, cuando la revolución rusa de 1917 tuvo lugar en un país severamente atrasado y prácticamente feudal, Antonio Gramsci (1891-1937) dijera que se trataba de una «revolución contra El Capital» y que «El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios»[4] porque instaba a crear una burguesía e iniciar una era capitalista y no a que el proletariado tomara el poder en esas condiciones. Gramsci afirmó en aquel artículo que con la revolución «los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado»[5]. En realidad, lo que se ponía de manifiesto es que la interpretación ortodoxa del marxismo, y mucho más la interpretación del mismo que lo consideraba como ciencia pura, fallaba al enfrentarse con las cambiantes e impredecibles formas de la realidad. De ahí que no podamos considerar al marxismo más que como una, la más fértil, tradición política y de investigación.

Otro elemento ciertamente crítico, y que conforma una laguna en la obra de El Capital, es el de la clase social. Como he tratado de demostrar en un libro de próxima publicación, Por qué soy comunista (Península, 2017), la lectura que hacemos sobre la clase social y el Estado condiciona absolutamente la práctica política de los partidos socialistas. Sin embargo, Marx no llegó a escribir nada compacto sobre ninguno de esos conceptos. Y, en el caso de clase, esta es una ausencia crucial porque conforma la espina dorsal de su pensamiento político. Es más, a cualquier seguidor de la obra de Marx le sorprenderá que su táctica política fuera tan diversa en el tiempo. Por qué, por ejemplo, él y Engels consideraban necesario mantener la autonomía de los partidos socialdemócratas frente a los partidos liberales en Europa y, en cambio, ambos sugerían a esos mismos partidos socialdemócratas en Inglaterra o Estados Unidos que se incorporaran en el seno de los partidos liberales. Algo similar a la polémica de Lenin en 1905, cuando se opuso a la decisión del partido socialdemócrata ruso de no incorporarse al Soviet de San Petersburgo por ser considerado un espacio espontáneo y desideologizado. Tanto Marx y Engels, primero, como Lenin, después, no eran unos fetichistas de las organizaciones políticas sino que su práctica política dependía de cómo entendían la construcción y evolución de las clases sociales en contextos históricos. Por eso se ha dicho que lo importante es la clase social y no el partido. Y aun así, Marx nunca elaboró una explicación detallada del concepto de clase.

En el análisis del capitalismo que hace Marx en El Capital o en el Manifiesto Comunista, él detecta la existencia de dos clases fundamentales que le permiten explicar el desarrollo de la propia historia: los capitalistas y los trabajadores. Desde este punto de vista, el capitalismo genera una estructura de huecos en las relaciones de clase que luego son ocupados por personas reales. Es como si primero existiera la estructura, creada por el sistema económico, y luego las personas reales que «hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado»[6]. Estamos ante un esquema de clases típicamente polarizado donde sólo parecen existir capitalistas y trabajadores. Así, en este enfoque la clase es una realidad objetiva que varía según el desarrollo de las fuerzas productivas.

Sin embargo, en otros escritos Marx analiza la realidad social de una manera mucho más compleja, atendiendo a las particularidades de cada contexto. En este caso los escritos son de carácter más político y coyuntural, y en ellos Marx ya no trata con sólo dos clases sino que llega a diagnosticar clases, fracciones, facciones y una red mucho más compleja de grupos sociales. Un ejemplo paradigmático es el 18 Brumario, en el que Marx analiza el golpe de Estado dado por Luis Bonaparte (1808-1873) en 1851. Esta segunda opción está conectada con la visión de Lenin y, especialmente, de Edward Thompson, según la cual las clases sociales son también construcciones sociales que dependen de las prácticas políticas y no sólo huecos en las relaciones de producción.

Sea como sea, estas dos diferentes formas de analizar la clase social carecen de algún tipo de vínculo en la teoría de Marx. Es más, hay abundante material para creer que Marx «pensaba que la tendencia histórica del capitalismo apuntaba hacia una creciente polarización en lo concreto»[7], es decir, que la dinámica capitalista apuntaría a la destrucción de todas las clases sociales que no fueran la de los capitalistas y los trabajadores. En su visión, la complejidad de la vida real se estaba simplificando por el propio desarrollo del capitalismo puesto que éste creaba cada vez más proletarios y al mismo tiempo reducía el número de capitalistas –aunque los restantes vieran su poder incrementado. Esta idea, recogida después por Kautsky, se tuvo que enfrentar a las transformaciones del capitalismo a finales del siglo XIX y a la aparición de las llamadas clases medias. Este debate, como hemos insistido en otros lugares, es crucial para entender los fenómenos sociales y el desarrollo de la política hoy en día.

Por otra parte, Marx no supo o no pudo, también por diversas razones, incorporar cuestiones ecologistas y feministas en sus escritos. Marx fue un hombre de su época, y aunque hay autores como Elmar Altvater o Bellamy Foster que reivindican su temprana inclinación ecologista, no podemos dejar de advertir que tanto Marx como Engels asumieron no sólo las tesis más productivistas de la Economía Política y sus categorías sino también los prejuicios –en este caso bastante más Marx que Engels- propios de vivir en un sistema patriarcal. Para la actualización de los parámetros ecologistas y feministas desde una perspectiva marxista es necesario dejarse acompañar por autores más modernos que, aun inspirándose en Marx, despliegan su trabajo de un modo diferente.

En suma, leer a Marx es una fuente de inspiración que nos brinda la oportunidad de dar con las preguntas y respuestas adecuadas. Y 150 años después de la publicación de El Capital, a mi juicio conviene leer y estudiar con mucha atención la obra marxista. Así, además, corregiremos una deriva que ha afectado mucho a la calidad, y también utilidad, de los análisis marxistas. Me refiero, especialmente, a la tendencia a ignorar las cuestiones materiales y económicas en los análisis políticos.

Para entender esto debemos recordar que los fundadores del llamado socialismo científico y los llamados clásicos, entre los que se encuentran Marx, Engels, Lenin, Luxemburg, Kautsky, etc. pusieron su atención fundamental en cuestiones de Economía Política y de lo que se llamaría base económica. Pero a partir de los años veinte el marxismo occidental adquiere otro tono y asume otras preocupaciones. Como dice el historiador Perry Anderson (1938-), «el marxismo occidental en su conjunto, cuando fue más allá de cuestiones de método para considerar problemas de sustancia, se concentró casi totalmente en el estudio de las superestructuras»[8], especialmente las cuestiones culturales. Dicho de otra forma, el análisis cultural suplantó a la Economía Política. Pero, además, el tono fue cambiando desde un optimismo antropológico, basado en gran medida en la asunción de que la concepción de la historia era correcta, hasta convertirse en un pesimismo antropológico más que notable. Esto fue coincidente, además, con tres hechos adicionales. Por un lado, el desplazamiento del estudio y análisis marxista desde el continente europeo hacia el mundo anglosajón. Por otro lado, con el cambio de perfil de los intelectuales marxistas, que hasta los años veinte habían sido tanto dirigentes políticos como estudiosos del marxismo y a partir de entonces se produciría una profunda desconexión entre el movimiento obrero organizado y los intelectuales. Y, finalmente, el desarrollo de un Estado del Bienestar que, a partir de un compromiso entre capital y trabajo, parecía cuestionar la necesidad del socialismo para gran parte de la clase trabajadora[9].

Esto condujo a una paradoja. El geógrafo marxista David Harvey cuenta, por ejemplo, que durante los años de posguerra y especialmente tras la caída del muro de Berlín, pocos querían estudiar un libro como El Capital. La razón estaba en que «el hecho real era que El Capital no tenía demasiada aplicación directa a la vida diaria» porque «describía el capitalismo en su versión cruda, inalterada y bárbara típica del siglo XIX»[10]. Esta situación, sin embargo, ha cambiado en la actualidad. El marxismo ha vuelto a estar de moda. Pero aún más, la razón es que hoy El Capital parece hablarnos no del capitalismo del siglo XIX sino del actual. Las reestructuraciones empresariales, que implican despidos de miles de trabajadores, la crisis económica y sus efectos macroeconómicos, los comportamientos del capital financiero y de los diferentes tipos de capital… es como si estuviéramos volviendo poco a poco al siglo XIX. O puede ser, más probablemente, que El Capital tenga la capacidad de explicar el funcionamiento de un sistema que ha cambiado poco y cuyos principales fundamentos se mantienen invariables, con lo que su lectura y estudio, como todo el marxismo que de ahí se deriva, pueden sernos de extraordinaria utilidad para comprender el mundo que vivimos. Y para transformarlo.

El marxismo no es, por lo tanto, la llave que abre todas las puertas. El marxismo es, más bien, una herramienta para el análisis social y también para la práctica política. Y al mismo tiempo también es una concepción del mundo, inspirada por esa tradición política y de investigación, que nos anima a mirar determinadas trazas de la totalidad social. Como dice Manuel Sacristán (1925-1985), la concepción marxista de mundo «supone la concepción de lo filosófico no como un sistema superior a la ciencia, sino como un nivel del pensamiento científico: el de la inspiración del propio investigar y de la reflexión sobre su marcha y resultados»[11]. En efecto, lo que hace que un investigador de orientación marxista se centre en cuestiones como las clases y la desigualdad y no en otros campos posibles, es la creencia de que haciéndolo así se encontrarán más y mejores respuestas. En consecuencia, el marxismo tiene que ir cambiando en la medida que vamos incrementando nuestro conocimiento sobre el mundo que nos rodea y en la medida que va cambiando la sociedad a la que pertenecemos.

NOTAS
[1] Engels, F. (1883): “Discurso ante la tumba de Marx”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/83-tumba.htm
[2] Citado en Arnal, S. (2009): “Darwin, Marx y las dedicatorias de El Capital”, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=95700
[3] Marx, K. (1877): “Carta al director de Otieschéstvennie Zapiski”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m1877.htm
[4] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[5] Gramsci, A. (1917): “La Revolución contra El Capital”, disponible en https://www.marxists.org/espanol/gramsci/nov1917.htm
[6] Marx, K. (1851): El 18 Brumario de Luis Bonaparte, disponible en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm
[7] Olin Wright, E. (2015): Clases. Siglo XXI, Madrid
[8] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[9] Anderson, P. (2012): Consideraciones sobre el marxismo occidental. Siglo XXI, Madrid.
[10] Harvey, D. (2015): Espacios de esperanza. Akal, Madrid.
[11] Sacristán, M. (1964): “Sobre el anti-dürhing”

Economía para pobres Alberto Garzón Biografía

Economista nacido en Logroño (1985) y criado en Andalucía. Máster en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente portavoz en las comisiones de Economía, Hacienda y Presupuestos en el Congreso de los Diputados. Comprometido con la tesis número 11 sobre Feuerbach, de Karl Marx. Luchando por construir la unidad de una izquierda coherente, rigurosa, austera y responsable y que sea capaz de sentar las bases de otro mundo posible y necesario.

Publicado en Público.es

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Cómo el tema nacional y el tema social se relacionan en Catalunya y en España

So, 17/09/2017 - 09:00

Vicenç Navarro – Consejo Científico de ATTAC España

Hoy existen dos problemas graves en España, que están relacionados pero en situación distinta a lo que se creen muchas voces, incluyendo de izquierdas. Uno es el problema social, que es el mayor y más urgente, pues la calidad de vida y bienestar de las clases populares se ha estado deteriorando de una manera muy marcada durante estos años de la Gran Recesión (ver “El nuevo régimen social de España”, Público. 21.06.17; “El mayor problema que tiene hoy Catalunya del cual no se habla: la crisis social”, Público, 30.06.17; y “¿Qué pasa en Catalunya? Lo que no se dice en los medios ni en Catalunya ni en España”, Público, 11.09.17). Tal problema debería ser motivo de movilización y respuesta prioritaria por parte de las izquierdas, pues históricamente han sido los instrumentos políticos creados para defender sus intereses.

El otro problema es el problema nacional, resultado en parte de una transición inmodélica que perpetuó un Estado uninacional borbónico, claramente centralizado y radial, origen de las tensiones territoriales que han alcanzado su máxima expresión estos días, en el conflicto entre el Estado español (representante del nacionalismo uninacional españolista) por un lado, y la Generalitat de Catalunya (representante de la versión independentista del nacionalismo catalanista) por el otro.

Las causas de la enorme crisis social

Las causas de la crisis social son fáciles de ver, aunque el lector no las verá, oirá o leerá en los mayores medios de información del país. Como he mostrado en mi libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante (Anagrama, 2015) tales causas son las políticas neoliberales que los gobiernos españoles, incluyendo los catalanes, han ido imponiendo a la población (y digo imponiendo porque no están en sus ofertas electorales) durante estos años, y que incluyen desde las reformas laborales (que han causado un gran descenso de los salarios y un  gran crecimiento del desempleo y la precariedad) a los enormes recortes en las transferencias públicas (como las pensiones) y servicios públicos del Estado del Bienestar (como la sanidad, la educación, los servicios sociales, las escuelas de infancia –mal llamadas guarderías en España– los servicios domiciliarios a la población con discapacidades, la vivienda, y muchos otros).

Y lo que es importante de subrayar es que los responsables de tales políticas tienen nombres y apellidos: han sido los partidos gobernantes en España, específicamente el PSOE, que las inició (y que nunca ha hecho una autocrítica por ello), y el PP que las continuó y expandió. En Catalunya, el mayor responsable ha sido Convergència Democrática de Catalunya, CDC, que ha gobernado la Generalitat de Catalunya durante la mayoría del periodo democrático (30 de 37 años), en alianza con Unió Democràtica hasta el 2015, y luego con ERC, en la coalición Junts Pel Sí, liderado por CDC. En realidad, CDC es el partido catalán más parecido al PP en España, con el cual, por cierto, siempre ha tenido, en temas económicos y sociales, gran afinidad al pertenecer a la misma familia política, la neoliberal conservadora. Su enorme poder institucional y mediático (este último resultado de la instrumentalización en términos abusivos de los medios de información públicos, y de los medios privados a través de subvenciones clientelares y corruptibles) aparece en todas las dimensiones de la vida política del país, en un sistema caciquil, fundado por la familia Pujol, que continúa, aunque bajo un nombre diferente, con el Partit Demòcrata de Catalunya o PDeCAT. La sustitución del presidente Mas por el presidente Puigdemont es mero marketing político que no ha cambiado la ideología y modus operandi de tal partido.

La ideología hegemónica en los aparatos de la Generalitat de Catalunya gobernados por Convergència

Su ideología es un nacionalismo conservador que en su día tenía una concepción etnicista e incluso racista (Hay que recordar, que Pujol había llegado a decir que los trabajadores que venían de Andalucía y/o Murcia, definidos como “charnegos”, tenían un coeficiente intelectual más bajo que los catalanes, hecho que sorprendentemente no tuvo respuesta y denuncia en Catalunya, excepto por unas pocas voces, incluyendo la mía, cuando era yo entonces precisamente el médico de los llamados “charnegos” en el barrio más pobre de Barcelona, el Somorrostro). Este elemento de superioridad e identidad ya no se basa tanto ahora en un elemento étnico y racial (aunque al escuchar a la esposa de Pujol, la Sra. Ferrusola, no parece claro que esta visión haya desaparecido) sino un elemento cultural. Este nacionalismo profundamente conservador, mezcla de neoliberalismo con apuntes de democracia cristiana y cultura montserratina, es todavía dominante en tal partido. Esta ideología –también conocida como pujolismo– ha tenido un enorme impacto en la vida política y mediática, y continúa teniéndolo. Y los partidos que la sostenían son CDC y UDC, los mayores co-responsables del subdesarrollo social de Catalunya. Son también instrumentos políticos que sirven primordialmente los intereses económicos y financieros de la estructura del poder catalana. Este servicio no se hace solo como mero instrumento de tales intereses, sino también como transmisión de la ideología neoliberal (CDC) y conservadora (UDC) que les beneficia.

Una anécdota refleja lo que digo. Cuando volví del exilio, dirigí un estudio del Estado del Bienestar catalán en donde se mostraban sus enormes déficits como resultado de las políticas públicas aplicadas por el gobierno catalán conservador neoliberal (y por el Estado español). Tal estudio fue más tarde distribuido ampliamente, a través de videos, por una persona anónima, sin conocerlo yo, y que tuvo un gran impacto. El portavoz de CDC, el Sr. Felip Puig, lo denunció en el Parlament, acusándome de que yo había vuelto a Catalunya para generar una lucha de clases, a lo cual respondí que yo solo estaba fotografiando la realidad social catalana, a través del estudio, añadiendo que eran ellos –los gobernantes de Catalunya-  los mayores corresponsables del gran retraso social de Catalunya.

Desde entonces soy una de las personas más vetadas en los medios catalanes de información. Hoy esta lucha de clases continúa en Catalunya, y las políticas de recortes y privatizaciones masivas y las reformas laborales, aprobadas ambas por CDC, tanto en las Cortes Españolas (en alianza con el PP), como en el Parlament de Catalunya, son las responsables del subdesarrollo social de las clases populares. Un dato refleja muy bien lo que estoy diciendo. Durante la Gran Recesión (2008-2016) las rentas del capital han aumentado en Catalunya de un 42% a un 45% (el mayor aumento en la época democrática), mientras que las rentas del trabajo han ido disminuyendo de un 50% a un 46% durante el mismo periodo.

¿Cómo están relacionados el tema nacional y el tema social?

En teoría, todas las opciones políticas afirman retóricamente que su objetivo final es mejorar la calidad de vida y bienestar de la población. Y ello ocurre especialmente en el caso de los partidos independentistas, que señalan su compromiso con el tema social argumentando que el problema social en Catalunya solo puede resolverse mediante la secesión de tal país de España, pues el problema social está causado por España (porque, en su versión más belicista, “España roba a Catalunya”). De ahí que concluyen que la resolución del problema nacional tiene que ser prioritario dejando la solución de lo social a después, una vez se tenga la independencia. Y aún cuando retóricamente se dice en su argumentario que el tema nacional y el social siempre van juntos, en realidad anteponen siempre el tema nacional al tema social. Y ello ocurre también con las izquierdas independentistas (ERC y CUP) que así justifican su alianza con las derechas (lo cual dificulta la resolución rápida del problema social, relegado a un futuro lejano, a cuando seamos independientes).

El coste social de algunas izquierdas al aliarse con las derechas independentistas

Ello lleva a tales izquierdas independentistas a aliarse con las derechas en un proyecto dirigido por el PDeCAT para conseguir la ruptura con España, partido que, al controlar la gran mayoría del aparato de la Generalitat, jugaría un papel clave en la transición hacia el desarrollo de tal secesión. Ahora bien, tal alianza está imposibilitando la resolución el problema social. En este aspecto no es cierto lo que el Sr. Oriol Junqueras, Vicepresidente de Junts Pel Sí, y dirigente de ERC, dijera en el programa de Ana Pastor en La Sexta este pasado domingo que, según él, el presupuesto aprobado por Junts Pel Sí “haya sido el más social de los que hayan existido durante el periodo democrático”.

Los datos muestran lo contrario. El gasto público social del presupuesto de la Generalitat para el año 2017, aprobado por Junts Pel Sí con el apoyo de la CUP, era un 11,1% más bajo del que se había aprobado en el último año del gobierno tripartito de izquierdas 2010 (y del cual, por cierto, ERC era miembro). Y ello pasó en prácticamente todos los capítulos del Estado del Bienestar (un 9,9% menos en educación, un 10,4% menos en sanidad, un 56% menos en vivienda, un 7,1% menos en protección social, y así capítulo por capítulo). Por otra parte, la Renta de Garantía Ciudadana, que provenía de una Iniciativa Legislativa Popular (y que fue aprobada en el Parlament) fue recortada significativamente hace solo unos días por el gobierno independentista, sin apenas discusión o debate y sin alboroto mediático. Y un tanto similar ocurrió con la reciente propuesta escrita en el proyecto de Decreto de Turismo (que el Conseller de Empresa y Conocimiento y el Govern quieren aprobar para finales de 2017), en donde propone, nada más y nada menos, que cualquier vivienda pueda convertirse en turística sin límite de días al año (tirando por tierra toda la lucha del Gobierno municipal de Ada Colau contra el alquiler turístico ilegal). Frente a tal expansión de los pisos turísticos (que están expulsando a las clases populares de su barrio), hubo un silencio ensordecedor por parte de los medios, absorbidos todos ellos en el tema nacional.

Estos datos muestran que la alianza con la derecha catalana para conseguir la secesión se realiza a costa de la continuación del deterioro social. Es cierto que la presencia de ERC en el gobierno Junts Pel Sí ha disminuido la intensidad de los recortes de gasto público. Pero no hay duda de que si se hubiera aliado con las izquierdas En Comú Podem y el PSC (como lo hizo en el tripartito), se podría haber establecido un gobierno que habría podido disminuir la enormidad del problema social. Hoy las encuestas muestran que de haber una elección, este tripartito de izquierdas podría gobernar Catalunya. Esta alternativa ni siquiera es considerada en el planteamiento independentista, dando pie para que PDeCAT utilice el tema nacional para ocultar el problema social, tal como hace también la derecha españolista, el PP, que son también profundamente nacionalistas, herederos de los que se definieron como los nacionales, interrumpiendo un Estado democrático -la II República- con un golpe militar, y del cual hablaré en la parte final del artículo.

Por qué la clase trabajadora no es independentista

El hecho de que el proceso proindependentista esté dirigido por las mismas derechas responsables del gran problema social explica el escaso atractivo de tal proyecto por parte de las clases populares, que no apoyan la secesión. De ahí que cuando los secesionistas hablan de que el pueblo catalán quiere la independencia, están faltando a la verdad. La mayoría de la población catalana no desea la independencia. Es más, la monopolización del soberanismo (que es el apoyo al derecho a decidir) por el independentismo (que es el apoyo a la secesión) está dificultando seriamente el desarrollo del soberanismo, pues la manera tan poco democrática con que Junts Pel Sí está actuando está desacreditando el soberanismo. Poner las urnas para que la población vote es una condición necesaria, pero no suficiente, para definir la hoja de ruta como democrática. Democracia requiere una diversidad de opiniones expresadas a nivel de los medios públicos de información, hoy totalmente controlados por el gobierno de la Generalitat. La falta de garantías para realizar el referéndum no está causada únicamente por el Estado central, pues hay muchas garantías que son responsabilidad exclusiva de la Generalitat. de Catalunya que siempre ha mostrado escasa conciencia democrática. En Catalunya, como en el resto de España, existe casi una dictadura mediática con práctica exclusión de voces de izquierda, excepto las independentistas, como las CUP, o las que apoyan su hoja de ruta, como el Podem dirigido por Albano Dante.

Tales izquierdas son fuerzas muy minoritarias en los barrios obreros, pues son percibidas en este caso como que están apoyando una movilización a favor del mal llamado referéndum dirigida por el responsable de la crisis social que les ha dañado tanto. Tal punto de vista quedó muy claro cuando una mujer trabajadora del barrio obrero de Nou Barris en la reunión de la Coordinadora de Catalunya en Comú, indicó que “el cuerpo me pide ir y sumarme a una manifestación que es anti PP. Pero el corazón me lo impide porque las tripas se me revuelven cuando veo a Puigdemont, el dirigente de los que nos han hecho tanto daño, liderándolo. No, compañeros, no podemos apoyar tal proyecto. Son los que siempre nos han hecho daño”. Presentar que las únicas alternativas probables son Rajoy o Puigdemont es un abuso que permite una enorme manipulación, como están haciendo Junts Pel Sí y la CUP hoy en Catalunya. La pluralidad nacional existe ya en Catalunya. De ahí que el problema nacional no se resolverá a no ser que sea apoyado por las clases populares, que constituyen la gran mayoría de la población catalana. A no ser que dichas clases vean que tal cambio les beneficiará, no se movilizarán a su favor. Y es difícil que vean que se beneficiarán si los dirigentes y partidos políticos que hegemonizan tales movimientos son de derechas. Solo en el caso de que el movimiento de transformación nacional lo dirijan las fuerzas políticas que hayan mostrado su compromiso con las clases populares (a través de políticas públicas  que les favorezcan), habrá tal movilización. La experiencia escocesa muestra claramente esta situación. El partido nacionalista escocés fue votado incluso en Glasgow (la Barcelona de Escocia), al estar más a la izquierda que el Partido Laborista. Cuando acentuó su independentismo, perdió votos.

La solución de los problemas sociales y nacionales en Catalunya y en España

La evidencia es clara que el enorme problema social de España y de Catalunya responde a causas comunes: el enorme dominio del Estado español y de la Generalitat de Catalunya por parte de las derechas, que explica el subdesarrollo social tanto de España como de Catalunya. Los datos así lo muestran. Y las políticas económicas y sociales que han estado aplicando son muy semejantes, correspondiendo a su sensibilidad neoliberal conservadora. He documentado que el argumento que utilizan para justificar la aplicación de tales políticas (de que no hay otras alternativas) no es sostenible. Hay alternativas.

Otro elemento común de estas derechas es que las dos, la española y la catalana, son nacionalistas conservadoras pero de características muy distintas: una es el nacionalismo españolista, que es el más fuerte y dominante, de raíces imperialistas (que fundó el imperio español), de carácter racista (el día nacional, el 12 de Octubre, era el día de la Raza) y enormemente opresivo y asfixiante. Su máxima expresión apareció durante la dictadura fascista, que fue una dictadura no solo autoritaria, sino también totalitaria, es decir, que intentaba crear un nuevo “hombre” (las mujeres no cuentan en el fascismo), imponiendo sus normas, incluidas en las áreas más personales –como el sexo o el idioma– para configurar una nueva sociedad, creando una cultura –la cultura franquista– que reproducía su ideología que, en forma diluida, continúa reproduciéndose en y por el Estado español y su intelectualidad.

Impuesta por los “nacionales”, presentó a cualquier otra visión de España, contraria a la uninacionalidad que la caracterizaba, como “la anti-España”. De ahí que reprimiera cualquier otra visión de España, como la visión plurinacional, que admitía la existencia de otras naciones dentro del Estado español. Esta expresión fue particularmente acentuada en Catalunya, en el País Vasco y en Galicia. De ahí que la lucha por recuperar la libertad y democracia, incluía la lucha para redefinir España, aceptando su plurinacionalidad y el derecho a la autodeterminación como garantía de que la unidad del Estado era voluntaria y no forzada. Las izquierdas hicieron surgir esta visión. Y tanto el Partido Comunista como el Partido Socialista tenían en sus programas durante la clandestinidad este compromiso, que fue abandonado debido a la imposición del Monarca y del Ejército, que vetaron tal propuesta. El enorme desequilibrio de fuerzas que hubo durante la transición, entre las derechas españolas (que controlaban el aparato del Estado y los medios de información), y las izquierdas que habían liderado las fuerzas democráticas (que acababan de salir de la clandestinidad o vuelto del exilio), no podía ser mayor. Resultado de aquella transición desequilibrada e inmodélica, salió la Constitución, el marco legal de la democracia española, que se presentó propagandísticamente como homologable a cualquier democracia europea, lo cual es incorrecto.

La escasa cultura democrática existente en España, la escasa diversidad ideológica en los medios, el subdesarrollo social de España, la escasa financiación de su Estado del Bienestar y la perpetuación de la cultura franquista, incluida su visión uninacional, represiva de la plurinacionalidad, su centralizado poder político sin posibilidades de democracia directa, como referendos, y un largo etcétera, se deben a este desequilibrio de fuerzas que continúa existiendo en el Estado borbónico español, cuya negación de la plurinacionalidad alcanzó ya su expresión en 1714, cuando un Borbón, Felipe V, por la fuerza de las armas destruyó los derechos de Catalunya, utilizando, como siempre, el argumento de prevenir la unidad de España, cuando los dirigentes de la resistencia catalana estaban luchando, además de por los derechos catalanes, por el bien de España (cita textual). Fue también la justificación del golpe fascista (exitoso debido a la ayuda de Hitler y Mussolini), para defender la unidad de España cuando, en realidad, nadie la estaba cuestionando.

El otro nacionalismo: el catalanista

Tal nacionalismo catalanista raramente fue secesionista. En realidad, los dirigentes definidos como separatistas, eran federalistas, pues pedían establecer el Estado catalán dentro de una federación republicana, imposible de realizar dentro del Estado borbónica. Y fueron las izquierdas –como en su día reconoció Jordi Pujol– las que defendieron con mayor riesgo, con mayor intensidad y con mayor coherencia la identidad catalana, relacionando claramente el tema social con el tema nacional. Fueron estas izquierdas las que mantuvieron viva la identidad catalana (que incluso algunas voces de la izquierda española confunden con separatismo), tanto durante la dictadura como después, durante la democracia. No fue el conservador Pujol, sino el socialista Maragall, el que lideró el Estatut donde cristalizaba el reconocimiento de Catalunya como nación (y todo lo que ello conlleva). Y fue el PP, el nacionalismo españolista, el que lo vetó (aquellos puntos clave en los que se definía lo esencial). Y fueron ahora las izquierdas catalanas –En Comú, Podem, ICV, EUiA– las que pidieron el referéndum, y no las derechas. Y en España fueron las nuevas izquierdas las que pidieron la plurinacionalidad.

Es más, la Diada -que este año fue capturada e instrumentalizada por los independentistas- olvidó a la mayoría de catalanes, a los que dejó aparte o silenció.

El movimiento contestatario frente al PP y al Estado central es muy necesario y positivo

Ni que decir tiene que la existencia de un movimiento contestatario frente al gobierno central es un hecho muy positivo que hay que apoyar. Pero su instrumentalización por el gobierno Junts Pel Sí liderado por la derecha, es negativa, pues deja de lado la mayoría de la población catalana y la gran mayoría de las clases populares, sin las cuales no se puede garantizar que una nueva Catalunya fuera la Catalunya progresista y social que se necesita. España ya ha mostrado que el que controla la transición controla el producto de tal transición. Tener una Catalunya independiente con Ministros de Economía ultraliberales, como son los que aparecen como los gurús mediáticos en los programas de la televisión catalana actual, no es tranquilizador.

A no ser que tal transición la hiciera una coalición de izquierdas, dudo que la nueva Catalunya fuera mejor para las clases populares que la existente. Ahora bien, tal coalición es posible pues no solo en Catalunya sino también en el resto de España, están apareciendo nuevas izquierdas, que junto con las tradicionales (ahora renovadas) puedan establecer una amplia coalición que transforme Catalunya y España. En Catalunya el mayor problema es la desunión de las izquierdas, pues podrían ya hoy gobernar si se unieran. Según las encuestas más recientes, si se suman los votos y también los escaños en el Parlament (a pesar del sesgo de la ley electoral anti-izquierdas), los votos de ERC, Catalunya Sí que es Pot, PSC, y la CUP, podrían gobernar Catalunya, ayudando a resolver la enorme crisis social. Lo que es igualmente importante es que esta coalición, tomando la resolución del tema social como el punto de partida para resolver el tema nacional, podría movilizar a la clase trabajadora y otros elementos de las clases populares, presionando al socialismo español para que aceptara la plurinacionalidad y el referéndum. Una nueva Catalunya social dirigida por los representantes de las clases populares que, junto con fuerzas políticas hermanadas en el resto de España, podría realizarse, sobre todo si España cambiara también de gobierno, pasando este a ser una coalición de izquierda y nacionalistas, donde tal proyecto fuera posible. El punto clave es si el PNV o el PDeCAT desearían sustituir a Rajoy por un gobierno amplio de coalición entre izquierdas y nacionalistas. La experiencia muestra que, paradójicamente, parecen preferir un gobierno Rajoy tal como ocurrió con la negativa a votar Podemos (por parte de PDeCAT) en la última moción de censura.

Termino así esta exposición. La hoja de ruta de Junts Pel Sí, dirigido por las derechas catalanas contra las derechas españolas no nos llevará a los cambios necesarios ni en Catalunya ni en España. Ni que decir tiene que como manifestación de un sentido popular merece ser apoyada, aunque está pésimamente dirigida; aun así, hay que oponerse a un intento deliberado de incrementar el conflicto entre Catalunya y España. Es obvio que los dos nacionalismos, el españolista y el catalanista, se necesitan uno al otro y se retroalimentan. Los dirigentes de tales nacionalismos están intentando mantener este enfrentamiento, pues en las próximas elecciones les será de gran utilidad. Su enfrentamiento es parte de una altamente exitosa estrategia electoral. Pero nos alejará de la solución del problema social y nacional.

Una última observación. Cuando varias personas fundamos el Procés Constituent, estaba claro que nuestro enfrentamiento no era solo con el Estado central, sino también con la Generalitat de Catalunya. El “no nos representan” del 15-M aplicaba tanto a las instituciones del Estado español como a las instituciones de la Generalitat de Catalunya. Hay que recordar que el 15-M, inspirador del Procés Constituent, rodeó el Parlament de Catalunya para exigir que se interrumpieran las políticas de austeridad que estaban imponiendo a las clases populares de Catalunya. El president del Govern de derechas, el Sr. Mas, tuvo que entrar con helicóptero. Ahora bien, sería ridículo que tengamos que rodear el Parlament ahora para defender a su sucesor, el Sr. Puigdemont, para continuar haciendo las mismas políticas. De ahí que a la oposición al gobierno Rajoy hay que añadir la oposición al gobierno Puigdemont, lo cual no quiere decir, como maliciosamente se interpreta, que se les considere equivalentes (pues Rajoy es el problema mayor), pero sí que se debe criticar a Junts Pel Sí como corresponsables de la enorme crisis social. No debemos olvidar ni el “no nos representan”, ni los principios del 15-M. Y este olvido típico y característico ocurre cuando el tema nacional va por encima de todo, incluido el tema social. Para resolver los dos, hay que centrarse en el tema social para movilizar a las clases populares en el intento de resolver el tema nacional. Y para ello, un gobierno de izquierdas en Catalunya y otro, también de izquierdas, en España, son esenciales. Así de claro.

Publicado en Nueva Tribuna
vnavarro.org

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Noam Chomsky e Ilan Pappé hablan sobre Palestina

So, 17/09/2017 - 07:00

 

José  Abu-Tarbush
Profesor titular de Sociología en la Universidad de La Laguna (Tenerife)

Noam Chomsky e Ilan Pappé no requieren mayor presentación, ambos son ampliamente conocidos por sus respectivas obras académicas, pero también por su activismo político. Además de su contribución a la lingüística, Chomsky es un autor de referencia por sus numerosos ensayos políticos, críticos con el capitalismo y, en particular, con la política exterior de Estados Unidos. De manera semejante, la obra de Pappé es fundamental para comprender los cimientos coloniales en los que se asienta el Estado israelí, que sigue prolongando uno de los conflictos más enraizados en la sociedad internacional.

A su vez, Pappé también es uno de los más distinguidos y productivos autores de los denominados –en su momento– “nuevos historiadores israelíes”.  Un grupo integrado por historiadores y sociólogos que, después de investigar en los archivos israelíes, invirtieron el relato oficial de Israel sobre los acontecimientos que rodearon la construcción de su Estado en 1948 y la consiguiente tragedia de los refugiados palestinos. Su libro La limpieza étnica de Palestina (Barcelona: Crítica, 2008) es un claro ejemplo, incluso trascendió el marco académico y se convirtió en un auténtico best seller.

Esta obra viene a ser una continuación de la anteriormente titulada Gaza en Crisis. Reflexiones sobre la guerra de Israel contra los palestinos (Madrid: Taurus, 2011), editada también por Frank Barat, con gran éxito y traducida a numerosos idiomas. Junto a su actualización temática, introduce la novedad de que las respuestas son fruto de una conversación cara a cara y no de una larga correspondencia electrónica. Esta fluidez se advierte en el texto con las diferentes matizaciones o precisiones,  perspectivas e incluso discrepancias (por ejemplo, sobre el boicot académico), con un enriquecimiento del debate.

Organizada la conversación en tres grandes bloques temporales (pasado, presente y futuro), Chomsky y Pappé intercambian sus puntos de vistas sobre los más diversos aspectos en torno a la cuestión de Palestina: la naturaleza colonial del movimiento sionista y de Israel como colonia de asentamiento; las similitudes y diferencias con la Sudáfrica del apartheid; el movimiento de solidaridad con el pueblo palestino y la campaña del BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel); unido a las perspectivas sobre la solución de los dos Estados o solo uno.

La obra se complementa con algunos artículos específicos de ambos autores en torno a las sucesivas agresiones israelíes a la Franja de Gaza  (“genocidio progresivo” lo denomina Pappé); además de un estudio preliminar del mismo  Pappé que, de manera esclarecedora, sistematiza tanto el diálogo con Chomsky como algunas reflexiones que, bajo el título de “Conversaciones antiguas y nuevas”, recoge la dramática evolución política en Israel/Palestina y en toda la región.

En concreto, considera necesario la “búsqueda de nuevas ideas” e “incluso de un nuevo lenguaje para Palestina” debido, entre otras paradojas, primero, a que los logros y, en particular, el cambio experimentado favorablemente por la opinión pública mundial sobre Palestina no ha tenido un impacto efectivo sobre la realidad por el apoyo que recibe Israel de “las élites económicas y políticas de Occidente”; segundo, el adoctrinamiento de la sociedad israelí, con una imagen favorable de su Estado, pese a las críticas que recibe del exterior; tercero, a que las críticas y condenas de determinadas políticas israelíes no alcanzan al “régimen y la ideología que produce dichas políticas”; y cuarto, a que el conflicto se barniza como “una historia multifacética y compleja, difícil de entender y más aún de resolver”, cuando en realidad se trata de “una simple historia de colonialismo y usurpación”. De ahí que Pappé abogue por un nuevo diccionario en el que términos como limpieza étnica, apartheid, colonialismo, descolonización, cambio de régimen y solución de un solo Estado, entre otros, sean centrales.

En suma, Chomsky y Pappé hacen una lectura crítica de los principales hechos y acontecimientos de este prolongado conflicto colonial (no entre Palestina e Israel como si se trataran de dos entidades semejantes); además de exponer la relación existente entre poder y producción del conocimiento. En esta dinámica, desvelan la inconsistencia de términos tan estandarizados o acuñados como “proceso de paz” o “solución de los dos Estados”, cuando la realidad sobre el terreno muestra que son una mera cortina de humo de la que se ha servido Israel para amortiguar o neutralizar las críticas, ganar tiempo y seguir implementando su política colonial, de hechos consumados, con la apropiación de más territorio palestino; además de la creciente fragmentación y guetización de la población palestina, unido al continuado bloqueo de Gaza desde hace una década.

Sin olvidar la discriminación de los palestinos en Israel,  sobre los que también ha escrito una obra Ilan Pappé, Los palestinos olvidados. Historia de los palestinos de Israel (Madrid: Akal, 2017); y las diferentes agrupaciones de la diáspora palestina que en no pocos casos, como en el más reciente de los refugiados palestinos en Siria,  se han visto forzadas a nuevos desplazamientos.

Con todas estas implicaciones, que remiten mucho más atrás de la ocupación israelí en 1967, es difícil no advertir que mientras persista el régimen de apartheid se seguirá perpetuando esta prolongada segregación y opresión. De ahí la importancia de abordar esa dimensión histórica: primero, para comprender mejor “por qué continúa el conflicto”; y segundo, para cambiar “el punto de vista político sobre la cuestión palestina” al mostrar cómo “el conocimiento fue manipulado” mediante ese mencionado lenguaje (“proceso paz”, “solución de los dos Estados”, entre otros términos).

Semejante lenguaje es, a su vez, empleado no sólo por la diplomacia internacional, sino también, de manera un tanto ingenua y equivocada, por gente bienintencionada, amigos y amigas de Palestina y movimientos de solidaridad; e incluso por la propia Autoridad Palestina, probablemente por “carecer de otras alternativas” o por “desesperación” como apunta Chomsky.

Ambos autores no se andan con rodeos para denominar las cosas por su nombre. Conscientes de la coyuntura actual, insisten en, primero, identificar clara y correctamente el problema, señalando el carácter colonial del movimiento sionista y de Israel “como un Estado racista”; y segundo, redoblar los esfuerzos para cambiar la política de Estados Unidos, pues su apoyo resulta “decisivo” para que Israel siga manteniendo un comportamiento de Estado paria a semejanza de la Sudáfrica del apartheid.

 

(*) Reseña del libro de Noam Chomsky e Ilan Pappé ‘Conversaciones sobre Palestina’ Navarra: Txalaparta, 2017 (240 páginas). Traducción de Clorinda Zea.

Publicado en Público.es

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Fascismo tardío: los límites de la analogía

Sa, 16/09/2017 - 07:00

Alejandro Nadal - Consejo Científico de ATTAC España

Muchos analistas han asimilado la dinámica que llevó a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos con la de un movimiento parecido al fascismo. De hecho, el calificativo de fascista se utiliza con frecuencia para designar al mismo señor Trump. Y esto se ha multiplicado a raíz de los acontecimientos de Charlotesville, en el estado de Virginia, donde un desfile de neo-nazis culminó con el asesinato de una mujer que protestaba contra el despliegue de odio de los manifestantes y sus banderas con la suástica. Trump equiparó en repetidas ocasiones a los neo-nazis con los manifestantes que se les oponían. Para muchos sus palabras le hacen merecedor del calificativo de fascista.

La utilización de esta terminología para describir movimientos políticos también se usa en Europa, especialmente para los casos de los gobiernos de Beata Szydlo en Polonia y de Víctor Orbán en Hungría. Pero hay algo que no está bien en este lenguaje.

En una conferencia dictada a principios de este año, Alberto Toscano, de la Universidad de Londres, presenta un análisis interesante sobre esta forma de describir el auge del populismo de derecha. (El texto puede encontrarse en historicalmaterialism.org). Para Toscano la analogía con el fascismo tiene serios límites que es necesario comprender para poder avanzar a nivel analítico. Para empezar, el fascismo que se impone en Italia en 1922 y después en Alemania en 1933 está íntimamente ligado a la respuesta de la clase capitalista frente al vigoroso ascenso del movimiento obrero. Las contra-instituciones que este movimiento pudo construir (aquí utilizo la terminología de Antoni Domenech en su magistral libro El eclipse de la fraternidad) en lo político y en lo cultural llegaban a amenazar las mismas bases de la reproducción de las relaciones sociales del capitalismo. Detener el ascenso y avance de la lucha obrera era un imperativo aunque para ello fuera necesario recurrir a una parte de las masas que no eran amigas del capitalismo. Así, después de algunos titubeos, las clases capitalistas aceptaron financiar y apoyar a los movimientos fascistas que ya se nutrían de los elementos más rezagados de la sociedad y que estaban a la deriva en las aguas estancadas de la historia, con tal de destruir las contra-instituciones que la clase obrera había erigido.

Según Toscano, la mayor parte de los análisis sobre el fascismo encontraron un vínculo directo entre la necesidad de eliminar un obstáculo que amenazaba la acumulación de capital, aunque para ello fuera necesario destruir lo que quedaba de la democracia parlamentaria liberal. Desde esta perspectiva, el fascismo fue la solución que impuso la clase dominante frente al desafío planteado por la clase obrera bien organizada. Pero hoy, como afirma Toscano, no estamos en presencia de algo que se asemeje a las condiciones de los años 1922-1933 en Europa. En la actualidad no hay nada en el mundo que se parezca a una amenaza de una clase trabajadora bien organizada en contra de la hegemonía del capital. Y por lo tanto, no se justifica la analogía de una presidencia enferma como la de Trump con la historia del fascismo.

Sí es cierto que el ritmo de acumulación de capital se ha frenado (y por eso los economistas del establishment hablan de estancamiento secular). Pero los obstáculos no provienen de una clase obrera militante y bien organizada, sino de factores como el dominio del capital financiero, la sobreproducción, la desigualdad creciente y su corolario, la debilidad crónica de la demanda efectiva. Por ningún lugar asoma la cabeza algo que se parezca a las contra-instituciones que la clase obrera podría poner en pie para asegurar la transición a otro tipo de relaciones económicas.

Entonces ¿cómo dar cuenta de los rasgos fascistoides que marcan la presidencia de Trump y los movimientos de extrema derecha en Europa? Para intentar responder Toscano se refiere a los análisis sobre el fascismo que van desde Ernst Bloch y la Escuela de Frankfurt, hasta las intuiciones de Georges Bataille y de Pier Paolo Pasolini. Esas reflexiones son ciertamente muy relevantes. Pero desde mi perspectiva no justifican dejar de lado el papel que ha jugado una izquierda institucional, cada vez más timorata y preocupada por ganar más votos que por realizar un trabajo político relevante.

En el caso de Estados Unidos la traición del partido demócrata en contra de la clase trabajadora es un elemento clave para explicar el desencanto de una parte importante del electorado que votó por Trump, castigando así a la corrupta dinastía Clinton tan ligada a Wall Street. Recientemente, el teórico Franco Berardi, fundador de Radio Alicia en Bolonia, señaló que los trabajadores que se vieron traicionados por la izquierda institucional-reformista se han vengado y la han castigado, votando por candidatos como Trump. En ese sentido, dice Berardi, la izquierda institucional-reformista abrió las puertas al fascismo por haber escogido servir al capitalismo financiero y por aplicar las reformas neoliberales. El castigo a la hora de votar no se ha hecho esperar.

Publicado en La Jornada

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La Unión Europea como Plutocracia

Fr, 15/09/2017 - 09:00

Xavier Caño – ATTAC Madrid

Si democracia es el gobierno del pueblo (demos), plutocracia es el de los más ricos (ploutos). Esta sencilla aclaración etimológica permite decir hoy con toda justicia, a la vista de los hechos de los últimos años, que esta Unión Europea está descaradamente al servicio de la minoría que detenta el poder económico en Europa. Una sociedad gobernada o controlada por la minoría de los miembros más ricos que apenas son unos cinco millones de personas. Contra más de 500 millones.

Tan convencida afirmación proviene del conocimiento de que la última de la Comisión Europea es excluir a los parlamentos nacionales de la aceptación o no de los tratados comerciales bilaterales que se negocien. Tratados comerciales cuya aplicación causa a la ciudadanía graves problemas de atención a la salud, reducción de derechos laborales y agresiones al medio ambiente entre otras consecuencias muy negativas. Pero permite aumentar más los beneficios de corporaciones y multinacionales.

A esta Unión Europea le sobra la democracia y la esquiva, manipula o suprime en cuanto puede. Buena muestra de eso es ver quien manda en la UE. Manda la Comisión Europea que no es el resultado de una mayoría parlamentaria democráticamente elegida sino de acuerdos y chanchullos de los gobiernos de la eurozona, con especial influencia de los de los países más ricos, como Alemania o Francia. Pero de elección democrática, nada.

Más muestras de plutocracia. En 2004 se puso a votación la Constitución Europea y fue rechazada por las ciudadanías de Francia y Holanda, pero no se inició después un debate para elaborar otra Constitución o corregir los desacuerdos de la primera. No. El 13 de diciembre de 2007 la Comisión Europea aprobó el Tratado de Lisboa en esa ciudad para sustituir la Constitución europea rechazada. La Comisión Europea se pasó por el forro el rechazo electoral de las ciudadanías francesa y holandesa y, si no quieres caldo, dos tazas. Habrá la Constitución que queramos y la llamamos Tratado de Lisboa.

Hay dos frentes fundamentales que muestran el establecimiento de la plutocracia en la Unión Europea: la fiscalidad (los impuestos que se pagan o dejan de pagar), y los acuerdos bilaterales comerciales y de inversión. Ambos de gran repercusión en las vidas de los europeos y europeas de a pie, de la inmensa mayoría ciudadana.

Ahora la Comisión Europea propone dividir los acuerdos bilaterales de comercio e inversión para evitar el veto de los parlamentos, como sucedió en Valonia cuando esa región belga autónoma rechazó al acuerdo comercial de la UE con Canadá porque vulneraba gravemente los derechos humanos de la ciudadanía. Valonia votó en contra porque ese tratado deterioraba los servicios públicos, perjudicaba la agricultura y violaba derechos laborales. De las consecuencias perjudiciales de esos tratados bilaterales para le gente común supo la ciudadanía al conocer el contenido de tratados como el TTIP de la UE con EEUU.

El nuevo plan de la Comisión Europea es negociar acuerdos comerciales sólo de competencias exclusivas de la UE y separar los acuerdos de inversión. Así los acuerdos comerciales entrarían en vigor sin intervenir los parlamentos nacionales y regionales. Quieren aplicar ese método en la negociación de acuerdos bilaterales de la UE con Australia y Nueva Zelanda.

Otro frente en el que la minoría rica ha desplegado una gran ofensiva (tan importante como lo fue militarmente el desembarco en Normandía) es el de los impuestos. Impuestos que las grandes empresas y grandes fortunas evaden o eluden. Así los grandes beneficios de las multinacionales viajan de Francia, Italia, Alemania, Reino Unido o España a Irlanda (12% de impuesto máximo de sociedades). De Irlanda se desvían a Holanda (1% de tasa) y de Holanda van a parar a las islas Vírgenes o a Delaware en EEUU, donde sencillamente no pagan impuestos. Por eso es posible, por ejemplo, que en Reino Unido, en 2005 y 2006, 466 grandes empresas de las 700 mayores del país pagaran solo 15 millones de libras de impuestos por beneficios. Las 436 restantes no pagaron nada, aunque tuvieron beneficios.

Como denunció el Nobel de economía Stiglitz hace años, los ricos usan su dinero para asegurarse políticas, medidas y ventajas fiscales que les permitan ser más ricos. Por esa razón algunos estados de la Unión Europea (con especial relevancia de Luxemburgo) han firmado cientos de acuerdos con corporaciones y multinacionales para que paguen muchos menos impuestos de los que debieran. Por eso es adecuado decir que estamos en una plutocracia, una sociedad donde dominan los ricos aunque sean muy pocos.

Hace doce años, antes de la crisis, escribí en este blog que tras tantos años, vicisitudes, retóricas hueras y fuego de artificios para ocultar lo que ocurría y las intenciones reales de los poderosos, se cumplían otra vez los análisis y conclusiones de Marx. Una minoría muy minoritaria obtiene como sea el máximo beneficio de la mayoría depredándola, explotando a la mayoría. Como reconoció Warren Buffett (uno de los seis hombres más ricos del mundo) a un periodista de The Wall Street Journal al estallar la crisis: “claro que hay lucha de clases y es mi clase, la de los ricos, la que gana”.

Habrá que hacer algo y dar la vuelta a la situación.

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La izquierda española ante la globalización

Fr, 15/09/2017 - 07:00

Alberto Garzón – Consejo Científico de ATTAC España

La expresión los árboles no dejan ver el bosque nos ayuda a entender qué le está pasando a la izquierda en España. Concentrados en el día a día de las noticias mediáticas, en las valoraciones trimestrales de los datos del paro o en las innumerables novedades que afloran de corrupción política, apenas tenemos tiempo para pensar en el tablero de juego sobre el que hacemos política. Y lo cierto es que, desde la perspectiva española, es un panorama preocupante.

En los últimos años hemos asistido a la quiebra del bipartidismo, a una crisis institucional sin precedentes que ha incluido a la Casa Real y, en parte como consecuencia de ello, a una sucesión atípica de convocatorias electorales. Pero apenas hemos debatido sobre las causas de estos fenómenos, es decir, sobre la descomposición social que se está produciendo en nuestro país como consecuencia de la globalización económica y la crisis del modelo de crecimiento económico.

A menudo las organizaciones políticas hacemos política como si nada hubiera cambiado desde 1978, año en el que se aprobó la Constitución. Y no me refiero a las formas políticas o a sus protagonistas, que evidentemente han mutado en estos cuarenta años. Me refiero a ese tablero de juego en el que se inserta España y que es el sistema-mundo económico. En 1978 España se incorporó, con todas sus insuficiencias, al mundo desarrollado de la democracia, el Estado Social y las modernas políticas públicas de redistribución de la renta. Pero lo hizo precisamente en un contexto internacional en el que ese mundo desarrollado ya iba en dirección contraria, con las políticas neoliberales siendo la norma y con la globalización económica desplegando todas sus características.

La globalización puede describirse de muchas formas distintas, pero podemos destacar la desregulación financiera y económica, la reducción de los aranceles y el consiguiente estímulo al comercio mundial, la deslocalización de las grandes empresas hacia países con menores costes y la expansión de transnacionales que conforman enormes redes económicas. Hoy no sólo la producción mundial de bienes y servicios se realiza mediante nuevas formas, con las cadenas de valor globales cobrando especial importancia, sino que además está repartida de un modo muy diferente al de hace cuarenta años. Baste constatar que en 1980 los países avanzados –categoría usada por el FMI que incluye a Estados Unidos, Japón y las principales economías europeas- representaban el 63% del PIB mundial, mientras que América Latina suponía el 12% y los países emergentes de Asia sólo el 9%. Por el contrario, actualmente esas mismas economías avanzadas representan escasamente el 40%, América Latina el 7% y los países emergentes de Asia el 33% del PIB mundial. En términos de empleo la inserción en la economía-mundo de una fuerza laboral de más de 800 millones de personas en el caso de China y de 500 millones de personas en el caso de la India no puede ignorarse –compárese con los 75 millones de personas que conforman la fuerza laboral de Rusia, los 162 millones de Estados Unidos o los 23 millones de España.

El sistema económico capitalista está basado en la competencia y en la incesante búsqueda de ganancia privada, de modo que tablero de juego en el que se inserta España es el de esta economía-mundo altamente competitiva y en la que numerosos actores, desde empresas hasta trabajadores, compiten por su cuota de mercado o su puesto de trabajo. Las reglas están marcadas por la propia lógica del capitalismo y por la regulación resultante de lo que se ha convenido en llamar globalización. No puede esto ignorarse porque, como bien supieron entender los economistas clásicos, destacadamente Marx, el mercado mundial determina en gran medida las formas concretas de las economías nacionales. Y ello condiciona, a su vez, las formas políticas y de conciencia que emergen en el seno de los Estado-nación. O, dicho a la inversa, no es posible comprender los fenómenos sociales recientes, desde el 15-M hasta la irrupción de Trump o Le Pen, sin atender a las transformaciones económicas de las últimas décadas. Desde luego, éstas solas no bastan para ofrecer una explicación precisa, pero sin ellas es imposible aproximarse a lo que de verdad está ocurriendo.

El problema para la economía de España es, grosso modo, que no ha encontrado su lugar en este sistema-mundo. El modelo de crecimiento español ha dependido durante años de la confluencia de crédito barato y especulación urbanística, todo ello derivado y alimentado por una desastrosa configuración institucional europea. Ello proporcionó rentas más altas y la sensación de que España pertenecía a las economías más desarrolladas del mundo. Pero derribado el castillo de naipes del milagro económico, del que hacían gala tanto PP como PSOE, lo que ha quedado es una estructura productiva basada en sectores de bajo valor añadido y con escasa intensidad tecnológica. Sectores como el turismo, altamente estacional, y con salarios un 40% inferiores a los industriales, se han convertido en la esperanza de un Gobierno incapaz de aceptar la profundidad del problema.

La consecuencia directa de todo ello se llama precariedad y desigualdad. La globalización es un proceso que ha impuesto ganadores y perdedores por todas partes del mundo. Así, como ha puesto de relieve en cifras el economista Branko Milanovic, las clases urbanas de Asia han visto cómo sus ingresos absolutos han crecido significativamente en las últimas décadas. Por el contrario, las llamadas clases medias y populares de los países occidentales han visto cómo se deterioraban sus rentas de forma significativa. La reciente crisis en España lo que ha provocado es la agudización de ese fenómeno: los salarios de los estratos más bajos de la población han caído mucho más, por encima del 20%, que los salarios de los estratos más altos, apenas afectados, provocando un incremento enorme de la desigualdad. De acuerdo con los datos de Eurostat, España es, a día de hoy, el cuarto país más desigual de la UE, sólo por detrás de Rumanía, Bulgaria y Lituania. La polarización en términos de renta se ha multiplicado. Y ello tiene consecuencias en el plano político.

El patrón común que autores como Dani Rodrik o Hanspeter Kriesi han detectado es que las personas caen en el grupo de ganadores o perdedores de la globalización según el lugar que ocupen en la distribución internacional del trabajo. Una conclusión muy clásica, por otra parte. Asimismo, ese lugar concreto depende de otras variables que van desde la estructura productiva de un país hasta la cualificación individual del trabajador o trabajadora en cuestión. De acuerdo con esta visión, la globalización está provocando en occidente una fractura entre aquellas personas con alta cualificación y aquellas otras personas con menor cualificación. Las primeras pueden acceder a puestos de trabajo que son competitivos a nivel internacional y que pertenecen a sectores de alto valor añadido que, por tanto, están mucho mejor remunerados. Las segundas, por el contrario, están expuestas a la competencia internacional y los miles de millones de personas que conforman la fuerza de trabajo mundial se convierten en competidores directos para ellas. Además, al ser sectores de bajo valor añadido, o que pertenecen a segmentos de cadenas de valor globales que apenas se apropian de valor añadido, los salarios suelen ser muy reducidos. Aquí pertenecen los millones de personas que ahora sufren el paro estructural y que llevan años buscando un trabajo.

Los economistas liberales han propuesto, como solución, mejorar el llamado capital humano, centrándose en la formación reglada. Según esta visión, mejorar la cualificación de la población es la vía directa a mejorar las condiciones de vida. Pero es pura ilusión. Estos mismos economistas son incapaces de explicar por qué en España se da también la sobrecualificación de miles de personas, especialmente jóvenes. La explicación es que la propia estructura productiva, y con ello el carácter rentista del empresariado español, impide que se creen puestos de trabajo de alto valor añadido que puedan absorber a los trabajadores cualificados. En ausencia de una estructura productiva así, los trabajadores cualificados se marchan a países con sectores productivos en los que sí se puede trabajar, generando una pérdida irreversible en España.

Lo relevante de todo esto, a efectos de este artículo, son las consecuencias políticas. En primer lugar esta fractura provocada por la globalización, además, tiende a reducir también es el estrato ideológico conocido como clase media. Por al menos dos razones. De un lado, porque se consideraban así familias enteras que vivían de las rentas del insostenible modelo inmobiliario-especulativo y que ahora están a merced de una estructura productiva de país empobrecido y de una competencia internacional desaforada. De otro lado, porque la propia estructura productiva supone un cierre para las nuevas generaciones que comprueban que no existe ascensor social, como acabamos de decir. Los jóvenes constatan que no vivirán como sus padres.

El escenario es desolador desde el punto de vista de clase. Las clases populares, con mucha menor capacidad para acceder a los estudios reglados de alta cualificación, como consecuencia de los recortes en educación y de la naturaleza clasista del propio sistema económico, quedan atrapadas en el escalón más bajo no sólo del país sino también de la distribución internacional del trabajo. Así, la precariedad no se define como un momento temporal sino como una característica permanente. No hace falta subrayar qué significa intentar sobrevivir con un contrato por horas que se paga a un par de euros la hora. Por el contrario, las clases altas se han beneficiado no sólo del clientelismo de los gobernantes y de un empresariado rentista sino que, además, se han enriquecido con las políticas durante la gestión de la crisis –reformas fiscales, laborales y financieras, inyecciones de liquidez del BCE, etc.-. Pero, ¿es sostenible este modelo de país?

La experiencia histórica sugiere que no: un país sin cohesión social se resquebraja por todos sus poros. Quizás no es casualidad que el reciente auge independentista en Cataluña coincide con esta época histórica y con la habilidad de vincular independencia con esperanza frente a la crisis. Si bien en ningún caso un decreto de independencia de un Estado-nación supone la neutralización de la ley del valor y de la lógica capitalista. De todas formas, los fenómenos de Trump en Estados Unidos, la extrema derecha en muchos países de la Unión Europea, o la experiencia histórica del fascismo en los años treinta y en el marco de la Gran Depresión, sugieren que la tesis de Karl Polanyi es cierta. A saber, los sectores más golpeados por la crisis y por los ajustes que conlleva la expansión del libre-mercado buscan fórmulas políticas para protegerse. El crecimiento de las posturas proteccionistas es la contracara de ese primer movimiento pro-mercado que supone la globalización, y también sucedió tras la II Guerra Mundial.

Pero el contexto hoy es otro, y las experiencias históricas nunca se repiten de la misma forma. La forma concreta de resistencia de las clases populares depende de algo tan básico como la lucha de clases. En esa lucha, las clases pueden abrazar posturas neofascistas (como ocurre en el norte de Europa), pueden organizarse en posiciones socialistas (como sucedió en los años veinte del siglo pasado) o quedar resignadas y desorganizadas bajo un nuevo estatus de precariedad y miseria permanente. Todo ello depende de un concepto clásico que se llama formación de clase, es decir, de la capacidad de organizar a la clase social.

Las clases sociales no son entidades solamente objetivas, útiles para el análisis sobre el papel, sino que son también construcciones subjetivas que dependen de la práctica política. Las clases, por decirlo brevemente, se construyen. Y esa construcción depende de la habilidad de las organizaciones de clase para generar conciencia de clase, es decir, para crear objetivos e instituciones comunes entre sectores de la sociedad. Dicho de otra forma: los perdedores de la globalización no se van a organizar solos, o al menos es muy discutible que eso suceda, sino que necesitan de la estrategia política de las organizaciones. Las organizaciones políticas están, desde el punto de vista socialista, precisamente para eso y no para otra cosa. La participación en las instituciones, por ejemplo, es una herramienta más que ha de servir a ese fin: organizar a la clase, al pueblo o a la comunidad –no seré yo quien inicie una discusión meramente semántica al respecto-.  Y visto lo anterior, nada hay más urgente que hacerlo. Organizar a los perdedores de la globalización, a las personas que no se benefician de la llamada recuperación económica, a los que sufren la precariedad y a las personas que sienten que otro mundo es necesario más que posible. Ese es el verdadero objetivo político de la izquierda, a mi juicio.

Siguiendo esta lógica, no se trata sólo de construir sobre el papel una alternativa teórico-técnica al modelo económico español. Desde luego hay que hacerlo, y por cierto que eso implica deshacerse de la estructura de poder vigente en España y que es heredada, a través de la Transición, de la franquista. Un nuevo país implica una nueva cultura política, empresarial y ciudadana desprovista de todos los lastres clientelares propios del franquismo y de esta democracia cacique. Pero de nada sirve esto si detrás no hay una base social que respalde la puesta en marcha de un proyecto así. Y enfrentamos numerosos obstáculos. Por eso considero que nuestras organizaciones, comenzando por Izquierda Unida, deben asumir que este, y no otro, es el tablero de juego y el objetivo principal.

De ahí que, en estas condiciones, veamos necesario reforzar la presencia en la calle, lugar donde se genera la subjetividad y, por lo tanto, la conciencia de clase. Son largos los debates teóricos sobre esta cuestión, desde Marx y Engels hasta Carrillo y Claudin, pasando por Luxemburg y Lenin. Pero no creo que quede otra alternativa que construir, con nuestras propias manos, tejido social entre los perdedores de la globalización, entre nuestra clase. Una organización más de clase, no en términos semánticos o litúrgicos, sino de acción y composición, es el camino. Y con un discurso que ensamble la alternativa que necesita la clase, el país en un contexto como el que hemos descrito.

Veamos no sólo los árboles sino también el bosque. El capitalismo es un sistema basado en la explotación, y por ello generador de desigualdad y crisis. Pero es también un sistema de producción que no atiende a los límites físicos del planeta, con lo que ser anticapitalista no es sólo una cuestión moral sino de necesidad para la vida. Para la vida no sólo de nuestra clase o nuestra especie, sino de la vida en general. Si no hacemos nada, nuestras sociedades actuales se convertirán en sociedades distópicas, decimonónicas, en las que una minoría deshonestamente enriquecida posee la inmensa mayoría de los recursos y el poder frente a una mayoría social, quebrada y frustrada, que malvive a salto de mata. No hay nada escrito en la historia de antemano, pues todo depende de la capacidad para organizarse y luchar.

 

Alberto Garzón

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¿Hacia la tercera ola de la recesión económica mundial?

Do, 14/09/2017 - 09:00

Germán Gorraiz López – ATTAC Navarra-Nafarroa

La posibilidad real de una tercera ola de recesión económica en el Trienio 2018-2020 estaría pasando desapercibida para la mayoría de Agencias de Calificación debido a la desconexión con la realidad que les llevaría a justificar la exuberancia irracional de los mercados con lo que cumpliría la famosa frase del iconoclasta John Kenneth Galbraiht. ”Hay dos clases de economistas: los que no tenemos ni idea y los que no saben ni eso”. Así, el ” efecto mariposa” trasladado a sistemas complejos como la Bolsa de Valores, tendría como efecto colateral la imposibilidad de detectar con antelación un futuro mediato pues los modelos cuánticos que utilizan serían tan sólo simulaciones basadas en modelos precedentes (Teoría de la Inestabilidad financiera de Minsky), con lo que la inclusión de tan sólo una variable incorrecta o la repentina aparición de una variable imprevista provoca que el margen de error de dichos modelos se amplifique en cada unidad de tiempo simulada hasta exceder incluso el límite estratosférico del cien por cien, dando lugar a un nuevo estallido o crash bursátil.

La exuberancia irracional de los mercados

El proceso especulativo impulsa a comprar con la esperanza de sustanciosas ganancias en el futuro, lo que provoca una espiral alcista alejada de toda base factual y el precio del activo llega a alcanzar niveles estratosféricos hasta que la burbuja acaba estallando (crash) debido a la venta masiva de activos y la ausencia de compradores, lo que provoca una caída repentina y brusca de los precios hasta límites inferiores a su nivel natural (crack), cumpliéndose una vez más la máxima de Keynes: “Los mercados pueden permanecer irracionales más tiempo del que tú puedes permanecer solvente”. Así, un inversor está dispuesto a pagar un precio por una acción si le reporta dinero en el futuro, por lo que el valor de dicha acción es el total de flujos esperados pero el nivel suelo de las Bolsas mundiales, (nivel en el que confluyen beneficios y multiplicadores mínimos), se situaría a años-luz de los niveles actuales debido al riesgo de estancamiento económico secular que presentan las principales economías mundiales. Sin embargo, debido al “efecto Trump” los inversores de EEUU estaban instalados en la euforia tras superar el techo ionosférico de los 22.000 puntos en el Dow Jones, (rememorando el boom bursátil de los años 20, preludio del crack bursátil de 1.929), por lo que son incapaces de percibir el vértigo de la altura pero la sombra del impeachment que planea sobre Donald Trump y la incertidumbre existente en Wall Street sobre su agenda económica habría provocado que los grandes inversores sientan por primera vez el mal de la altura que les llevará a reducir su exposición al riesgo con el consecuente efecto bajista en las cotizaciones de las acciones. Además, la inflación en EEUU acelerará las próximas subida de tipos de interés del dólar en el 2018, haciendo que los inversionistas se distancien de los activos de renta variable y que los bajistas se alcen con el timón de la nave bursátil mundial, derivando en una psicosis vendedora que terminará por desencadenar el estallido de la actual burbuja bursátil. Dicho estallido tendrá como efectos colaterales la consiguiente inanición financiera de las empresas, la subsiguiente devaluación de las monedas de incontables países para incrementar sus exportaciones y como efectos benéficos el obligar a las compañías a redefinir estrategias, ajustar estructuras, restaurar sus finanzas y restablecer su crédito ante el mercado (como ocurrió en la crisis bursátil del 2000-2002) y como daños colaterales la ruina de millones de pequeños inversores todavía deslumbrados por las luces de la estratosfera, la inanición financiera de las empresas y el consecuente efecto dominó en la declaración de quiebras.

¿Finiquito a los Tratados Comerciales Transnacionales?

La obsesión paranoica de las multinacionales apátridas o corporaciones transnacionales por maximizar los beneficios, (debido al apetito insaciable de sus accionistas, al exigir incrementos constantes en los dividendos), les habría inducido a endeudarse peligrosamente en aras del gigantismo mediante OPAS hostiles y a la intensificación de la política de deslocalización de empresas a países emergentes en aras de reducir los costes de producción (dado el enorme diferencial en salarios y la ausencia de derechos laborales de los trabajadores). Así, el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, Canadá y México (NAFTA o TLCAN), firmado por el Presidente Clinton en 1964 habría provocado que adultos blancos de más de 45 años sin estudios universitarios y con empleos de bajo valor añadido tras quedar enrolados en las filas del paro, habrían terminado sumido en un círculo explosivo de depresión, alcoholismo, drogadición y suicidio tras ver esfumarse el mirlo del “sueño americano”, lo que habría tenido como efecto colateral la desafección de dichos segmentos de población blanca respecto del establishment tradicional demócrata y republicano, por lo que Trump se propone renegociarlo.

Igualmente, la Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés) sería la pieza central de Obama en su política de reafirmación del poder económico y militar en la región del Pacífico para hacer frente a la Unión EuroAsiática que inició su singladura el 1 de enero del 2015 , pero el Presidente electo de EEUU, Donald Trump incluyó en su programa electoral la salida de EEUU de dicha asociación. Finalmente, tenemos el TTIP (Tratado Transatlántico de Comercio e Inversión entre EEUU y la UE) cuyas negociaciones deberían finalizar para principios del 2017 pues en teoría tan sólo implicaban la eliminación de aranceles, la normativa innecesaria y las barreras burocráticas pero la tardía reafirmación de la soberanía europeísta por parte del eje franco-alemán aunado con el retorno a políticas neo-proteccionistas por parte de Trump, lograrán que la niebla del olvido cubra con su manto el TTIP.

¿Hacia la tercera ola de la recesión?

El retorno al endemismo recurrente de la Guerra Fría entre EEUU-Rusia tras la crisis de Ucrania y la imposición de sanciones por UE-Japón-EEUU contra Rusia , marcarían el inicio del ocaso de la economía global y del libre comercio, máxime al haberse demostrado inoperante la Ronda Doha (organismo que tenía como objetivo principal de liberalizar el comercio mundial por medio de una gran negociación entre los 153 países miembros de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y haber fracasado en todos sus intentos desde su creación en el 2011. Así, asistiremos al finiquito de los Tratados Comerciales transnacionales (TTIP, NAFTA y TTP) y a la implementación por las economías del Primer Mundo de medidas proteccionistas frente a los países emergentes cuyo paradigma sería el establecimiento por la UE y EEUU de medidas antidumping contra el acero Chino con aranceles que oscilarán del 20% europeo al 500% estadounidense y que significarán el retorno al Neo-Proteccionismo económico.

Finalmente, tanto la UE como EEUU implementarán la Doctrina del “Fomento del Consumo de Productos nacionales” en forma de ayudas para evitar la deslocalización de empresas, subvenciones a la industria agroalimentaria para la Instauración de la etiqueta BIO a todos sus productos manufacturados, Elevación de los Parámetros de calidad exigidos a los productos manufacturados del exterior y la imposición de medidas fitosanitarias adicionales a los productos de países emergentes. Ello obligará a China, México, Sudáfrica, Brasil e India a realizar costosísimas inversiones para reducir sus niveles de contaminación y mejorar los parámetros de calidad, dibujándose un escenario a cinco años en el que se pasaría de las guerras comerciales al proteccionismo económico, con la subsiguiente contracción del comercio mundial, posterior finiquito a la globalización económica y ulterior regreso a los compartimentos estancos en la economía mundial.

Efectos colaterales de la nueva recesión económica

En el escenario europeo, si la Deuda Pública y privada prosigan su vuelo por la estratosfera, los salarios permanecen congelados o con incrementos inferiores al IPC, el crédito bancario sigue sin fluir con normalidad a unos tipos de interés reales a pymes, autónomos y particulares y no se aprovecha la bajada del precio del petróleo y la dilación en los plazos para reducir el déficit público de los países para implementar medidas keynesianas de inversión en Obra Pública y reducir el desempleo, la economías europeas se verán abocadas a un peligroso cóctel explosivo que impedirá a las empresas conseguir beneficios y a los trabajadores incrementar sus sueldos así como a una subida de las tasas de interés reales que agravarían los problemas de sobreendeudamiento público y privado aunado con un desempleo rayando el 11%, lo que podría generar una década de estancamiento rememorando la Década perdida de la economía japonesa.

Por su parte, los países emergentes (BRICS, México, Corea de Sur y Tigres asiáticos), sufrirán un severo estancamiento de sus economías, con la entrada en recesión de países como Brasil y Rusia y raquíticos crecimientos anuales del PIB (rozando el 4% en el caso de India y China) tras un decenio espectacular con tasas de crecimiento superiores a los dos dígitos), debido al desplome del precio del crudo y a la brutal constricción de las exportaciones por la contracción del consumo mundial, lo que conllevará la devaluación de sus monedas para incrementar sus exportaciones así como una drástica reducción de sus Superávit que acelerará la agudización de la fractura social, el incremento de la inestabilidad social y un severo retroceso de sus incipientes libertades democráticas.

Mención especial merece China que estaría inmersa en una crisis económica identitaria al tener que implementar una amplia batería de reformas estructurales. Así, entre las fragilidades de su economía se encuentran la todavía limitada integración financiera internacional, su aislamiento y control del aparato estatal en el ámbito interno, así como una asignación de recursos económicos poco eficiente provocada por el paternalismo público y un insuficiente nivel de desarrollo de las redes de distribución, marketing y venta. Los desafíos están centrados en vencer la alta dependencia de China respecto de la demanda de las economías desarrolladas y la incierta capacidad de la demanda privada para tomar el relevo una vez que se agoten los estímulos públicos.

Respecto a América Latina y el Caribe, la contracción de la demanda mundial de materias estaría ya provocando el estrangulamiento de sus exportaciones y la depreciación generalizada de sus monedas debido a la fortaleza del dólar, lo que se traducirá en aumentos de los costes de producción, pérdida de competitividad, tasas de inflación desbocadas e incrementos espectaculares de la Deuda Exterior. Así, según la Directora Gerente del FMI, Lagarde, “la fortaleza del dólar junto con la debilidad de los precios de los productos crea riesgos para los balances y financiación de los países deudores en dólares”, de lo que se deduce que las economías de América Latina y Caribe estarán más expuestas a una posible apreciación del dólar y la reversión de los flujos de capital asociados, fenómeno que podría reeditar la “Década perdida de América Latina” (Década de los 80), agravado por un notable incremento de la inestabilidad social, el aumento de las tasas de pobreza y un severo retroceso de las libertades democráticas.

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La “austeridad “como estrategia global contra el Trabajo y las clases populares. Resistencias

Do, 14/09/2017 - 07:00

Carlos Martínez García – Consejo Científico de ATTAC España

Las conquistas de la clase obrera no solo del hemisferio norte sino del sur están siendo laminadas

La imposición de un nuevo modelo de producción capitalista conocido como globalización o mundialización, así como la finanaciarización del capitalismo nos ha cambiado las vidas a la clase obrera y a las personas sencillas, normales, trabajadoras; aniquilado el pequeño comercio y sobre todo ha supuesto un retroceso en materia de libertades, menos democracia y menos derechos sociales y políticos.

Las conquistas de la clase obrera no solo del hemisferio norte sino del sur están siendo laminadas y todas las luchas de clases y revolucionarias de los siglos XIX y XX, todos los cambios que conseguidos desde el liberalismo original y democrático, el socialismo y la socialdemocracia obrera, así como los partidos comunistas y el sindicalismo de clase están siendo eliminadas. Pero nada es casualidad, ni nada es nacional y/o estatal, los planes de corrección o lisa y simplemente eliminación del bienestar, no han sido casualidad.

No es intención hacer un recorrido histórico, pero los planes del Banco Mundial y del FMI elaboran en el último cuarto del siglo XX, toda una estrategia de privatizaciones, desregulaciones y guerra de clases contra las clases trabajadoras y populares, primero en el Sur mundial y tras unos años y la contra-revolución conservadora de Thatcher y Reagan el rodillo, se traslada al Norte.

La crisis de 2008 tiene origen cierto en la economía casino y su inconsistencia de burbuja. Pero es que el capitalismo, no funciona ya sino a base de burbujas y estas siempre acaban estallando. Pero lo que nos interesa, es que la crisis tiene mucho de inducida. La crisis de 2008 es una oportunidad para el capitalismo, al objeto de imponer la llamada “austeridad” que de austeridad tiene bien poco. Más bien se trata de imponer un cambio del modelo laboral, social y democrático, e imponer una regresión y una nueva fase de acumulación de capital, es decir riquezas en manos de unos pocos, justificando sus problemas.

La consecuencia de todo esto ha sido que la crisis de 2008, está siendo superada a base de la explotación más simple y miserable de la mano de obra. Algo tan sencillo como hacer que la gente trabaje más, cobre menos y se vea obligada a aceptar su suerte.

Frente a esto han estallado resistencias. Los Foros Sociales Mundiales fueron el reinicio de una nueva conciencia, pero su alejamiento voluntario de la lucha política, su crisis.

En estos momentos la lucha contra la austeridad en el Norte, tiene nombres, Corbyn que lejos de la política espectáculo y desde el laborismo o socialismo democrático británico, muy ligado a la clase obrera y popular reemprende en medio de toda suerte de zancadillas y ataques del sistema la reorganización del Trabajo y consigue la implicación de los jóvenes en la luchas sindicales y laboristas. Sanders que en pleno corazón del imperio levanta una bandera socialista y consigue poner en un brete a la oligarquía del Partido Demócrata, al que todos los analistas coinciden en señalar hubiera derrotado a Trump, pues Sanders sí contaba con el apoyo de la clase obrera  y los sindicatos, además de la gente joven. Un histórico de la resistencia de izquierdas y negra en el PD es el reverendo Jackson muy implicado en las luchas contra la esclavitud y el apoyo a las luchas de las personas negras africanas y con una gran visión internacional. En el Sur, no podemos olvidar, sería injusto, que un renacido y atacado Lula vuelve a las calles recorriendo su gran país y reorganizando el Trabajo en medio de un ataque duro, cruel, judicial de parte y que no es sino la muestra de que si Lula resucita América puede volver a ser una base pujante de cambio social y de lucha contra la austeridad impuesta ya en Brasil y Argentina.

Todos ellos representan un nuevo liderazgo de veteranos luchadores que pisan calle, se acercan a piquetes, hablan con huelguistas, se mojan en las luchas sociales, sindicales y ecológicas. Se abrazan a las multitudes, no de una selecta minoría de concienciados, sino del pueblo llano y trabajador.

Corbyn y Sanders además de la lucha social y de clase, responden a un patrón ecosocialista, lo que les hace más atractivos. Pero todos ellos pueden ser el polo de referencia que nos ayude en la lucha internacional contra la austeridad. Hemos de pedirles (a ellos) que le den una visión más internacional a su lucha –Jackson sí la tiene- y una implicación en el frente contra la austeridad y por el cambio del mundo, a través de su defensa ambiental, su lucha contra la precariedad y el trabajo esclavo. Así como con el comercio global, convertido definitivamente por medio de tratados internacionales en un sujeto de dominación y liquidación de derechos, al servicio tan solo de intereses de las compañías multinacionales. Y una advertencia final, está ya comprobado, vuelve a haber esclavitud.

Miembro de ATTAC y de Alternativa Socialista

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¿Qué es la economía?

Mi, 13/09/2017 - 09:00

Francisco Muñoz Gutiérrez - Rebelión

La economía es todo menos una ciencia racional. Y no es una ciencia por dos razones fundamentales, En primer lugar porque el capitalismo no es homogéneo ni en el tiempo, ni en el espacio, lo que impide definirlo bajo ninguna ley universal. Y en segundo lugar porque su doctrina hegemónica tiene tantos misterios como la religión.

Así pues, los sacerdotes de ayer son los expertos de hoy, y tanto los ancestros, como sus hijos hablan del “motor” que mueve el mundo. Los antiguos creían en Dios, los expertos de hoy creen en TINA; las iniciales del acrónimo thatcheriano «There is no alternative» (No hay alternativa). Políticos y economistas reclaman hoy lo mismo que los curas medievales exigían a la feligresía cristiana y a los incrédulos de todo tipo; amar a Dios sin entenderle. Amar a TINA sin límite.

El misterio fue la clave de toda la larga Edad Media, y durante siglos la humanidad occidental amó a Dios bien porque no le entendía (tesis de los jesuitas; con su lema del fin que justifica los medios), o justo porque era imposible entenderlo (tesis de los cristianos fundamentalistas, con su metáfora del pastor que guía a sus ovejas leales)

Sin embargo en el siglo XXI la economía está en crisis porque al igual que sucedió con el cristianismo en el siglo XVIII, la crisis actual aflora la economía más como un misterio retórico (postular la incapacidad colectiva) que como una doctrina del misterio (postular el austericidio sin alternativa).

Los expertos explican siempre las crisis como efectos de la economía, y sus causas son siempre superficiales y jurídicas, con lo que toda crisis se salda con el establecimiento de la culpa en el chivo expiatorio. Nunca se diagnostica cáncer, sino una reacción alérgica. Nunca se cuestiona el núcleo de sus fundamentos. TINA es sagrada.

TINA y el ciudadano obsolescente que no suda

No obstante, la feligresía del mítico Estado del Bienestar concibe ya la economía como el imperio de una distinguida y colosal glosolaila donde todo el mundo converge sobre la inminencia de la gran crisis final del mundo civilizado; bien por explosión de la superburbuja global, bien por la revolución de las desigualdades, bien por la caída de las ganancias.

Es decir que la “economía” de hoy además de ser una criatura misteriosa y hostil que justifica guerras y robotiza los trabajos, amenaza ahora con implosionar de forma inminente porque su metabolismo no solo está devastando el planeta, sino que también está modificando al propio sujeto social mediante algoritmos y tecnologías que transforman la clásica figura del burgués autónomo y libertino en un sujeto obsolescente de actividad subsidiada con panes sin sudores de frente. Toda una herencia antropológica del viejo mundo que el nuevo parece querer conservar rindiéndole culto con el formol de un presente permanentemente indefinido.

La verdad de la curva del más acá bidimensional

Así pues, mientras que la religión hacía de la simbología eclesiástica y de la imaginería santoral el deleite de la feligresía beata medieval transmitiéndole eficazmente las eternas noticias doctrinales del mundo del más allá, la economía de hoy hace de la curva estocástica la verdad absoluta del nuevo mundo de los dos ejes XY del más acá bidimensional. Un mundo volátil, sin forma constante, compuesto sólo de categorías que se realizan cuando se cruzan al vuelo.

Permanentemente se publican tratados de expertos que afloran las curvas que recristalizan todas las percepciones ocultas de la realidad subyacente; el PIB contra deuda, las exportaciones contra las importaciones, la balanza de pagos, el índice de GINI, etc.

Se trata de realidades super objetivas que el político y el economista describen con un nutrido arte de preciosismo conceptual, hermetismo técnico y oblicuidad gráfica; “deuda”, “cinturón”, “austericidio” “expansión cuantitativa”, etc. son tan solo otros pocos ejemplos de esta doctrina retórica.

El misterio de “el valor”

Pero esto sólo son manifestaciones de la superficie. En cuanto a los misterios sobre los que se funda esta doctrina subsiste todavía con pleno vigor el enigma de “el valor” como sustancia objetiva de toda mercancía (1). Un misterio que alumbró la reforma marxista, pero que desarrolló en todo su esplendor quimérico la contrarreforma neoliberal del siglo XX.

Así Marx, buscando identificar esa sustancia mística la concibe como la cantidad de trabajo que encierra la producción de toda mercancía y los capitalistas contentos del hallazgo añaden a las mercancías sus propias plusvalías de costumbre.

La plusvalía no fue un proceso claro de mercaderes innovadores, sino que fue un secreto mantenido discretamente en el gremio mercantil hasta que los más ricos descubrieron en el siglo XVIII que para la captación de liquidez la mercancía era una rémora de costumbres primitivas.

Desde la más remota antigüedad, los mercados funcionaban adaptando los precios a la cantidad de dinero disponible en la plaza mediante un proceso de tanteo por regateo. Es decir la mercancía siempre ha sido un objeto de seducción manifiestamente neutral y no tenía más valor que aquel que el mercader podía obtener con sus trapicheos.

El valor del dinero como mercancía

Fue entonces cuando empezaron a experimentar con el dinero como mercancía desarrollando a escala el préstamo a interés. La alegría cundió entre los pobres amigos de los ricos que prestaron –en confianza–, expandiendo el comercio en cascada hasta los pueblos más recónditos de Occidente.

Hasta el siglo XVIII el dinero era algo oficialmente estéril y reclamar abiertamente una plusvalía por un dinero prestado era considerado como “usura”. Idea aberrante que la propia Iglesia condenaba con todas sus fuerzas hasta que los jesuitas adaptaron el cristianismo a la revolución burguesa que se estaba cociendo en Francia mediante su conocida doctrina del fin que justifica los medios. En este caso el fin es la riqueza y los medios son todos aquellos con los que se verifica el negocio en confianza. Es decir la desigualdad aceptada entre acreedor y deudor.

El mito del valor como sustancia de la economía

Luego los progresistas del siglo XIX y XX dedicaron sus mejores esfuerzos a pelear el mito del valor como sustancia de la mercancía. Los colectivistas antiburgueses abogaban por la socialización de los medios de producción del valor y los burgueses racionales abogaban por la redistribución fiscal de los excesos de ganancias en orden a conservar al principio de igualdad ciudadana del Estado del Bienestar.

Mientras tanto los capitalistas desarrollaron en paralelo la desigualdad como principio motor de la economía enfatizando la creación burguesa del individuo autónomo y libre de toda atadura, sea de origen divino o colectivo. La iniciativa individual no debe restringirse con normas, y el Estado ha de ser mínimo.

Las viejas desigualdades de hecho se lograron revestir de desigualdades de derecho mediante la doctrina del mérito individual y la retórica de la igualdad de oportunidades. Una igualdad quimérica que no sólo invisibilizaba los abolengos de cuna, sino que además culpabilizaba al desigual desgraciado como concreto individual –“producto defectuoso”–, de la naturaleza. ¡Se es pobre por naturaleza!

Consecuentemente el Darwinismo había saltado ya de la naturaleza a la metrópoli, y en el mundo secularizado del siglo XX los neoliberales sistematizaron la vieja frase de Hobbes del siglo XVII; “Homo homini lupus est” (el hombre es el lobo del hombre), y Wall Street se convirtió en el nuevo Vaticano del orden económico tras el derrumbe estrepitoso del Kremlin.

¿Qué es la economía?

Responder a esta pregunta desde la retórica ortodoxa es morir en el intento de desvelar sus cuantiosos misterios de naturaleza irracional toda vez que el fundamento del valor intrínseco de la mercancía es materia de fe incluso visto desde la perspectiva de la utilidad (2).

La ecuación básica de la transacción mercantil ya no es M–D–M (Mercancía–Dinero–Mercancía), sino esta otra; D–M–D (Dinero–Mercancía–Dinero) (3). Siempre lo fue, pero desde que el dinero es una mercancía, la primera ecuación es un atrapador de sueños emancipatorios.

Los progresistas ignoran lo obvio; que el productor busca liquidez comprando trabajo D–W–D (Dinero–Trabajo (W)–Dinero); que el comerciante busca liquidez mediante su propia liquidez D–M–D (Dinero–Mercancía–Dinero); que el consumidor busca liquidez mediante trabajo para comprar producto W–D–M (Trabajo–Dinero–Mercancía); que el financiero busca liquidez con deuda; D–X–D (Dinero–Deuda (X)–Dinero); y que el Estado busca liquidez mermando la liquidez de sus ciudadanos mediante impuestos.

De momento digamos que la liquidez (4) señala un concepto complejo toda vez que hay que apreciarlo fuera de la teoría del valor ya que carece de núcleo sustancial, lo que invalida su configuración a partir de una posible estructura interna de valías y plusvalías totalmente irrelevante. Aquí el concepto de liquidez define dinero como elemento de poder.

Consecuentemente el dinero es aquí un cuantificador de poder y actúa organizando la sociedad desde un modelo taxonómico que estructura a los individuos por tramos de liquidez. El hombre moderno ya no se puede definir como un ser social, ni siquiera como un miembro del cuerpo místico de Cristo. Por primera vez en la historia de la humanidad aparece la figura de un ser relativamente aislado del colectivo humano, relacionado tan sólo por nómina con su empresa, por fiscalidad con el Estado y por consumo con el resto.

La democracia es otro misterio más de la economía, lo mismo que el Estado de Derecho fundado en un ordenamiento jurídico que pone al Estado al servicio de TINA mediante el Estado de Conveniencia del poder dominante.

La falacia de la doctrina económica vigente se muestra en sus propios fundamentos psudocientíficos llenos de penumbras y paradojas dirigidas a establecer la economía como una ley objetiva de la naturaleza y no como una doctrina arbitraria de la oligarquía dominante.

En realidad la situación actual podría caracterizarse como la contrarreforma a la Revolución Francesa de lema oficial; «Liberté, Égalité, Fraternité», ya que la crisis actual ha puesto sobre la mesa al dios neoliberal conocido por el acrónimo thatcheriano «There is no alternative», (TINA) donde el «austericidio» ha dejado bien claro el nuevo lema del siglo XXI: “Sumisión, Desigualdad, Hostilidad.”

Si se acepta que el dinero es poder, entonces la economía no es otra cosa que “el derecho”, es decir; el ordenamiento jurídico. Y ahí si que hay alternativa. Sólo bastaría con cambiar el derecho mercantil, el derecho financiero, el código penal, la ley del IVA, el derecho laboral etc, etc.

NOTAS:

(1) La “hipótesis sustancialista” tiende a “naturalizar” las relaciones comerciales porque da prioridad a los objetos dotándolos de un valor intrínseco que reduce a un segundo plano las voluntades de los agentes que realizan la transacción. Bajo esta hipótesis los agentes no influyen en los precios pues se supone una racionalidad objetiva paramétrica, no estratégica, donde el regateo está mal visto, ya que la transacción comercial se describe como un ideal automático; sin trapicheos, ni negociación posible.

(2) En la versión neoclásica de la doctrina económica de León Walras, las mercancías tienen un valor objetivo e independiente de las interacciones del mercado, siendo que la voluntad del comprador se dirige por su “cálculo de la utilidad”, una característica intrínseca de los bienes y externa al consumidor. Por el contrario, en la teoría marxista el valor de la mercancía viene determinado por el trabajo de su producción, que es el núcleo determinante de la relación de intercambio. Bajo la óptica marxista la tensión entre la oferta y la demanda fija el precio final. Pero este precio señala la desviación con relación al valor (trabajo) de la mercancía. Valor que asimismo se define como el centro de gravedad en torno al cual han de girar los precios del mercado.

(3) Aglietta, M. y A. Orléan. La violencia de la moneda, México, D. F., Siglo XXI, 1990, pág. 77–78

(4) Un determinado concepto de liquidez es desarrollado por André Orléan, en L’empire de la valeur. Refonder l’économie, París, Éditions du Seuil, 2011. No obstante para Orléan el concepto de liquidez va asociado a la utilidad del dinero, ocupando el dinero un lugar central en su concepción de valor. La “hipótesis mimética” de Orléans otorga al dinero una naturaleza institucional de relación social basada en la confianza, la representación colectiva y las expectativas. Algo que difiere significativamente de la interpretación que se sugiere en este texto de “liquidez” como cuantificador de poder.

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España, aumenta la brecha social entre ricos y pobres

Mi, 13/09/2017 - 07:00

Cive Pérez – ATTAC Madrid

“Los pobres son pobres porque no invierten”, reza un cruel aforismo económico. Pues bien, los ricos no sólo son ricos gracias a su sabiduría inversora, sino también porque apenas pagan impuestos para mantener las cuentas generales del Estado.

Al gobierno de Rajoy le ha venido de perlas el ruido mediático derivado del conflicto independentista que enfrenta a una parte de Cataluña con el resto del Estado para tender una cortina de humo que esconda, tanto el lodo de la corrupción que enfanga al Partido Popular, como la realidad socioeconómica del país. Una desgarradora realidad caracterizada por un continuo crecimiento de la desigualdad.

Con todo este ruido se habla poco de una de las grandes vergüenzas nacionales: el hecho de que siete de cada 10 hogares no consigan llegar a fin de mes con sus ingresos. Circunstancia puesta de relieve por Cáritas. La brecha social se ensancha día a día, pues esta indignante pobreza convive con la insultante riqueza que posee una minoría. Riqueza insultante por insolidaria.

En España hay 57.218 millonarios, personas que declaran tener una base imponible en el impuesto sobre patrimonio superior a 1,5 millones de euros. Han aumentado un 1% respecto a 2014 y un 28% desde 2011. En concreto, el número de superricos ha crecido un 24% desde el inicio de la recuperación económica. Son las 549 personas que declaran tener un patrimonio superior a 30 millones.

“Los pobres son pobres porque no invierten”, reza un cruel aforismo económico. Pues bien, los ricos no sólo lo son gracias a sus inversiones, sino también porque no pagan impuestos para mantener las cuentas generales del Estado. a título de ejemplo, los superricos se ahorraron 273 millones de euros en Impuesto de Patrimonio en 2015. Las bonificaciones autonómicas permitieron ese ahorro, la mayoría en la Comunidad de Madrid, a 350 de esos multimillonarios.

Los datos de la Encuesta Financiera de las Familias, de 2014, indican que los estratos más pobres de la sociedad española perdieron más riqueza durante la crisis que el 10% más rico. La riqueza neta media del 25% más pobre de la población perdió un 108% de su patrimonio entre 2008 y 2014 (de tener 14.800 euros a promediar deudas por 1.300 euros). El 10% más rico apenas perdió un 4% de su riqueza.

Asimismo,  el ruido independentista está haciendo que pase desapercibido otro hecho indignante: según el Banco de España, sólo se recuperarán 14.275 de los 54.353 millones del rescate público a la banca. Computando todas las ayudas, la reestructuración del sistema financiero español ha costado 62.295 millones de euros desde 2009 hasta el cierre de 2016. El grueso de ese dinero se destinó a salvar las cajas de ahorro que, una vez saneadas, se vendieron o fusionaron con distintas entidades financieras. Como las inyecciones fueron previas a la venta es lo que hace prácticamente irrecuperable el dinero comprometido. Las ayudas públicas recuperadas son por ahora de 3.873 millones de euros, alrededor de un 7% de lo gastado si no se tiene en cuenta la aportación que hizo el Fondo de Garantía de Depósitos. En el mejor de los casos, el Estado espera embolsar 10.402 millones por operaciones pendientes.

El Banco de España estima que el importe “recuperable” por la venta de la participación en Bankia y BMN será de unos 9.800 millones de euros arrojando grandes pérdidas a las arcas públicas.

¿A dónde fueron los 62.000 millones de euros del rescate financiero? A través de este enlace a eldiario.es se accede a los datos relativos a la distribución de las ayudas financieras a las entidades financieras rescatadas y destino final tras la reestructuración bancaria.

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Los desafíos que se ocultan tras las banderas

Di, 12/09/2017 - 07:00

Rosa María Artal – Comité de Apoyo de ATTAC España

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Imágenes de una concentración en Barcelona en 2013 por una Cataluña dentro de España, con doble bandera EUROPA PRESS

En la empresa de formación de líderes de mercado apuntaron, quizás, el lema: los partidos del bipartidismo (y sus soportes) son “constitucionalistas”. Gentes de orden –vienen a definirse– que no tuvieron ni el menor reparo en cambiar en tres días de agosto (2011) la Constitución del 78.  En su reforma del artículo 135, consagraron que el pago a los acreedores del Estado “gozaría de prioridad absoluta”, por encima de cualquier necesidad de los ciudadanos. Los “constitucionalistas” de PSOE y PP lo firmaron sin complejos –” muy contento”, Rajoy– y a Albert Rivera que andaba ya en Cataluña con sus Ciudadanos no se le oyó un ruido.

Curiosamente, la Deuda Pública española va desde entonces al galope. El Gobierno del PP la ha incrementado en niveles y ritmo de récord y ya debemos más del 100% del PIB y más de un billón de euros. A pagar, con intereses, por encima de nuestra salud, educación o pensiones, si es el caso. Esto sí que es un desafío. Y conviene recordarlo estos días en los que tanto se abusa del término para circunscribirlo a Cataluña.

Como los más 40.000 millones de euros, según ha dicho el Banco de España, más bien 48.000 con suerte, que se dan por perdidos del rescate bancario. Echen cuentas. Es ese mismo que no nos iba a costar ni un euro a los contribuyentes. Inolvidable la convicción con la que la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría aseguraba la gran virtud de la “reestructuración bancaria”, sin coste para los ciudadanos. Redondear esta jugada y seguir tan satisfechos sí que es un desafío. Como endosarnos la quiebra de las  autopistas. También sale del erario común pagar las pérdidas a las constructoras privadas, ustedes ya saben.

Y mientras la atención mediática la centraban en Cataluña, el BOE publicaba este miércoles el acuerdo comercial de material militar del Estado español con Arabia Saudí. Sin ninguna consideración a las críticas por su participación en los ataques a Yemen o a la financiación del terrorismo yihadista que se le atribuye. España ha incrementado exponencialmente la venta de armas a la cuestionada monarquía saudí. De 2013 a 2016 le ha vendido armamento por valor de 1.361,42 millones de euros. Más aún, el Gobierno decretaba en el BOE el secreto del acuerdo. Un órdago mayúsculo del que nada dicen los “Constitucionalistas del 135”, ni la mayoría de los medios.

Mientras tanto, los multimillonarios se han duplicado con creces en los últimos cuatro años de la era Rajoy. 549 personas disponen de un patrimonio superior a 30 millones de euros. Ya es salir vencedor de un órdago descomunal que las víctimas de estas políticas acepten como normal el aumento de la desigualdad que les perjudica.

Menos mal que vivimos una “primavera del empleo”, según la ministra Báñez, aunque la contradiga la realidad. Un milagro que cambia un empleo aceptable por cuatro precarios. A cuatro trabajadores, por tanto, que han de vivir con la cuarta parte de un salario.  O que contabiliza como contrato los de 1 semana. Se llama Reforma laboral y es la que manda a la calle a 266.362 personas en un solo día, el 31 de agosto, fin de temporada.  Ya es triunfar en los desafíos que la degradación abismal de trabajo en España cuele y que la delegada del Gobierno en la materia se permita mofarse sin atisbo de pudor.

Se puede hacer de otra manera, como Portugal, pero parece que los “Constitucionalistas del 135” no están por la labor.

Ya hablamos de la inolvidable comparecencia en el Congreso de Rajoy para responder de corrupción sin siquiera nombrarla. Y de su ostensible altanería para dejar bien claro que la oposición susceptible de echarlo por una moción de censura, no lo hará. Y de las cuevas de Alí Baba plagadas de altos cargos del PP que los utilizaron para aprovecharse hasta de sacar tajada de los colegios. Y el triturado de los ordenadores de Bárcenas, de la empresa, como dijo sin sentir mayor vergüenza democrática la vicepresidenta. Ya es desafío presentarse de esta guisa a las urnas y conseguir el gobierno por el apoyo de otros partidos.

No es la única bandera, por cierto, que se usa para tapar el saqueo de la público, la catalana acumula tras de sí la indescriptible y larga rapiña del clan Pujol y la política de comisiones por obra pública que ejecutó la derecha y obvió la izquierda. “Son nuestros ladrones”, ya saben.

A todo esto ayuda la colaboración inquebrantable de algunos medios, en apuros económicos, ideológicos o profesionales. La prensa, radio y televisión en campaña de apoyo de cuanto Rajoy es y representa, junto a sus socios y colaboradores necesarios. Con una televisión pública estatal, RTVE, de auténtico bochorno y que corre el peligro de no cambiar en otro enorme desafío a la lógica.

O esta proliferación del odio ultra, las agresiones y el desequilibrio a la hora de afrontarlos. Las  mujeres están siendo atacadas como en las tribus más cerriles y, las progresistas, en medio de un clamoroso silencio.

Órdago a la grande es echar abajo desde el gobierno que no se corte la luz a usuarios sin recursos como había impuesto el nuevo Ayuntamiento de Valencia. O rechazar obras de menor costo económico y gran aprovechamiento social como en el de Madrid, ayuntamiento que además ha disminuido la deuda. Por dinero no es. O vender viviendas sociales a fondos buitre y no recibir otra crítica mediática que al acento de una relaxing cup of coffee. O comenzar el curso escolar en la Comunidad de Madrid -y no será la única- con niños en barracones y cientos de ellos desplazados.

La sociedad española tiene ante sí grandes desafíos, sin duda. La comprensión, el diálogo, la altura de miras. Recuperar la sanidad, la educación, la cultura recortadas y preteridas. Aprender a ver, rescatar la dignidad, priorizar la decencia, dejar de engullir la corrupción y la mentira, la hipocresía. Aventar de nuestras vidas la crispación interesada, la desesperanza imbuida. Mientras, los “Constitucionalistas del 135” harían bien en enfrentar el soberano desafío de devolver los derechos mermados a la ciudadanía. Y, junto a los medios, no dar por hecha una miopía generalizada que no sabe ver tras las cortinas de humo.

  el Periscopio Publicado en eldiario.es
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Desmitificando la globalización

Mo, 11/09/2017 - 07:00

Fernando LuengoPúblico.es

Quienes reivindican a capa y espada los beneficios de la globalización ponen el acento, sobre todo, en el mayor crecimiento asociado a la apertura e internacionalización de los procesos económicos; estos beneficios de producirían como consecuencia de la intensificación de la competencia, la profundización de los mercados, el acceso al conocimiento y la tecnología más avanzada y la movilidad internacional de los capitales, financieros y productivos. Siguiendo este razonamiento, cabría suponer que los años de más intensa globalización, en comparación con periodos previos, han dado lugar a un plus de crecimiento; asimismo, los países más comprometidos con los procesos de apertura externa habrán cosechado mejor balance en términos de crecimiento.

Las figuras que aparecen a continuación nos aproximan a ambas cuestiones. La primera refleja el comportamiento seguido por el producto interior bruto (PIB) real por habitante (esto es, descontando la tasa de inflación). Los datos se refieren a los años de acelerada internacionalización de las economías, a partir de comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo, cuando cobran carta de naturaleza las políticas neoliberales, una de cuyas piedras angulares era precisamente la internacionalización de los procesos económicos (además de la liberalización de los mercados y la privatización de los activos públicos, pack conocido como Consenso de Washington). Para disponer de un horizonte temporal suficientemente amplio, la serie histórica recoge datos desde los años sesenta; y, para no contaminar los resultados, se omiten los de la crisis actual.

 World Development Indicators (World Bank).

Fuente: World Development Indicators (World Bank).

Las dos figuras siguientes relacionan, para una amplia muestra de países (74) y para los periodos 1961/2007 y 1980/2007, el crecimiento registrado por el PIB por habitante y la apertura comercial, medida como la relación existente entre el valor de los flujos comerciales (suma de las exportaciones y las importaciones) y el PIB.

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Fuente: Elaboración propia a partir de World Development Indicators (World Bank).

Se desprende de esta información que, en realidad, los años de pronunciada globalización de los mercados, lejos de situar a las economías en una senda de crecimiento pujante, como prometían los defensores de las políticas internacionalizadoras, han cosechado resultados discretos y han sido incapaces de revertir una persistente tendencia a la desaceleración en el ritmo de avance del PIB por habitante. Así las cosas, antes del crack financiero ya era perfectamente visible una tendencia a la pérdida de impulso de la producción. La crisis no ha supuesto, en consecuencia, una quiebra de un proceso de crecimiento sostenido en el tiempo, sino más bien el desplome de economías que, desde las últimas décadas, ya habían mostrado evidentes signos de atonía.

Al respecto, resultan particularmente llamativas las figuras que relacionan la apertura comercial y el crecimiento económico. Tanto si se considera el periodo amplio (1961/2007) como el más acotado (1980/2007), encontramos una relación débil entre ambas variables –la nube de puntos se ajusta a una línea de tendencia con pendiente ligeramente positiva-, también muy alejada de las optimistas previsiones de los “globalizadores”.

Así pues, los beneficios que, supuestamente, debería reportar la internacionalización de las economías no han abierto una etapa de crecimiento económico fuerte y sostenido. Más aún, las economías que han registrado los mejores resultados han sido aquellas que, distanciándose del referido Consenso de Washington, han abordado con prudencia la ruta globalizadora. Gran fiasco de las recetas neoliberales que no ha sido suficientemente enfatizado.

No es este el momento de entrar en el complejo (y necesario) debate sobre los diversos factores –económicos, sociales e institucionales- que dan cuenta de la desaceleración de la capacidad de crecimiento del mundo capitalista. Pero sí es importante poner sobre la mesa los límites, los costes y los beneficios –y su desigual reparto- de la globalización de los mercados. Una globalización que ha estado gobernada por la industria financiera y las grandes corporaciones, que ha descansado en unas instituciones que han defendido sus intereses y que se ha desarrollado en un terreno de juego donde las relaciones de poder han estado claramente desniveladas a favor de los grandes grupos económicos, aquellos que cuentan con mayor capacidad competitiva y que mejor se organizan para defender sus posiciones oligárquicas.

Repetir ahora (y siempre), una y otra vez, el mismo mantra –la recuperación del crecimiento pasa por reforzar el patrón globalizador- carece de sentido a la luz de la evidencia empírica que se acaba de presentar. En lugar de seguir proclamando las ventajas, en términos de crecimiento, de la internacionalización de las economías –como si esa relación hubiera funcionado antes del crack financiero y de la Gran Recesión- se impone una reflexión sobre las restricciones y las contradicciones de la globalización realmente existente. Una globalización que, aunque en lo fundamental presenta las mismas características que la que ha fracasado, ahora avanza en un contexto donde la concentración empresarial es, si cabe, más pronunciada y donde la correlación de fuerzas es todavía más favorable al capital transnacional.

Fernando Luengo, profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la plataforma Chamberí por Otra Europa. @fluengoe

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¿Falsifica la CIA dinero para destruir economía?

So, 10/09/2017 - 07:00

Juan Torres López – Consejo Científico de ATTAC España

Recomiendo la lectura de este artículo publicado en la revista noruega Midt i fleisen el pasado mes de agosto con el título Real Fake Helicopter Money. CIA Counterfeiting Currencies to Destroy National Economies. Y abajo transcribo su traducción al castellano realizada por Mario Arias y que él mismo me ha proporcionado.
FALSO DINERO DE HELICÓPTERO – LA CIA FALSIFICA MONEDAS PARA DESTRUIR ECONOMÍAS NACIONALES

¿Por qué los países que están en la mira de EE.UU. a menudo experimentan hiperinflación? En tiempos de dificultades económicas, como la guerra, es normal experimentar una inflación significativa. Pero en los países mencionados como ejemplos a continuación la inflación estaba desbocada, donde el valor del dinero se volvió menor que el del papel con el que se imprimía.
De vez en cuando el New York Times publica artículos que contienen revelaciones extraordinarias, que muestran los métodos de trabajo reales de la CIA. Estas revelaciones son noticia normalmente una sola vez, para después ser olvidadas. En 1992, el periódico publicó un artículo titulado «La falsa inundación de dinero está dirigida contra la economía iraquí », con algunas revelaciones extraordinarias:

La economía de Irak es el objetivo de una campaña de desestabilización dirigida por Estados Unidos para destinar grandes cantidades de moneda falsa en el país, según funcionarios árabes y occidentales.

Los falsos billetes de dinar se están introduciendo de contrabando a través de las fronteras de Jordania, Arabia, Turquía e Irán en un esfuerzo por socavar la economía iraquí, dijeron los funcionarios que vigilan de cerca la situación dentro de Irak. Esos funcionarios dijeron que los dólares falsos están siendo introducidos de contrabando en Irak en cantidades más pequeñas para confundir aún más el sistema bancario. Los funcionarios, que insistieron en no ser identificados, dijeron que los países que están detrás de las diferentes operaciones de falsificación incluyen naciones occidentales, Arabia Saudita, Irán e Israel.

La moneda falsa ha contribuido al severo problema de la inflación, que se agrava por el hecho de que el Gobierno iraquí está imprimiendo dinero a una velocidad incontrolada para pagar salarios inflados y cubrir los costos de la reconstrucción.

Un funcionario saudí, que insistió en no ser identificado, coincidió con los informes, diciendo que “todas las fronteras están siendo utilizadas”.
Para comprender adecuadamente esta táctica de la CIA, vale la pena notar que el país de destino, Irak, ya estaba bajo unas severas dificultades económicas. Un tema común en los países seleccionados son las debilidades preexistentes que se ven fuertemente exacerbadas por la hiperinflación. Los países han sido excluidos de los mercados financieros internacionales, por lo que los préstamos son imposibles.
1992 fue el segundo año de lo que resultaría ser un bloqueo económico de 13 años para Irak. El oro del país y las reservas de divisas se redujeron rápidamente. Incapaz de obtener nuevas ganancias en divisas, el gobierno se vio obligado a imprimir dinero para pagar los salarios y la reconstrucción después de la Primera Guerra del Golfo (1991). Así que ya existía una situación inflacionaria.
Como se puede ver en el artículo del NYT anterior, esto dejó el campo abierto para que los expertos falsificadores de la CIA se trasladaran e inundaran el país con dinero falso. Dada la larga experiencia del servicio y los recursos masivos, las impresiones serían de alta calidad, indistinguibles de las reales en circulación. NYT continúa:

Junto con las sanciones económicas internacionales contra Irak, esas medidas han tenido resultados mixtos desde que terminó la guerra del Golfo Pérsico en febrero de 1991. Han contribuido claramente a debilitar la economía hasta el punto de que la moneda local podría llegar a ser inútil y han aflojado la garra de Hussein sobre las personas […]
Por otro lado, las medidas reforzaron la opinión, compartida por un creciente número de nacionalistas iraquíes, incluyendo a los musulmanes suníes y cristianos, de que Occidente y sus aliados no se contentarán con la expulsión de Saddam Hussein, sino sólo con la división y la destrucción del país.

Y más abajo en el artículo se dice sin rodeos lo que los ministros del gobierno yugoslavo insinuaron unos años más tarde, afirmaciones rechazadas como extravagantes:

El dinero falsificado fue arrojado por los helicópteros de Estados Unidos en las zonas pantanosas del sur …

Para ver que estas tácticas son comunes en la caja de herramientas de la guerra irregular de los Estados Unidos, vale la pena recordar que la CIA suministró a los Mujahedin al menos 2 mil millones de dólares en moneda falsa afgana para el transporte y soborno durante la Operación Ciclón, contra las tropas del gobierno soviético y afgano en los años ochenta. Como pago llegaron a financiar estos grupos a bajo precio, donde el país objetivo sufre las consecuencias inflacionarias.
La escala, en miles de millones de dólares, podría hacer sospechar que esto podría ser sólo la punta de un iceberg de falsificaciones en una sucia táctica de la guerra fría.
Otras grandes potencias han utilizado el mismo método. Francia utilizó la falsificación con gran éxito para hundir en el infierno a su recientemente independiente ex-colonia de Guinea . En 1958, el país quería imprimir su propio dinero, pero Francia lo inundó con billetes falsificados de alta calidad, haciendo colapsar la moneda local. Como resultado, Guinea se vio obligada a unirse a la zona controlada por Francia del franco CFA.
Zimbabwe.
La situación de Zimbabwe es un poco más confusa, pero se ajusta al mismo patrón. El país es declarado “una inusitada y extraordinaria amenaza para la política exterior de Estados Unidos” y el líder (Mugabe) debidamente demonizado. De todos los casos examinados aquí, Zimbabwe es el país donde esta acusación es más absurda, ya que de ninguna manera concebible se puede interpretar como una amenaza a la seguridad de los EE.UU., excepto para los intereses de las grandes empresas.
Zimbabwe experimentó hiperinflación en los años 2000, cuando había un sinfín de artículos en los medios occidentales que describían los horrores ligados al proceso de las reformas agrarias. Si uno identifica un solo tema que ha puesto a Zimbabwe en el punto de mira, es la cuestión de la tierra. La economía estaba en proceso de reestructuración, desde el antiguo statu quo groseramente injusto, donde 6000 colonos (blancos) poseían la mayor parte de la tierra productiva, mientras que 6 millones (negros) vivían en pequeñas parcelas de subsistencia. Este intento de adquirir tierra y distribuirla a las personas sin tierra alarmó a Gran Bretaña, Estados Unidos y al mundo financiero.
Se identificó una debilidad, exacerbada y explotada. El país tenía una economía en transición y era vulnerable. Como primer paso, el país fue sancionado y bloqueado por las instituciones financieras internacionales. Ya no podía tomar préstamos para financiar el comercio exterior habitual. Los ingresos de exportación bajaron, con una combinación de varios factores, entre ellos la reestructuración, la sequía y las sanciones. El banco central tendría que imprimir dinero, con la consiguiente inflación, para mantener el aparato del gobierno en marcha. Y aquí se abre una posible puerta a los falsificadores, cuando sus esfuerzos tuvieran el máximo impacto.
El país tuvo una inflación bastante fuerte en el período de finales de los años noventa, pero en el período 2008-9, cambia a una hiperinflación masiva. Fue acompañada por una gran campaña psicológica en la prensa mundial, con un sinfín de acusaciones racistas por la mala gestión africana. Por supuesto, esta información estaba ocultando y minimizando los efectos de las sanciones y su interferencia.
Corea del Norte
Este país apenas necesita introducción para ser definido como parte del “Eje del Mal”, uno de los siete países específicamente seleccionados como prioritarios para el cambio de régimen por parte del Pentágono. Experimentó una hiperinflación severa en los años 2009-2011, llevándole a una reforma monetaria.
La revista Forbes publicó un artículo en agosto de 2017 de Richard Miniter, con el título « Bomb North Korea – With Its Own Money ». Los artículos parecen haber sido inspirados por el pensamiento actual del aparato de seguridad nacional.
El artículo sugiere que si uno dejaba caer «falsa moneda norcoreana (el won), como confeti, sobre cada ciudad y comuna, el won rápidamente se derrumbaría.» Obligaría al país y a sus habitantes a hacer negocios en moneda extranjera, como el dólar o yuan. Según el artículo, el gobierno tuvo una respuesta flexible al último episodio de hiperinflación en 2009-11, pero como resultado “hoy, más de la mitad de las transacciones en la capital y en la frontera china se hacen en dólares o yuanes”.
El artículo prevé que el próximo episodio de hiperinflación llevaría al gobierno a «hacer vista gorda de la economía de mercado emergente. Sólo que esta vez, la dolarización y la yuanización se extenderán de la mitad de la economía a la totalidad de ella. »…« Una vez debilitado por la hiperinflación seguida de la dolarización, Estados Unidos podría apuntar a sus pocas fuentes de divisas »… «Simplemente, el won de Corea del Norte desaparecería como medio de intercambio. Dólares, yuanes y otras monedas regionales se usarán para liquidar casi todas las cuentas (ciertamente incluyendo pagos a Pyongyang), haciendo que Corea del Norte dependa absolutamente de un suministro consistente de dinero externo. Este es el apalancamiento que el mundo civilizado puede usar contra él.»
Como un interesante apartado, con indicios de lo que el aparato de seguridad militar considera dentro del ámbito de lo posible, el artículo también prevé dirigir el precio mundial del carbón a niveles inferiores a los costos de producción norcoreanos para dañar sus ingresos de exportación. Esto es comparable a los bajos precios del petróleo de los últimos años en relación con la guerra económica contra Rusia y Venezuela.
Como señal de que esta falsificación podría ser una operación continua, la UPI informó en mayo de 2016 en un intrigante artículo:

«Un enorme montón de billetes falsos de Corea del Norte que pesaba alrededor de 150 kilogramos fue encontrado entre un montón de papeles en el suroeste de Seúl. «Los billetes falsificados fueron impresos en denominaciones de 5.000 won de Corea del Norte».
Esta cantidad de dinero falso de Corea del Norte sería inútil en el sur, y difícil de justificar como ganancias financieras por los falsificadores “normales”. Una explicación razonable sería que formaba parte de una operación de rutina para contrabandear dinero falso hacia Corea del Norte, que por algún motivo había salido mal.
Yugoslavia
Yugoslavia experimentó dos picos de hiperinflación, 1992-3 y 1999. Durante las guerras de secesión, se introdujeron sanciones draconianas y el país tuvo bloqueado el acceso a las finanzas internacionales. El presidente George W. Bush acusó a Yugoslavia de “constituir una inusual y extraordinaria amenaza para la seguridad nacional” en mayo de 1992, debido a la guerra civil en la recientemente independiente Bosnia, donde Yugoslavia (que ahora consiste principalmente en Serbia) fue acusada de intromisión.
El segundo pico se produjo en 1999, durante la administración Clinton, cuando Estados Unidos y la OTAN estaban en plena campaña de guerra para independizar a Kosovo e intentar derrocar al presidente Milošević.
Las autoridades yugoslavas eran conscientes de la posibilidad de contrabando de dinero falsificado en el país. Un artículo en el Washington Post antes de la guerra de Kosovo decía:

“Los funcionarios del gobierno [yugoslavo] discuten silenciosa y seriamente sobre lo que podría hacer la CIA para promover el objetivo de la administración Clinton de sacar a Milosevic del poder. Ellos se preguntan, por ejemplo, si la agencia podría difundir falsos dinares yugoslavos para sembrar aún más turbulencia en la economía.”

Steve H. Hanke, un experto en el campo de la hiperinflación, con una experiencia muy extensa trabajando en estrecha colaboración con el gobierno de EE.UU. en muchas áreas, nos brinda varias anécdotas interesantes en su artículo con el título Otro problema para Siria, la inflación:

«En octubre de 1999, el ministro de Información de Yugoslavia, Goran Matic, afirmó que yo estaba a cargo de enviar grandes cantidades de dinares yugoslavos falsificados a la Serbia de Milosevic, en un intento de hacer que el dinar se derrumbara y que la inflación se disparara».

Henke niega la veracidad de la acusación, pero menciona en el mismo artículo que el gobierno sirio tenía sospechas similares hace unos años:

“El viceprimer ministro sirio de Asuntos Económicos, Qadri Jamil, afirmó que Gran Bretaña, Arabia Saudita y los Estados Unidos estaban involucrados en una conspiración para socavar la libra siria al inundar el Líbano y Jordania con billetes falsos de libra siria.”

Irán
Vale la pena echar un vistazo a la que posiblemente es la misma táctica que se está utilizando en Irán, donde la falsificación del rial podría haber sido utilizada en un intento de hundir la moneda nacional. Hanke llama la atención por haber identificado un período de hiperinflación en Irán en 2012. El trabajo de base estaba allí, como Washington Post escribió en un artículo de 2012 con el título la Hiperinflación finalmente llega … a Irán:

«Desde 2010, Estados Unidos ha estado endureciendo constantemente las sanciones contra Irán. Una buena parte de los 110 mil millones de dólares de reservas de divisas de Irán están bloqueados en cuentas offshore que ahora están congeladas. A los bancos extranjeros se les ha prohibido hacer negocios con el banco central iraní. Y Irán está teniendo problemas para vender su petróleo en el extranjero. Con todo ello esas sanciones han restringido el suministro de dólares y otras divisas a Irán. »…« Las sanciones estadounidenses están atacando e infligiendo una violenta hiperinflación en el país. «…» Este problema explotó el mes pasado. En el mercado negro el valor del rial iraní ha caído un 65 por ciento en las últimas semanas. »¿Qué fue lo que desencadenó el colapso repentino del mes pasado? Aún no está claro.»

Nicaragua
La misma hipótesis podría ser utilizada para Nicaragua, que también fue declarada “una amenaza inusual y extraordinaria” por Reagan. En los años ochenta, al mismo tiempo que los Estados Unidos imprimían dinero falsificado para los Mujahedin en Afganistán, Nicaragua experimentó hiperinflación, de junio de 1986 a marzo de 1991.
El país estaba luchando contra los Contras, un grupo guerrillero / terrorista casi exclusivamente financiado por la CIA. Uno podría recordar que la CIA y Contras no tenían ningún escrúpulo para contrabandear grandes cantidades de cocaína a los EE.UU., por lo que la impresión y distribución de dinero falso difícilmente habría sido considerado como al margen de la sociedad. La campaña contra el país siguió el mismo patrón: la demonización, los años de endurecimiento constante de las sanciones, la inflación cuando el gobierno se vio obligado a imprimir dinero, que luego entra en exceso como hiperinflación .
Venezuela
Hoy en día esta táctica podría ser utilizada contra Venezuela en este mismo momento. La moneda se ha hundido durante los últimos años. Se podría decir, por supuesto, que se debe enteramente a factores económicos «naturales», pero el patrón existe. El país ha estado sacudido desde al menos 2002. Estados Unidos declaró a Venezuela “una amenaza a la seguridad nacional” en marzo de 2015, y ha impuesto sanciones cada vez más estrictas. La economía está en una posición tan débil que el dinero falsificado exacerbaría fuertemente los problemas existentes.
El país incluso imprime sus billetes en el extranjero, lo que da acceso a los servicios de inteligencia occidentales a las planchas de impresión. Los bolívares falsos serían indistinguibles de los reales. Al igual que en varios otros lugares, se puede observar una campaña masiva en la prensa internacional para destacar la inflación, y así reducir aún más la fe en la moneda.
Rusia, el mayor desafío
Rusia es un juego diferente. Incluso las sanciones cada vez más draconianas y los intentos de bloquear al país por los mecanismos financieros internacionales han tenido un éxito limitado. Rusia es una potencia global tan grande y autosuficiente que requeriría una operación a una escala nunca antes vista para dañar su economía. La situación no ha llegado a donde la introducción de una gran cantidad de dinero falsificado exacerbaría una debilidad ya existente. Para ser realmente exitosa, la táctica debe haber detenido todas las formas de crédito y dañado significativamente los ingresos por exportaciones. Por supuesto, mientras tanto, la falsificación de dinero, al ser prácticamente gratis, podría financiar todo tipo de grupos que trabajan para derrocar al gobierno.

Conclusión
Introducir dinero falso es una medida increíblemente devastadora en una guerra económica. Un país débil es atacado con falsificaciones de excelente calidad, y el banco central no puede realizar contramedidas adecuadas por miedo a crear pánico.
Por contra, el banco central se ve obligado a entrar en el juego de la CIA. Dado que el gobierno depende de él para su financiación, a pesar de la hiperinflación amenazante, el banco se ve obligado a imprimir en denominaciones cada vez más altas.
Tal vez un millón de personas murieron en los 13 años de sanciones contra Irak. Destruir la moneda ayudó en este proceso, pauperizando a la población, haciéndolos incapaces de permitirse incluso sus necesidades básicas y destruyendo sus vidas.
Los observadores de otras naciones en la encrucijada deben ser conscientes de esta posibilidad. Las economías más pequeñas, digamos Bolivia o Pakistán, que están en los malos libros, deben ser conscientes de que la guerra financiera no sólo se hace con tácticas desde arriba, como las sanciones. Puede ser muy difícil contrarrestar una avalancha de dinero falso en el momento más débil del país si los otros elementos de un asedio económico han sido previamente puestos en práctica con éxito.

ganas de escribir

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¿Puede estar mi hipoteca en Delaware?

Sa, 09/09/2017 - 07:00

José Mª Fernández Seijo – la lamentable

Un alma cándida podría pensar que al concederse un préstamo para comprar una vivienda el banco evalúa la solvencia del solicitante, analiza las expectativas razonables de devolución de ese préstamo, las garantías ofrecidas, fija un plazo de devolución y establece un precio del préstamo, precio que en la contratación bancaria son los llamados intereses remuneratorios. A partir de ese momento se establece una relación de confianza entre el deudor y el prestamista que determina que, durante el plazo pactado para la devolución del préstamo (10, 15, 20 años) el deudor vaya pagando las cuotas pactadas y el acreedor vaya recibiendo gradualmente esas cantidades hasta la completa satisfacción del préstamo más todos sus intereses.

Nunca ha existido ningún problema para que la entidad financiera, una vez concedido el préstamo, pueda vender el mismo a una tercera persona, no es necesario que el deudor acepte esa transmisión, basta con que conozca que se ha hecho la venta del crédito.

En el año 1981 se aprobó la Ley del Mercado Hipotecario, ley que fue reformada en profundidad en el año 2007. Como consecuencia de esa ley y por influjo de los modelos financieros anglosajones, se regulariza el mercado, consistente en que las entidades financieras puedan revender en todo o en parte esos préstamos. Este fenómeno se conoce habitualmente como titulización, un término que se utiliza en el lenguaje común sin precisar exactamente qué significa y qué incidencia pueda tener en el deudor hipotecario.

Lo primero que debe advertirse es que bajo el paraguas de la titulización se producen negocios jurídicos muy distintos, con efectos y consecuencias radicalmente distintas. En unos casos el banco puede seguir siendo el titular del préstamo, es decir, sigue siendo el acreedor; en otros casos el banco puede haber transferido la titularidad del préstamo a un tercero y haberse quedado como gestor de cobros del nuevo titular.

Las operaciones básicas de  pueden ser cédulas hipotecarias o bonos hipotecarios. En las cédulas el banco lo que hace es ofrecer al mercado el conjunto de su cartera de préstamos hipotecarios, divide esa cartera en un conjunto más o menos amplio de fracciones y las vende por un precio cierto y el compromiso de pagar un interés por cada cédula vendida.

Puede ocurrir que en vez de ofrecer la totalidad de los préstamos hipotecarios decida vender una parte de ellos, un grupo de préstamos que puede configurar a su conveniencia, incluyendo préstamos de deudores que cumplen de modo razonable con otros préstamos de deudores morosos o más vulnerables. Para que esos bonos sean atractivos ha de ofrecer un interés elevado que justifique los riesgos que pueda asumir el vendedor.

En los casos de bonos y cédulas el banco sigue siendo el acreedor, sigue gestionando el cobro del préstamo, sin embargo ha reducido sus riesgos ya que al vender estos productos ha recuperado una parte importante del dinero prestado, ahora tiene que ir pagando entre los bonistas los intereses pactados y deberá restituir el precio de cada cédula o bono en el plazo pactado con el bonista, plazo que normalmente es distinto del plazo de vencimiento del préstamo hipotecario (los bonos o cédulas se pueden emitir a 5 ó 10 años, aunque los préstamos hipotecarios se hayan concedido a 30 ó 40 años).

Además de estos dos primeros productos, la entidad financiera puede dividir los préstamos hipotecarios y vender participaciones en el mercado, en este caso el banco sí que pierde la titularidad del préstamo que pasa a ser propiedad de los partícipes, sin embargo, el banco no pierde la gestión de cobro del préstamo, es decir, el deudor sigue pagando las cuotas en su banco de manera regular y éste le emite los correspondientes recibos. Los pagos se hacen en las cuentas corrientes (que no modifican su titularidad) y el deudor puede no ser consciente de lo que ha ocurrido con su préstamo, que puede pertenecer ahora a un fondo de inversión domiciliado en Delawere o en Singapur.

La titulización tuvo en el mercado hipotecario un efecto positivo para el consumidor ya que el banco reducía los riesgos y podía prestar más dinero a un plazo mucho más largos. No tenemos que olvidar que el español es un excelente pagador y que la morosidad hipotecaria estaba por del 4%, antes de la crisis y en el año 2016 alcanzó el 4’6%.

Frente a esas ventajas se producen inconvenientes graves en el consumidor ya que en muchas ocasiones el banco puede estar más preocupado por garantizar los compromisos adquiridos con los inversores que por ofrecer unas condiciones razonables al deudor. La titulización llevó a economías como la norteamericana al abismo en el año 2006, en el inicio de la crisis financiera se encuentran las hipotecas sub prime, desapareció la idea de concesión de crédito responsable y el ofrecimiento de préstamos se hizo pensando en su comercialización en mercados de inversión.

En el caso español para dar seguridad a los inversores que adquirían cédulas, bonos y participaciones se procedió a un blindaje de los préstamos hipotecarios, que no podían rescindirse en el caso de que hubieran producido la insolvencia del deudor.

El foco de interés y de protección deja de estar en el consumidor prestatario y pasa al inversor, un inversor que normalmente no estaba en España, ni siquiera en Europa, un inversor al que se le habían garantizado importantes beneficios.

Cuando estalla la crisis económica en España la ecuación mágica se rompe, se incrementan los índices de morosidad y el valor de las viviendas cae estrepitosamente, entonces se descubre que muchas entidades financieras habían prestado más dinero del que podían prestar, lo habían prestado en circunstancias en las que no siempre era razonable ni el plazo concedido (hasta 40 años), ni la cantidad concedida (hasta el 110% del valor del inmueble). Los balances de las entidades financieras quedan marcados por la necesidad de provisionar, es decir, por hacer constar en las cuentas que muchos préstamos eran de dudoso cobro, aparecen los números rojos.

Las autoridades monetarias europeas y el propio Banco de España endurecen las condiciones de control a los bancos (es una reacción habitual, cuando se comprueba que los reguladores no han actuado correctamente para evitar una situación de crisis, la corrección de esas prácticas laxas suele venir acompañada de una actuación más severa).

Para poder obtener ingresos inmediatos que equilibren las cuentas la mayoría de las entidades financieras optan por vender o ceder sus créditos hipotecarios, sobre todo aquellos de dudoso cobro, y lo hacen por precios sensiblemente inferiores al valor de las garantías prestadas, eso significaba que un préstamo de, por ejemplo, 200.000 euros en el que se hubiera dado en garantía una vivienda valorada en 200.000 euros, podía cederse o venderse a un inversor por 50.000 euros que ingresaban en las cuentas de los bancos de modo inmediato, obteniendo así liquidez.

Esas cesiones o transmisiones de créditos hipotecarios se hacen a fondos de inversión extranjeros que compran a precio de saldo los préstamos hipotecarios, también se transmiten a entidades públicas como el llamado banco malo. La situación estaba tan al límite que la cesión o transmisión de hipotecas no se hace de modo individualizado sino en paquetes que se venden a tanto alzado, es decir, no es posible determinar qué cantidad a pagado el inversor por cada una de las hipotecas que recibe, además ese inversor compra para revender, lo que puede suponer una cadena de transmisiones no transparente.

El deudor normalmente no es consciente de esas transmisiones, en el mejor de los casos habrá recibido una carta muy tranquilizadora de su entidad bancaria en la que se indicaba que su préstamo pasaba a ser titularidad del fondo Y, pero que no debía preocuparse porque la gestión cotidiana de su préstamo la seguiría llevando su banco de toda la vida. Eso sí, cuando el consumidor acudía a la oficina del banco para comunicar una incidencia en el pago de su préstamo solía recibir como respuesta que el banco no podía hacer nada por ayudarle, no podía paralizar la ejecución, no podía renegociar la cuota o permitir una demora en el pago porque el dueño del préstamo era un fondo de inversión domiciliado en Delawere, un fondo con el que era casi imposible contactar.

Las leyes que permitieron, a partir de 2012, la transmisión de esos paquetes de hipotecas, garantizaron el secreto de esas transmisiones, ni siquiera el juzgado podía requerir a la entidad vendedora o a la compradora que facilitaran el precio total pagado e identificaran las hipotecas transmitidas. Los deudores han vivido perplejos ese mercadeo de créditos y han sufrido sus consecuencias. Era razonable que un deudor quisiera saber a quién debía finalmente devolver el dinero prestado, era razonable que ese deudor quisiera saber por cuanto se había vendido su hipoteca.

EL Código civil (artículo 1535) permite al deudor adquirir su crédito por el precio por el que haya sido vendido cuando ese crédito tenga el carácter de crédito litigioso, es decir, cuando esté en discusión. Este precepto del Código civil abrió un pequeño rayo de esperanza a los deudores, muchos pensaron que por esta vía podrían rescatar sus deudas, es decir, recomprarlas al precio por el que hubieran sido vendidas (un 10% o un 20% de la deuda pendiente). Esta norma, sin embargo, no estaba pensada ni para la venta en paquetes de préstamos hipotecarios, ni para los supuestos de ejecuciones hipotecarias (de desahucios).

En definitiva, una parte importante de los préstamos hipotecarios concedidos durante los últimos 20 años a los consumidores españoles están hoy en manos de inversores extranjeros que han adquirido a precio de saldo miles de hipotecas. En Estados Unidos durante la gran depresión (año 1929) el Gobierno compró los préstamos de millones de ciudadanos arruinados por la crisis, pasó a ser el principal acreedor y desde esa posición amplió los plazos de devolución, incluso en algunos casos, los más extremos, les perdonó a los deudores el pago de las cuotas. Hoy por hoy Estados Unidos tiene un sistema de segunda oportunidad envidiable.

En España el dinero público se destinó al rescate de las entidades financieras, se dictaron leyes que permitieron que el sistema de cesión de hipotecas y la titulización fuera opaco para el deudor. Desde distintos sectores sociales, políticos y también académicos se reclama una modificación normativa que permita al deudor rescatar su préstamo hipotecario cuando se constate que ha sido vendido a un fondo de inversión, técnicamente ese rescate se denomina derecho de retracto, que permitiría al deudor recomprar su hipoteca por el precio por el que ha sido transmitida a ese inversor. ¿Qué pasaría si en este país un deudor hipotecario pudiera conocer con certeza que su hipoteca ha sido vendida por un 15% del valor de lo debido y pudiera rescatarla pagando ese precio? La respuesta no está en este país, ni siquiera en Europa, la respuesta habrá que buscarla en Delawere, en Hong Kong, en Singapur, o en un paraíso fiscal en el que se residencian esos fondos de inversión que compraron muy barato y que están deseosos de que se recupere nuestra economía para rentabilizar sus inversiones.

Magistrado

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¿La comida ‘bio’ es cosa de pijos?

Fr, 08/09/2017 - 07:04

Esther VivasConsejo Científico de ATTAC España

Alguna vez he oído decir que la comida ecológica es cosa de pijos, un lujo solo accesible para quienes se lo pueden permitir. Sin embargo, ¿los alimentos ‘bio’ son tan caros como se afirma? ¿Es imposible comer ecológico en tiempos de crisis?

El precio es a menudo utilizado como argumento para justificar la dificultad para acceder a este tipo de productos, pero no todos los alimentos ecológicos valen igual ni el conjunto de establecimientos los venden al mismo precio. No tiene nada que ver comprar fruta y verdura de temporada con llevarse unas salchichas de tofu o unas cortezas de lentejas. El coste de las primeras no tiene por qué ser más caro que el de un alimento equivalente producido en convencional. Mientras que el precio de un producto ‘bio’ altamente procesado nos puede subir, y mucho, el tique final de la compra.

El precio de una dieta saludable

Hay productos artesanos como yogures, mermeladas, zumos… que podemos pensar que tienen un importe excesivo, pero si buscamos su parecido en calidad en el súper, aunque no lleven la etiqueta de ecológico, su valor no será muy distinto. Otro factor a tener en cuenta es el lugar de compra. Hay supermercados “bio” y tiendas gourmet que se dirigen a un público con un alto poder adquisitivo y esto se refleja en la factura, pero otras tiendas de barrio pueden tener unos precios más ajustados, en especial en los frescos. También es posible adquirir fruta y verdura directamente al agricultor, en mercados de payés, con lo que evitaremos intermediarios. Y si obtenemos los productos en un grupo o cooperativa de consumo, que funciona con trabajo voluntario y compra a varios campesinos, su precio será más reducido.

Hay barrios donde hay tiendas ‘bio’ en cada esquina, mientras que en otros apenas encontramos alguna, y no es casualidad. El producto ecológico no tiene por qué ser caro, pero seguro que lo es más que uno de marca blanca o de inferior calidad. ¿Cuántos tomates saben hoy a tomate? Si alguien no llega a final de mes, y apenas puede pagar la luz y el alquiler, no podrá comprar un producto “bio” pero tampoco mantener una dieta saludable. Los estratos sociales más bajos y quienes más dificultades económicas padecen son aquellos que comen peor.

El otro problema que tenemos es que hemos desaprendido a comer y a valorar nutricionalmente lo que nos llevamos a la boca. Tal vez podríamos ahorrar comiendo bien, pero ¿quién sabe hacerlo? No dudamos en pagar lo que sea por un móvil de última generación o en cambiarnos la ropa cada temporada, mientras pensamos que tal vez “gastamos” demasiado en comida. Lo cierto es que comprar alimentos ecológicos y de calidad es una inversión en salud, pero la mayoría no lo ve así. De hecho, nuestra clase social determina lo que comemos. El perfil del consumidor “bio” es una persona con estudios superiores, que se cuida y se informa de lo que compra.

Democratización y transformación

Con la llegada de lo ecológico a la gran distribución, algunos hablan de “democratización” del sector, al ofrecer dicho producto a un precio inferior, a partir de la gestión de grandes cantidades. Sin embargo cuando hablamos de alimentos “bio” creo que tenemos que ir más allá de la etiqueta. Su valor no debería limitarse al hecho de no contener pesticidas químicos de síntesis sino a su capacidad de transformar el modelo agroindustrial dominante, y apostar por una producción, una distribución y un consumo más justo desde un punto de vista medioambiental y social. Lo que significa que además de ser “bio” sea local, campesino, que respete unas condiciones de trabajo dignas y para aquellos alimentos que vienen de lejos como el cacao, el café… que sea de comercio justo.

La “democratización” de lo “bio” difícilmente llegará con su comercialización a través del supermercado, la gran distribución no es motor de cambio ni de justicia. Al contrario, sus ingentes beneficios se basan en la explotación campesina, el abuso medioambiental, la injusticia comercial y el trabajo precario. Hacer accesible el producto ecológico a la mayoría pasa por la implicación activa de la administración. Con el consumo ecológico ganamos todos: nuestra salud, el planeta, la economía local, el campesinado. De aquí que las instituciones públicas tienen que asumir responsabilidades, apoyando al sector, facilitando su producción y distribución, incorporando en sus dependencias y comedores dicho producto, sancionando las malas prácticas de la agroindustria y los supermercados y proporcionando desde la escuela una educación nutricional de la que hoy carecemos.

La comida ‘bio’ no es cosa de pijos, es cosa de todos.

 

Publicado en El Periódico

Esther Vivas

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