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Justicia económica global
Updated: 33 min 35 sec ago

Necesitamos una alternativa al nacionalismo de Donald Trump

Sat, 04/02/2017 - 08:00

Yanis Varoufakis - eldiario.es

El choque de dos insurrecciones distintas está sacudiendo Occidente. Los progresistas de ambos lados del Atlántico se sitúan al margen; incapaces de procesar lo que están viviendo. La toma de posesión de Donald Trump fue la muestra más evidente de esta situación. De los dos movimientos de insurrección mencionados, uno ha sido analizado hasta la saciedad. Se ha prestado mucha atención a Donald Trump, Nigel Farage y Marine Le Pen, entre otros políticos, ya que parecen pertenecer a un movimiento de “Internacional Nacionalismo” y han conseguido convencer a las masas de que para ellos las naciones-Estado, las fronteras, los ciudadanos y las comunidades son una prioridad.

Sin embargo, otra insurgencia, que de hecho es la que ha provocado el auge del Internacional Nacionalismo, ha permanecido en la sombra: el levantamiento de la casta de tecnócratas del mundo cuyo objetivo final es conservar el poder a toda costa. El “Proyecto Miedo” en el Reino Unido, la troika en la Europa continental y la nefasta alianza entre los banqueros de Wall Street, los empresarios de Silicon Valley y las agencias de inteligencia de los Estados Unidos son la máxima expresión de este movimiento.

La era de neoliberalismo terminó en el otoño de 2008, destruida por una hoguera de ilusiones de financialización. La admiración por los mercados sin restricciones auspiciada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan a finales de la década de los setenta del siglo pasado no fue más que una tapadera ideológica para que el sector financiero pudiera desviar los flujos de capitales y construir las bases de una nueva fase de la globalización en la que las carencias de Estados Unidos alimentaron las fábricas del mundo (cuyos beneficios terminaron en Wall Street, dando lugar a un circuito cerrado perfecto).

Al mismo tiempo, miles de millones de personas del “tercer mundo” salieron de la pobreza mientras que cientos de millones de trabajadores en Occidente vieron cómo poco a poco eran marginados, sus contratos de trabajo eran cada vez más precarios y se veían obligadas a llenarse de deudas (fondos de pensiones, hipotecas…). Cuando este circuito cerrado insostenible tocó fondo, la ilusión creada por el neoliberalismo se hizo cenizas y la clase trabajadora de Occidente pasó a ser demasiado cara y a estar demasiado endeudada como para interesar a una casta mundial presa de pánico.

El neoliberalismo de Thatcher y Reagan quería convencernos de que privatizar todo lo que fuera susceptible de ser privatizado daría lugar a una sociedad justa, eficiente y a salvo de intereses ocultos o decretos.

Obviamente, con este razonamiento querían evitar que saliera a la luz pública lo que realmente estaba pasando: se estaban construyendo burocracias supra-estatales de enormes proporciones y que no rendían cuenta a nadie (la Organización Mundial del Comercio, Nafta, el Banco Central Europeo), empresas gigantescas y un sector financiero mundial que se dirigía al abismo.

Conservar, no convencer

Tras la crisis financiera de 2008, pasó algo asombroso. Por primera vez en la era moderna, la élite ni se molestó en intentar convencer a las masas de que su modo de hacer las cosas era el mejor para la sociedad. Abrumada por el derrumbe de las pirámides financieras y el inevitable aumento de una deuda insostenible, una eurozona en avanzado estado de desintegración y una China cada vez más dependiente de un auge crediticio imposible, los funcionarios de esta nueva casta decidieron que ya no querían convencer ni disimular; había llegado la hora de centrar los esfuerzos en conservar lo conseguido.

En el Reino Unido, más de un millón de solicitantes de ayudas públicas podrían tener que hacer frente a sanciones. En la Eurozona, la troika ha intentado por todos los medios reducir las pensiones de los más pobres entre los pobres. En Estados Unidos, tanto el Partido Demócrata como el Republicano prometieron recortar gastos en la seguridad social.

En un contexto de deflación como el actual, ninguna de estas políticas permite que el capitalismo se estabilice en un país o en el mundo. Entonces ¿por qué las han defendido? Lo hacían para lograr la aprobación de una élite que no solo ha perdido el rumbo sino que ya no ambiciona defender su legitimidad.

Cuando el Reino Unido obligó a los solicitantes de prestaciones a declarar por escrito que “mis únicos límites son los que me autoimpongo”, o cuando la troika obligó a los gobiernos de Grecia e Irlanda a escribir cartas en las que solicitaban préstamos usureros del Banco Central Europeo que beneficiaban a los banqueros de Frankfurt en detrimento de la población de estos países, el objetivo final era una humillación pública y premeditada que les permitiera mantener el poder. En Estados Unidos, la casta no dudó en señalar con el dedo a las víctimas de créditos usureros y de un sistema sanitario que no funciona.

El movimiento de insurrección populista de Donald Trump y de sus aliados europeos no es más que una reacción en contra de estas castas. Han demostrado que se puede ir en contra de la élite y ganar. Lamentablemente, su victoria pírrica terminará perjudicando a los que los votaron. La respuesta al neoliberalismo de Waterloo no puede ser el regreso a una nación-estado o la defensa de “nuestros conciudadanos” en detrimento de “los otros”, de los que nos protegemos con muros y vallas electrificadas.

Un nuevo discurso

La única solución es avanzar hacia un Internacional Progresismo que funcione en ambos lados del Atlántico. Para que esto suceda necesitaremos más que una mera declaración de intenciones.

Para recuperar el poder, debemos crear un nuevo discurso que sea capaz de infundir esperanza en Europa y en Estados Unidos, y que transmita que se pueden volver a crear puestos de trabajo con salarios dignos, viviendas sociales, asistencia sanitaria y acceso a una buena educación.

Debemos impulsar un tercer movimiento de insurrección que promueva un nuevo contrato social que responda a las necesidades de los estadounidenses y de los europeos. Solo así miles de millones de personas en Occidente podrán recuperar el control sobre sus vidas y su comunidad.

 

Traducción de Emma Reverter

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La subida de la luz explicada a mi hija

Fri, 03/02/2017 - 10:00

Déficit tarifario, subastas marginalistas, peajes… Un intento por hacer comprensible el mercado eléctrico

Isaac Rosa - eldiario.es

La CNMC vigila el "notable" aumento del precio mayorista de la electricidad

EFE

Para desmentir el tópico periodístico de que pocas cosas hay más oscuras que la factura de la luz, me propuse desentrañar el mercado eléctrico en plan “la subida de la luz para dummies”, o mejor aún: ser capaz de explicárselo a mi hija pequeña, de cinco años. En fin, ser capaz de entenderlo incluso yo.

Así que, tras echar la mañana leyéndome decenas de artículos con títulos del estilo de “cómo entender la factura de la luz”, escuchar a todos los expertos en radios y televisiones, y consultar unos cuantos libros y a mi cuñado, senté a mi hija en el sofá y me armé de pizarra y tiza, dispuesto a explicarle por qué en España tenemos una de las energías más caras de Europa, y subiendo.

Empecé contándole cuáles son las grandes empresas que en España controlan el mercado en régimen de oligopolio, la puse en antecedentes (en plan sencillo, la privatización de Endesa se puede explicar como un cuento infantil), y anoté en la pizarra quiénes son los accionistas (bancos, fondos de inversión, o en el caso de Endesa la italiana Enel).

Después le conté cómo en los noventa se “liberalizó” el mercado y el gobierno decidió fijar compensaciones para recuperar las inversiones ya realizadas (los famosos Costes de Transición a la Competencia, CTC, calculados al tuntún en 12.000 millones de euros), así como el no menos famoso “déficit de tarifa”, diferencia entre lo que pagamos los consumidores y el coste de producir electricidad…

-Un momento, papá –me interrumpe mi hija, marisabidilla-. ¿Y cómo es posible que el déficit ese no deje de crecer, si las eléctricas siempre tienen beneficios?

-Bueno, cariño, es que los costes no son reales, sino una estimación a partir de lo que las propias compañías dicen que…

-¿Y no se ha hecho ninguna auditoría desde entonces para calcular el coste real?

-Eehhh, no, creo que no.

-¿Y quién paga ese déficit y los CTC esos?

-Nosotros, por supuesto. Es la parte fija del recibo de la luz. Como también hemos pagado la moratoria nuclear, las ayudas al carbón, los incentivos a renovables, la red de distribución… Pero déjame que te explique lo de las subastas, anda. Resulta que para que los precios bajasen, se dejó en manos del mercado. La ley de la oferta y la demanda que ya te expliqué otro día. Se organizaron subastas donde unos vendían y otros compraban, y así resultaba el mejor precio…

-¿Y los que producen y los que comercializan no serán por casualidad los mismos?

-Bueno, en algunos casos sí. Las eléctricas tienen sus propias comercializadoras, se compran y venden entre ellas, sí. Pero no eran las únicas. A la subasta iban otras empresas, y también entidades financieras, brokers

-¿ Brokers? No me estarás contando que había especulación…

Mi hija no deja pasar una. Sí, le reconocí que hasta 2013 lo de las subastas era un cachondeo, con todo tipo de agentes extranjeros jugando con los precios en base a las expectativas de futuro, lo que hacía que el precio de la subasta (y del recibo) fuese siempre superior al precio que se acababa pagando en el mercado mayorista. Hasta Goldman Sachs participaba en la fiesta. Pero aquello terminó cuando, tras otra subida escandalosa, el ministro Soria decidió que la parte variable de la factura se fijase también en la subasta mayorista, y ahí estamos. Ahora se calcula diariamente a partir de la previsión de consumo del día siguiente. Van entrando primero las fuentes energéticas más baratas (nucleares, hidroeléctricas, renovables), y si no se cubre toda la demanda, entran otras más caras. El precio para todas lo pone la última en entrar, la más cara…

-¿La más cara? ¿Y el megavatio de las nucleares ya amortizadas se paga igual que en las centrales de gas?

-Sí, hija. Sistema marginalista se llama…

-¿Y qué pasa si una misma compañía posee hidroeléctricas, nucleares, renovables, de gas, de carbón…? Además, si yo fuese directora, ofertaría menos de las primeras, diría que los molinos no giran o que hay menos agua en los pantanos, y así acabarían entrando las más caras, ¿no? Pongamos que el megavatio me cuesta 20 euros en una hidroeléctrica, y luego me lo pagan a 80 en la subasta…

Qué lista mi hija. Pero ese es el tipo de travesuras que se le ocurren a una niña de cinco años, no creemos que una multinacional vaya a actuar así. Es verdad que hay sospechas, y ya multaron a Iberdrola, pero yo prefiero negarlo para preservar la inocencia de mi hija.

-Entonces, papá, ¿por qué las compañías españolas son las que más beneficios tienen en Europa y las que más dividendos reparten? ¿Y por qué la tarifa española es siempre de las más caras de Europa? ¿Hay alguna relación?

El tipo de cosas que oye en el cole, y luego me viene con esas preguntas en plan Mafalda.

-Mira, hija, mejor lo dejamos, que va a empezar Peppa Pig.

-Pero todavía no me has explicado por qué hoy sube la luz otra vez.

-Por el viento, hija, por el viento. Y que no llueve. Ah, y el gas. Y los franceses. Y que hace mucho frío, ¿no ves que en la tele no hablan de otra cosa?

-¿Y lo de las puertas giratorias?

-¡Que te lo explique tu madre!

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La antiglobalización: del subcomandante Marcos a Trump

Fri, 03/02/2017 - 08:00

Cristina VallejoCTXT, Contexto y acción

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Protestas antiglobalización contra la World Trade Organization. Seattle, 1999. Gerald Ford

El 1 de enero de 1994 se levantaba en México el Ejército Zapatista de Liberación Nacional del subcomandante Marcos. Era el día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el NAFTA. Algunos consideran que este acontecimiento fue la primera respuesta contra la globalización, es decir, el hito fundacional de los movimientos altermundialistas.

Después vendrían más movilizaciones: entre finales de los años noventa y los primeros años 2000, cada cumbre de los organismos impulsores de la globalización o de los signos de identidad que ésta iba adquiriendo, como el libre comercio, las desregulaciones y las liberalizaciones, en definitiva, la eliminación de las fronteras para el capital (la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial) se convertiría en escenario de protestas de los altermundialistas, como preferían denominarse sus protagonistas porque no querían acabar con la mundialización, sino construir otro modelo para ella (“otro mundo es posible” era su lema). En el inventario de eventos, nos encontramos con Madrid, donde se celebró el cincuentenario del FMI, la importantísima contracumbre de Seattle contra la OMC, Génova, Gotemburgo, Barcelona, Praga… También surgían como setas los foros sociales mundiales, el más importante de los cuales siempre fue el de Porto Alegre (Brasil), donde se reunían diferentes movimientos de todo el mundo para discutir los problemas globales y, sobre todo, para sentirse comunidad.

En estos encuentros contra la globalización neoliberal, que eran en sí mismos reuniones internacionalistas de la contestación contra un sistema que se expandía y se radicalizaba desde los primeros ochenta con Thatcher y Reagan –y sobre todo tras la caída de la Unión Soviética, su único e histórico rival–, surgían personas de mucho brillo, con una grandísima personalidad, incluso con aura. Quizás se pudiera comparar con Mayo del 68, con sus filósofos y sus activistas. Entre los protagonistas de la antiglobalización ya hemos mencionado a Marcos. Podríamos apuntar otro nombre, ése sería el de José Bové, sindicalista agrario, activista contra la globalización, defensor de la soberanía alimentaria, luego cofundador de ATTAC en 1998, candidato a la presidencia de la República francesa con pésimo resultado y a continuación eurodiputado.

ATTAC, la gran institución antiglobalización que aún pervive, nacía como un grupo de presión a favor de la introducción de una tasa a las transacciones financieras internacionales, la llamada Tasa Tobin, con el objetivo doble de reducir la especulación en los mercados, por un lado, y, por otro, ayudar a compensar, aunque fuera mínimamente, a unas sociedades que se estaban quedando al margen de los predicados bienes de la globalización. A ésta se la acusaba de desestructurar las economías nacionales y despreciar los principios democráticos, porque quizás nadie en concreto, pero sí su lógica, imponía presiones a los Estados para liberalizar y desregular, lo que incrementaba las desigualdades sociales. Éstas eran más o menos las ideas que manifestaba Ignacio Ramonet en un editorial de Le Monde diplomatique en el año 1997, coincidiendo con la crisis asiática. Ramonet, también cofundador de ATTAC, fue uno de los principales divulgadores de la antiglobalización.

Justo tras el derrumbe del Muro de Berlín y el posterior de la URSS, cuando el capitalismo se quedaba sin rival y se creaban las condiciones para expandirlo por todo el mundo y en su forma más pura, la Unión Europea daba el empujón más importante de su historia para su integración: en 1992 firmaba Maastricht y en 2002 comenzaba a circular el euro en las calles de doce países europeos. La miniglobalización europea también tuvo contestación por parte de los críticos, aunque fue bastante minoritaria. IU en España estuvo en contra de Maastricht. En Francia tuvo lugar una movilización relativamente importante contra el proyecto de Constitución europea. Además, hubo dos noes muy sonados: los de Dinamarca y el Reino Unido, que no quisieron renunciar a su soberanía monetaria. Hoy en día, estos dos países siguen fuera del euro y uno de ellos ha iniciado el proceso para autoexcluirse de la Unión Europea.

La gran paradoja

Muchos años después de las primeras protestas contra la globalización, comenzamos a hablar de desglobalización. Y ya no son sólo reivindicaciones y protestas de la sociedad civil. Ahora ya son victorias que se están apuntando fuerzas del propio sistema (el Partido Republicano americano, por ejemplo) apoyadas o aupadas en ocasiones por outsiders (Donald Trump, un hombre de negocios que presenta su cara más heterodoxa transformándose en un político antiélites). Además, la idea de la desglobalización triunfa en países centrales, en los más grandes del mundo occidental, en los mismos lugares de nacimiento de la ideología liberal.

La paradoja es enorme: 23 años después del levantamiento zapatista, es el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien amenaza a las compañías americanas con aranceles aduaneros para los productos que fabriquen en México y quieran vender en EE.UU. Además, avisa de una próxima renegociación del NAFTA y pide su salida del Tratado Transpacífico (TPP) nada más tomar posesión del cargo y tras un primer discurso ya como mandatario en el que invitaba a comprar americano y contratar trabajadores estadounidenses. También prometía recuperar los empleos y la riqueza perdida por la clase media americana, al haberse redistribuido por el mundo como consecuencia, resumiendo, del modo en que se ha gestionado la globalización. En el Reino Unido, los ciudadanos deciden en un referéndum convocado por un primer ministro del Partido Conservador autoexcluirse de la Unión Europea. El Frente Nacional de Marine Le Pen da la enhorabuena a Trump y al Reino Unido por sus “victorias” y dice que la siguiente ficha en caer del mismo lado será Francia, que también buscará replegarse en las limitadas fronteras del Estado nacional. Y quizás veamos algo parecido en Italia, donde la Liga Norte, el Movimiento Cinco Estrellas y Forza Italia también plantean de manera más o menos abierta una consulta popular para salir del club europeo. Como colofón, este pasado fin de semana, la extrema derecha europea se reunía, envalentonada por los éxitos, los ánimos y los buenos augurios que les transmitió Trump días antes: habrá más rupturas en Europa a lo ‘Brexit’, en su opinión.

El descontento generado por la globalización está manifestándose en los países del mundo que se consideraba que iban a ser los grandes ganadores de la libertad global de mercado. Pero, quizás, porque se había dejado de lado que incluso dentro de los países beneficiados por la desaparición de las fronteras al capital iba a haber grupos sociales excluidos, que iba a haber perdedores de la globalización o personas que se iban a sentir desplazadas. Y no sólo en lo material (las deslocalizaciones les dejan sin trabajo, las migraciones provocan que el valor de su fuerza de trabajo se reduzca) sino también en lo “espiritual”: la difuminación de las fronteras parece poner en peligro las señas de identidad de los colectivos más débiles. De ahí el repliegue identitario ante fenómenos nuevos como el de la llegada de refugiados a países en los que la inmigración ha sido casi inexistente, como Hungría y otros países del centro y del este de Europa, otro foco geográfico importante de la desglobalización.

La antiglobalización que ganó elecciones en el Sur y la que las gana en el Norte

Pero la antiglobalización ya había tenido éxitos institucionales en los países emergentes, en particular en América Latina, como escribía el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera en el periódico argentino Página 12: “Los primeros traspiés de la ideología de la globalización se hacen sentir a inicios del siglo XXI en América Latina, cuando obreros, plebeyos urbanos y rebeldes indígenas desoyen el mandato del fin de la lucha de clases y se coaligan para tomar el poder del Estado. Combinando mayorías parlamentarias con acción de masas, los gobiernos progresistas y revolucionarios implementan una variedad de opciones posneoliberales mostrando que el libre mercado es una perversión económica susceptible de ser reemplazada por modos de gestión económica mucho más eficientes para reducir la pobreza, generar igualdad e impulsar crecimiento económico”.

¿Tiene que ver el altermundialismo de hace veinte años con las estrategias nacionalistas de hoy en día? Jaime Pastor, profesor titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la UNED, comenta que el movimiento de dos décadas atrás fue una respuesta a la globalización financiera y neoliberal, a la concentración de poder en manos de las grandes empresas multinacionales, al ataque a la propiedad comunal indígena; fue un movimiento contra la “globalización feliz”. En cambio, en su opinión, el Brexit y Trump suponen una reacción a la crisis de esa “globalización feliz” de las multinacionales. Tanto el Brexit como el nuevo presidente de Estados Unidos surgen, dice Jaime Pastor, para defender la prioridad nacional en su calidad de grandes potencias. También hay en ellos, en opinión del profesor, razones de competencia: quieren salir lo menos mal posible del parón económico, de la etapa de estancamiento secular que parece haber arrancado tras superarse lo peor de la crisis económica. Los desglobalizadores actuales se apoyan, continúa Pastor, en el sentimiento de agravio de una parte de la población, las víctimas de la desindustrialización del norte. En definitiva, a lo que asistimos ahora, según expresa Pastor, es a una combinación de egoísmo nacionalista de gran potencia que se apoya en el malestar popular de quienes perdieron con las deslocalizaciones de las empresas que recorrían el mundo en busca de la reducción de costes y la maximización del beneficio.

En el mismo sentido se expresa Jorge Fonseca, profesor de Economía Internacional de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del consejo científico de ATTAC: “De momento, lo que hay es puja por la hegemonía en la globalización en la que Estados Unidos perdió su condición de potencia hegemónica absoluta y lo que busca es recuperarla ‘renegociando la globalización’, que seguirá siendo neoliberal, salvo que una profunda crisis como la de los años treinta les fuerce a romperla”. Y continúa Fonseca: “En realidad, los movimientos antisistémicos son alterglobalización y la supuesta actitud antiglobalización de Trump es en realidad un chantaje para renegociar con más ventaja los términos de los acuerdos de libre comercio en un momento en que Estados Unidos se ve agrietado socialmente por dentro. Y no son comparables las políticas soberanistas ‘defensivas’ de los países latinoamericanos con las nacionalistas ofensivas como las de Estados Unidos o el Reino Unido. Mientras las primeras buscaban limitar el expolio internacional, las segundas buscan aumentarlo”.

El economista Ramón Casilda apunta que en realidad Donald Trump no hizo campaña contra la globalización, sino que sólo está lanzando propuestas para resolver síntomas de sus efectos negativos en la economía estadounidense, para lo que ha recurrido a un modelo antiguo, el de la industrialización vía sustitución de importaciones.

Miguel Ángel Díaz Mier, profesor de la Universidad de Alcalá, sintetiza una posible respuesta a lo que está ocurriendo: “Una cuestión importante es definir qué se entiende por globalización, cuya principal característica es que se trata de un proceso dinámico. En consecuencia, parece claro que la globalización del siglo XXI tiene algunas de las características, pero no todas, que han acompañado a la globalización del siglo XX. En este sentido, sí se puede hablar de desglobalización, aunque parezca claro que la idea de globalización tendrá que definirse de nuevo”. Así, los rasgos de la nueva globalización pueden responder, según Díaz Mier, a nuevas situaciones en dominios como la lucha contra el cambio climático, las respuestas a los fenómenos migratorios con su impacto en la división internacional del trabajo… El capitalismo ha entrado, pues, en una dinámica que hay que monitorizar de cerca.

Pero, ante los acontecimientos recientes, cabe hacerse la pregunta de si al final ha habido más víctimas en el norte que en el sur, dado que en el norte la antiglobalización triunfa ahora, mientras que en el sur, poco a poco, los gobiernos que alcanzó en América Latina se van disolviendo.

“Víctimas ha habido en el norte y en el sur”, comenta Pastor. Pero quizás se han manifestado en diferente momento histórico. En el sur la antiglobalización estalló con fuerza institucional en los noventa, después de que en los años ochenta se impusieran las políticas de ajuste que lo ahogaron y se tentaran políticas de sobreexplotación tanto de sus recursos como de su fuerza de trabajo. La caída de algunos Gobiernos de izquierda en los últimos años en América Latina se debe, según Gonzalo Berrón, investigador asociado del TNI (Transnational Institute), que habla desde Brasil, a que la crisis económica impidió cumplir con las promesas de bienestar. Éstas no fueron satisfechas sobre todo para las clases medias. “Estamos en un ciclo de reversión. La primera onda de antiglobalización llevó al poder a gobiernos progresistas, pero no satisfacieron las expectativas y ahora se está volviendo a opciones liberales”, describe Berrón.

En comparación con los del sur, continúa Pastor, los trabajadores del norte eran privilegiados, aunque estos últimos parecen haber terminado por estallar en un movimiento que Pastor califica de “chovinismo del bienestar menguante”. Pero, en todo caso, como expresa Fonseca, “esta globalización, neoliberal y con predominio de las finanzas y dominio monopolista de las grandes transnacionales, es perjudicial para el desarrollo, no sólo de los países del Sur Global, sino también para los desarrollados, en los que crece la desigualdad y la pobreza. La excepción es China, que experimenta un proceso de industrialización continuado desde hace más de treinta años, y más limitadamente países de su entorno, como Malasia o Vietnam, que han mejorado su nivel de desarrollo humano según Naciones Unidas, pero que también se enfrentan a límites difíciles de superar”.

Los últimos movimientos que han surgido en los países desarrollados están muy institucionalizados y buscan alcanzar el poder de una manera convencional en parte porque sus protagonistas salen del propio poder. Hace veinte años, la antiglobalización, como la define Jaime Pastor, era un movimiento de nómadas, con poco anclaje tradicional en el territorio nacional. Y su siempre limitada fuerza se agotó pronto. Quizás, como señala Pastor, su último episodio fuera la movilización contra la guerra de Irak. Ahí acabó la ola antiglobalización progresista en el norte. “No hubo tiempo para que se produjera un anclaje de ámbito nacional-estatal en el norte, aunque sí en el sur”, comenta Pastor. Los movimientos antiglobalización no cuajaron en el norte y parecieron siempre minoritarios. Y ello, además de por su propia idiosincrasia horizontal y cuasiespontánea, también se dio por otras razones que explica Gonzalo Berrón: “El primer lugar de la antiglobalización fue el Sur, América Latina, porque se opusieron de manera más fuerte al Consenso de Washington, que imponía desregular, liberalizar… En el norte es cierto que en esos años se produjo una importante deslocalización de empresas hacia otros países con costes laborales más baratos, pero ello se pudo compensar con el crecimiento del sector servicios y la fortaleza del crecimiento del consumo. La reacción de la globalización tuvo efecto en América del Sur con gobiernos progresistas que detuvieron su influjo. El propio Morales formaba parte del movimiento antiglobalización, por ejemplo”. Berrón añade: “Ahora parece que los efectos perniciosos de la globalización han llegado al norte y se han acentuado por la crisis que estalló en el año 2008 y que ha traído consigo no sólo una recesión muy larga, sino también recortes y ajustes”. ¿Los ochenta de América Latina corresponden a la segunda década de los 2000 en Europa?

Los movimientos antiglobalización de hace veinte años partían del espectro de la izquierda. Ahora los triunfantes son patrimonio de la derecha. En los países desarrollados, en lugar de atacar al neoliberalismo, se ataca a la inmigración, a la que se echa la culpa de los males de los perdedores occidentales de la globalización, o a los chinos que producen más barato, con lo que se agita una guerra entre pobres y empobrecidos, según apunta Pastor.

Y es que, de acuerdo con Pastor, la socialdemocracia ha sido uno de los motores de la globalización, mientras otros sectores de la izquierda se centraron más en otro tipo de movimientos. En todo caso, precisa el profesor Jaime Pastor, Podemos, en parte, hunde sus raíces en los movimientos antiglobalización. De hecho, muchos de sus líderes participaron en sus movilizaciones y también en su institucionalización en América Latina. Y Berrón apunta el éxito de líderes izquierdistas como Bernie Sanders en Estados Unidos o Jeremy Corbyn en el Reino Unido. El primero, casi gana en su pugna con Hillary Clinton por la candidatura a la presidencia por parte del Partido Demócrata. El segundo se ha confirmado como líder de los laboristas británicos siendo su representante más izquierdista de las últimas décadas, aunque, a veces, parece dar crédito a las inquietudes antiinmigración que atribuye a las que han sido las bases tradicionales del laborismo.

De todas maneras, Jaime Pastor opina que el verdadero fallo, la responsabilidad de que la globalización se desmadrara y de que ahora quienes se sienten perdedores se encuentren un poco huérfanos de izquierda (¿o incluso captados por las nuevas derechas nacionalistas?) reside en el movimiento obrero: “Los sindicatos se apuntaron al neocorporativismo competitivo nacional. En el mejor de los casos, dieron un ‘sí crítico’ a acontecimientos como el Tratado de Maastricht en Europa. No respondieron a la devaluación de la fuerza de trabajo tanto en los salarios directos como en los indirectos”.

¿Evidencias de desglobalización?

Que la antiglobalización haya cuajado en el escenario político del norte, ¿ha provocado ya evidencias cuantificables de desglobalización en el mundo? Lo cierto es que los bancos de inversión y el mundo financiero en su conjunto sí se muestran preocupados por esta cuestión. Un reciente informe de Bank of America Merrill Lynch comenta: “La era de libre comercio y movilidad de capital y trabajo que se desarrolló entre 1981 y 2015 parece estar llegando al final. Los electorados están virando hacia una dirección antiinmigración. El populismo anti-libre comercio está creciendo (una reciente encuesta mostraba que el 65% de los americanos dice que las políticas comerciales han provocado una caída del empleo en Estados Unidos, frente al 13% que cree que han creado trabajo). El Brexit y las elecciones americanas representan reacciones populistas de repudio al statu quo global”. Martin Wolf, en el Financial Times, también se ocupa, preocupado, de este tema: “Como la era de la globalización termina, ¿el proteccionismo y el conflicto definirán la nueva fase?”, se pregunta en un reciente artículo. Y Nouriel Roubini titulaba otro de esta forma: “’América primero’ y conflicto global después”.

Para David Lubin, de Citi, la desglobalización es una evidencia. Desde 2012 él observa límites crecientes a la libertad comercial. Y también una nueva reacción de países emergentes emprendiendo estrategias de reducción de la dependencia del extranjero, es decir, estrategias económicas nacionalistas. No sólo Polonia, Hungría o Rusia han comenzado ese camino. Hasta China está intentando depender menos de las exportaciones al extranjero a cambio de fortalecer su consumo interno. Por eso, a Lubin le parece casi un anacronismo que la Argentina de Mauricio Macri o el Brasil de Michel Temer sigan intentando adoptar políticas para parecer fiables a ojos del capital extranjero. Aunque el nacionalismo económico traiga consigo ritmos de crecimiento más modestos, éste parece, a ojos de Lubin, más apropiado para un contexto como el actual.

El analista financiero Juan Ignacio Crespo cita a la Organización Mundial del Comercio cuando afirma que entre octubre de 2015 y mayo de 2016 los países del G-20 adoptaron 145 leyes encaminadas a levantar barreras proteccionistas. Desde 2008, se han aprobado 1.500 medidas de este tipo. Crespo también apunta estimaciones del economista británico Simon Evenett, según las cuales hay cerca de 4.000 leyes y normas proteccionistas registradas en todo el mundo, el 80% de ellas, en los países del G-20, que son responsables del 90% del comercio mundial. Larvadamente, antes de Trump y del Brexit, ya había medidas de limitación del libre comercio, que ahora podrían ir a más.

¿Es la crisis o es la globalización?

Para Juan Ignacio Crespo, los resultados políticos que estamos viendo en el Reino Unido, en EE.UU., en Austria, donde la extrema derecha se quedó a las puertas del Gobierno… son consecuencia de la pequeña desglobalización que había comenzado a causa de la crisis. Crespo recuerda que en 2008 el comercio mundial se hundió totalmente y ahora está creciendo a ritmos inferiores al PIB, aunque en ello tenga mucho que ver el enfriamiento de China y su menor consumo de materias primas. La caída del comercio mundial es una de las manifestaciones de la crisis económica y ha empeorado las condiciones de vida de ciertos colectivos de la sociedad que, más por hastío que por convencimiento, han votado a estas nuevas fuerzas políticas. Ahí residen las razones por las que se ha producido una rebelión contra las élites, aunque todavía, según Crespo, no sea muy grande: el Brexit ganó por poco y en EE.UU., en voto electoral, ganó Hillary Clinton.

Para Crespo, la precarización y la inseguridad de los colectivos que están detrás de los nuevos triunfos electorales no se deben a la globalización, sino a la crisis económica y a las nuevas tecnologías. Es el malestar por la crisis económica lo que canalizan fuerzas como Podemos en España o como Donald Trump en Estados Unidos. Quizás pudiera haberse evitado todo este proceso que vivimos en los últimos años si no hubiera estallado la crisis financiera, lo que se habría evitado si no se hubiera desregulado el sector financiero, pero ello, como señala Crespo, habría sido muy difícil de lograr en un contexto de prosperidad económica.

El economista Ramón Casilda, que acaba de publicar Crisis y reinvención del capitalismo, da una vuelta de tuerca. En realidad, la globalización es una consecuencia del capitalismo. Y quizás si la globalización no pasa por su mejor momento es por la crisis del capitalismo. A su juicio, lo que hay que dirimir es si ésta es pasajera, si constituye una fase para recuperar fuerza o si por el contrario está anunciando la decadencia del sistema mismo.

¿Una desglobalización favorable para el desarrollo interno de los países?

En todo caso, esta desglobalización, de la que ya puede haber ciertas evidencias, ¿puede contribuir al desarrollo interno de países hasta ahora en exceso dependientes de otros?, ¿se puede arreglar esta a veces criticada por injusta división internacional del trabajo que ha surgido de la globalización o se ha hecho crónica por su culpa? Para Crespo, el desarrollo propio ya no sirve, porque la globalización hace dependiente a todo el mundo de todo el mundo. Si los países emergentes necesitan capital, los desarrollados tienen necesidad de colocar su exceso de liquidez. Se ha construido un sistema, en su opinión, en el que todo el mundo se aprovecha de todo el mundo. España misma, según explica, ha vivido este proceso de desarrollo: España también fue un país emergente que se abrió al exterior, atrajo inversiones y después sufrió deslocalizaciones para sustituir esas industrias por un sector servicios muy desarrollado, aunque, añadimos nosotros, nunca de manera suficiente, a tenor de las altas tasas de paro que ha soportado la economía doméstica.

Pero Berrón considera que la globalización no redundó en el desarrollo de las economías latinoamericanas. La industria que llegó al área no permeó, no generó cadenas productivas. Al Cono Sur se le condenó a una inclusión subordinada y dependiente del norte. Su inserción internacional sólo fue en calidad de proveedor de materias primas o bienes de poco valor añadido. Aunque, a continuación, las estrategias de desarrollo interno que pusieron en marcha los gobiernos de progreso fueron ineficaces en su implementación, en su diseño o porque el entorno global impidió su éxito. Por eso, Berrón no confía en el éxito de las estrategias renacionalizadoras. Sobre todo porque es posible que la ola desglobalizadora no dure lo suficiente como para que los países de la periferia global desarrollen estrategias propias. Y si se prolonga en el tiempo, anticipa grandes movimientos en las placas tectónicas del sistema y procesos de transformación que no van a ser nada suaves. Al final, todos se rearmarían para una nueva realidad, aunque costará años, puesto que la globalización ha desmantelado modelos de desarrollo autónomo y de desarrollo regional. “Si Donald Trump se consolida como un líder nacionalista y hace todo lo que dice, el mundo puede ser otro”, resume Berrón.

¿Una nueva ola antiglobalización progresista?

En el norte, o quizás a nivel global, ha habido un repliegue de la antiglobalización progresista, pese a su pequeña reactivación contra el TTIP o el CETA, pero Gonzalo Berrón anticipa un nueva oleada, que debe ser contra Trump y contra la globalización neoliberal como sistema, no contra sus manifestaciones concretas en forma de tratados de libre comercio. Esto último, opina, es insuficiente. Así, comienzan a apostar por medidas para desprivatizar la democracia y que sea lo público, el Estado, el que financie los comicios y las campañas electorales y no el mercado para que magnates como Trump no partan con ventaja; también han emprendido una pelea en la ONU por la imposición de obligaciones a las transnacionales, y así, reequilibrar las desigualdades generadas por la globalización; además, apuestan por un cuestionamiento severo de la propiedad intelectual y las patentes sobre las que se han construido grandes imperios mercantilizando la vida; también, por la recuperación del acceso a la naturaleza como un bien común ahora en manos de compañías ligadas a la industria alimentaria y a la explotación de los recursos mineros. Con estas reivindicaciones pretende el movimiento antiglobalización de izquierdas capitalizar la revuelta global. ¿Llega tarde? No lo sabemos pero, como afirma Jorge Fonseca, lo que se dirime ahora en el mundo es si se apuesta por la humanidad o por la depredación salvaje: “Una globalización humanizada debe poner el objetivo en favorecer a las personas, con un modelo económico socialmente justo y ecosostenible. En realidad ni siquiera debemos hablar de ‘globalización’, que es una categoría desprestigiada. Vayamos a una sociedad mundial humanizada”.

Cristina Vallejo, periodista especializada en finanzas y socióloga.
@acvallejo

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Entrevista de Andreu Buenafuente a Juan Torres en Leit Motiv

Thu, 02/02/2017 - 10:00

Entrevista de Andreu Buenafuente a Juan Torres en Leit Motiv:

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Banca Monte dei Paschi, la fragilidad de la banca financiera

Thu, 02/02/2017 - 08:00

Juan Hernández Vigueras – Consejo Científico de ATTAC España

Los problemas del Deutsche Bank y el rescate del Banco Monte dei Paschi de Siena son síntomas de que el sistema bancario europeo sigue sin haber digerido la crisis; y de su fragilidad frente a los avatares propios de la financiarización de la banca. Porque las mediáticas reformas funcionales no han aportado la estabilidad y la transparencia necesarias. Los analistas apuntan, en particular, a los  bancos italianos y portugueses que suscitan inquietudes, dado el volumen de sus préstamos con riesgo de impago y las operaciones financieras opacas de alto riesgo. Ciertamente la fragilidad del sistema bancario es una preocupación en la eurozona, según corroboran analistas críticos, que se acrecienta con los anuncios del nuevo inquilino de la Casa Blanca.  Esta incertidumbre mantiene alta la predisposición de los gobiernos a los rescates bancarios a cargo de los contribuyentes para hacer frente al riesgo sistémico incontrolado. Es decir, los rescates de los bancos a cargo de dinero público sigue siendo una práctica gubernamental ordinaria. Prosigue, pues, la política de socialización de las pérdidas de los bancos por el temor al contagio sistémico incontrolado por las autoridades nacionales y europeas

En Italia, el 23 de diciembre de 2016, con una inyección de 21.000 millones de euros el gobierno aprobaba el rescate de la Banca Monte dei Paschi di Siena para evitar su quiebra dadas las pérdidas ocultadas durante años por operaciones con derivados. Y este no es un  banco cualquiera sino el tercer banco del país, fundado por la Magistratura de la República de Siena en 1472, tres siglos antes de que existiera la idea de una Italia unificada, y por ello se le considera el banco más antiguo del mundo aún en funcionamiento, que hasta hace poco disponía de 3.000 sucursales, 33.000 empleados y 4,5 millones de clientes. Este banco que sobrevivió a las guerras italianas, superó las pestes y las plagas, la campaña de Napoleón y la segunda guerra mundial, se transformó desde hace décadas en banca financiera, gracias al invento de los contratos de apuestas conocidas como derivados financieros.

Hace casi cuatro años, en 2013 los negocios con derivados financieros del Banco de Siena provocaron un escándalo de grandes proporciones, que no solo involucró a los ejecutivos sino también a Mario Draghi y al Deustche Bank por ocultar información y hacer préstamos fraudulentos. Según fuentes fiables, todo comenzó con la acumulación de riesgos por parte del Banco Monte dei Paschi di Siena, siguiendo el modelo de los grandes bancos como Goldman Sachs que logran altas rentabilidades de los mercados financieros de alto riesgo. La fuerte especulación en estos mercados por parte del Monte dei Paschi tuvo la aprobación del entonces Ministro de Finanzas y luego gobernador del Banco de Italia, Mario Draghi. Gran parte de esas operaciones de préstamo se gestaron a través de la banca alemana, principalmente el Deutsche Bank, que le había ayudado a tapar las pérdidas sufridas con la crisis y la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008.

Pero el tsunami de Lehman Brothers y las pérdidas acumuladas por los derivados financieros, le obligaron en el 2009 a pedir al gobierno italiano un rescate de 1.900 millones de euros; y en 2012 logro otro segundo rescate oficial de 500 millones de euros, acumulando 3.900 millones de euros entre los rescates del Banco de Italia y el “rescate” de tapadillo por parte del Deutsche Bank. El gran problema es que el Monte dei Paschi nunca reveló los 1.500 millones de euros que el Deutsche Bank le había prestado en 2008, y esa revelación en 2013 provocó una enorme sacudida financiera porque mostraba una vez más la  poca transparencia de la banca europea. Las pérdidas millonarias de este banco italiano fueron ocultadas mediante préstamos secretos del Deutsche Bank alemán y el Nomura Bank japonés, gracias a mecanismos financieros similares a los que Goldman Sachs ayudó a Grecia durante años a ocultar los déficit fiscales, como he analizado en El casino que nos gobierna. Aunque el asunto tenía otra dimensión porque quien estaba al mando del Banco de Italia y “supervisaba” esas operaciones con el banco alemán era el presidente del Banco Central italiano, Mario Draghi, el mismo que entonces y hoy lleva las finanzas del Banco Central de Europa. Desde el inicio de la crisis el Monte Paschi fue perdiendo hasta un 90 por ciento de su valor.

Minado por todas las operaciones de derivados que ocultaron las pérdidas, según Bloomberg para 2016 Monte dei Paschi había recibido 4.000 millones de euros en rescates financiados por los contribuyentes, la mayoría de los cuales los había reembolsado más 8.000 millones de euros aportados por los inversores desde 2009. El Monte dei Paschi fue considerado el banco más débil de Europa en los stress tests o pruebas europeas de resistencia de julio de 2016 y el Banco Central Europeo le requirió para que limpiara su balance. La firma debía recaudar 5 billones de euros de fondos frescos para aumentar su capital a finales de año; y cubrir las pérdidas generadas por la eliminación de los préstamos incobrables. Pero no lo consiguió. El fondo soberano de inversión de Qatar, que había considerado una posible inversión, se abstuvo de comprometerse a comprar acciones; y esa misma desconfianza impidió las inversiones de otras entidades.

Las previsiones de una próxima falta de liquidez pero, sobre todo, los temores de que la quiebra anunciada desencadenara otras quiebras bancarias en Italia e incluso una potencial nueva crisis en Europa, según la prensa internacional, fundamentaron la decisión del gobierno italiano. Los bancos italianos están luchando bajo el peso de una montaña de 360.000 millones de euros de préstamos incobrables, según Bloomberg, una situación que ha erosionado la rentabilidad y socavado la confianza de los inversores. La nacionalización de Monte Paschi podría ser seguida de rescates para prestamistas como Veneto Banca SpA y Banca Popolare di Vicenza como parte del paquete gubernamental. Porque está demostrado que la acumulación de riesgos sistémicos garantiza los rescates de la banca financiarizada.

LA EUROPA OPACA DE LAS FINANZAS

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China y Estados Unidos: ¿socios?

Wed, 01/02/2017 - 10:00

Immanuel WallersteinLa Jornada

Casi todos los políticos, periodistas y analistas políticos describen las relaciones entre China y Estados Unidos como una competencia hostil, especialmente en Asia oriental. Yo no estoy de acuerdo. Pienso que entre lo central de la agenda política de ambos países está alcanzar un acuerdo de largo plazo. El hueso duro de roer que los contiene es quién de los potenciales socios es el perro que manda.

Cuando Donald Trump afirma que quiere hacer que Estados Unidos sea grandioso de nuevo, para nada se halla fuera del consenso general en Estados Unidos. Usando palabras diferentes y propuestas políticas diferentes, esta fútil ambición es compartida por Hillary Clinton, Barack Obama y aun Bernie Sanders, y por supuesto por los republicanos. Es compartida también por los ciudadanos más ordinarios. ¿Quién se anima a decir que Estados Unidos debería conformarse con ser el número dos?

Cuando en 1945 Estados Unidos derrotó definitivamente a su gran rival, Alemania, se dispuso a asumir el papel de potencia hegemónica en el sistema-mundo. El único obstáculo era el poderío militar de la Unión Soviética. El modo en que Estados Unidos abordó el asunto de este obstáculo fue ofrecer a la Unión Soviética el estatus de socio menor en el sistema-mundo. Nos referimos a este arreglo tácito como los Acuerdos de Yalta. Ambos lados negaron que hubiera arreglo alguno, y ambos lados lo implementaron a fondo.

Estados Unidos sueña con implementar un arreglo semejante al de Yalta, con China. China se burla de esta idea. Considera que los días de hegemonía estadounidense ya pasaron, creyendo que Estados Unidos ya no cuenta con la fuerza económica para apuntalar ese estatus. También considera que la desunión interna de Estados Unidos lo hace impotente en la arena política. Por el contrario, China busca imponer un arreglo tipo Yalta donde Estados Unidos sea el socio menor. La analogía más cercana sería la relación posterior a 1945 entre Gran Bretaña y Estados Unidos.

China considera que lenta, pero seguramente, su fuerza económica crecerá imparable en las décadas venideras. Considera que puede lastimar el bienestar económico estadounidense mucho más de lo que Estados Unidos puede dañar a China. Además, piensa que atraerá a otros asiáticos que resienten haber vivido, por lo menos los últimos dos siglos, en un mundo dominado política y culturalmente por los europeos.

Es seguro que el análisis de China tiene dos puntos débiles. Tal vez China sobrestima el grado en que puede continuar dominando, a nivel mundial, la superioridad productiva. Y le asalta el temor de que el país pudiera desgarrarse, como ha ocurrido con frecuencia en la historia china. Un arreglo con Estados Unidos podría minimizar el impacto de estos riesgos para China.

Y en cuanto a Estados Unidos, un día la realidad tocará fondo y el papel de socio menor podría ser mejor que quedarse sin arreglo alguno. A este respecto, Trump puede acelerar el proceso. Él ladrará, amenazará e insultará, pero no hará de Estados Unidos un país hegemónico de nuevo. En este sentido, el régimen de Trump desengañará a más estadounidenses que cualquier versión sobria de la misma ambición, como aquella representada por la presidencia de Obama.

En cualquier caso, la danza oculta entre China y Estados Unidos –la no declarada búsqueda de una sociedad– permanecerá siendo la actividad geopolítica en el sistema-mundo de las décadas venideras. Todos los ojos deberían estar puesto en esto. De un modo o de otro, China y Estados Unidos terminarán siendo socios.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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La rebelión progresista, la única fuerza eficaz contra Trump

Wed, 01/02/2017 - 08:00

Las tormentas internas de los grandes partidos socialdemocrátas mundiales una posible respuesta al avance imparable de los populismos de ultraderecha.

Rafael Alba - EL BOLETÍN

Los récords cosechados por el Dow Jones en la misma semana en que el flamante presidente de EEUU, Donald Trump, ha hecho realidad algunas de las peores pesadillas que inspiraba antes de su llegada a la Casa Blanca, parecen dejar claras un par de cosas que, puntualmente, han señalado ya algunos afamados analistas internacionales. Al menos, para ese gremio que vive por y para los mercados y mueve el dinero de los hombres ricos del planeta entre fondos de inversión, paraísos fiscales, mansiones y sustancias alucinógenas, según el tópico, hollywoodiense, la irrupción de Trump en Washington, su defensa velada de la tortura, su muro para frenar la emigración mexicana y su desprecio a la prensa no significa ningún problema.

Ellos están en otra cosa, saben que habrá recortes de impuestos y una política económica favorable para sus intereses. Y eso es lo único que les importa. En realidad, eso es lo único que debería importarnos a todos. La combinación entre economía de mercado y dictadura política, ha demostrado ser un sistema maravilloso y amigable para esa mínima parte de la población mundial que acapara la mayor parte de la riqueza y justo a ese patrón parece responder un Donald Trump que va a entretener a la concurrencia con gestos peligrosos, pero que serán jaleados por un montón de ciudadanos y ciudadanas dispuestas y dispuestas a seguir votándole, mientras él, y los suyos, siguen engordando esas cuentas corrientes opacas a cualquier fisco que han hecho florecer con tanto cuidado y esmero en el terreno abonado del neoliberalismo.

Hay otros analistas que señalan una ventaja adicional de Trump que ya poseían, por cierto, ilustres antecesores del hotelero presidente como Silvio Berlusconi. Se trata de la eliminación de los intermediarios que hasta hace muy poco controlaban las instituciones democráticas, siempre orientándolas hacia los territorios que más interesaran a sus señoritos. Trump ha despedido a esos molestos empleados, los políticos, que, a veces, parecían haberse creído más necesarios e imprescindibles que lo que realmente eran.

Y, eso sí, con un estilo tomado del manual de los grandes dictadores de la historia, sólo habría pactado, o respetado los intereses de las Fuerzas Armadas, públicas y privadas, que controlan el ejercicio legal de la violencia en cualquier estado. Obviamente, este es el único colectivo del que no puede prescindir. Y, además, la alianza puede servir para perpetuar los intereses de ese grupo que, quizá podría haber tolerado también un presidente distinto, pero que no tiene ningún problema con que este presentador de televisión y hotelero venido a menos sea el que se siente en el trono que, teóricamente, ocupa cada cuatro años alguien a quien todavía se podría considerar la persona más poderosa del mundo.

No hay, por lo tanto, demasiadas novedades que reseñar, a pesar de todo. Ni es la primera vez, ni será la última que una figura mesiánica, teóricamente engendrada extramuros del sistema alcanza una posición tan peligrosa para el mundo. Algunos de estos casos, que se pueden encontrar fácilmente en los libros de historia han terminado muy mal para la humanidad entera. Y, por supuesto, con Trump, y las hipotecas ocultas con las que ha llegado a donde ha llegado puede ocurrir lo mismo. Así que no está de más, en absoluto, que los analistas de izquierdas, y hasta los políticos conservadores decentes, hagan horas extras para intentar encontrar fórmulas pacíficas de evitar ese mal mayor que avanza hacia nosotros como un alud. Lo malo es que, en este momento, quizá la utilidad real de estas reflexiones sea más bien dudosa.

Porque, en mi opinión, hace muchos años ya que se sabe perfectamente cómo dar la batalla a este tipo de movimientos reactivos y, sin embargo, por el momento, nadie parece dispuesto a hacerlo. Por lo menos, nadie que haya llegado lo suficientemente alto en la jerarquía política como para convertirse en un contrapoder efectivo. En estos días, la única batalla de las ideas que parece urgente librar es aquella que sirva para contrarrestar los desmanes que la política económica neoliberal, triunfante desde la llegada al poder de Ronald Reagan, ha provocado en la población mundial. Porque justamente ahí es donde se oculta, o no tanto, la raíz de todo lo que ha sucedido en los últimos tiempos.

Desde que los partidos socialdemócratas o progresistas, y muy especialmente en Europa, copiaron las recetas de los gurús económicos conservadores y dieron credibilidad a absurdeces como aquella de la austeridad expansiva, mientras intentaban asegurarse votos de colectivos diversos, y supuestamente marginales, con subvenciones y caramelitos para mantenerse en el poder, todo ha ido de mal en peor. No, por supuesto, para el funcionariado de las partitocracias, que vive muy cómodo instalado en los gobiernos de coalición y el poder regional, pero si para todos los demás.

Por eso, aunque sea muy lentamente, la única esperanza que parece quedar es esa rebelión silenciosa de los militantes de algunos partidos socialdemócratas occidentales que apuestan en contra de sus líderes oficiales y sus aparatos, férreos defensores del orden ‘neoliberal’ reinante. Los militantes demócratas que han apoyaron a Bernie Sanders, el rival que más temía, en realidad, Donald Trump, o los militantes laboristas que han mantenido en el poder a Jeremy Corbyn, o los militantes socialistas que han aupado hasta las alturas a Benoît Hamon, mandan una señal inequívoca del rumbo que desean para sus partidos. Y se trata, además, de una apuesta a largo plazo, porque han elegido a estos líderes, a pesar de los mensajes reiterados de sus rivales que les descalificaban como posible competidores del populismo de ultraderecha en unos comicios nacionales.

Lo curioso es que, a pesar de las reiteradas derrotas, que esas opciones, autodenominadas responsables, han cosechado una y otra vez en las urnas, los ‘neocons’ instalados en las cúpulas de los partidos socialdemócratas siguen a lo suyo. Intentan mantener a cualquier precio el control de unas siglas a las que conducen a la total irrelevancia, aunque para ello tengan que organizar ‘purgas’ fratricidas y altamente destructivas en esas organizaciones que dicen amar por encima de todo. Justo como está sucediendo ahora mismo en el PSOE español, o sucedió no hace mucho en el seno del laborismo inglés.

El problema es que, incluso, si estos aparatos tan resistentes al cambio que les solicitan sus militantes y les marca el camino que han ido siguiendo sus votos perdidos consiguieran su propósito, sólo lo harían, como ha sucedido en Grecia, o sobre todo en Alemania a costa de una implosión que les destruiría para siempre como alternativa de poder. Quizá se conviertan en bisagras imprescindibles para los conservadores y sus nuevos lideres hasta saquen un buen partido personal de ello en forma de salvoconductos para pasar indemne por cualquier puerta giratoria. Pero la historia los devorará y por mucho que lo intenten no podrán frenar la aparición de las nuevas formaciones progresistas verdaderas. Justo esas que van a nutrirse con esas legiones de militantes descontentos que quieren tener el carné de verdaderos partidos de izquierdas. O eso creo yo.

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La recuperación de la economía española, ¿un velo fugaz para las cuestiones de fondo?

Tue, 31/01/2017 - 14:00

Daniel Albarracín – Público.es

En este “país de países” arrastramos cuanto menos desde la Transición un viejo simplismo ideológico, fundado en la escisión artificial entre lo económico y lo político. Desde entonces se optó por dividir conceptual y prácticamente ambas esferas. Se facilitaron reformas que podrían conducir al aperturismo democrático y las libertades públicas, a cambio, ni que decir tiene, de fuertes renuncias materiales para las clases populares y trabajadoras, en materia de salarios, condiciones laborales y mayor racionalización económica. Las fuerzas políticas se dedicaron a tomar las instituciones y las sindicales a negociar en el ámbito laboral. Desde ahí, se produjo un largo retroceso en la influencia de las clases populares en cuanto a sus condiciones de vida materiales. Reestructuraciones, salarios contenidos e inestabilidad laboral llegaron a continuación. Más tarde, la resistencia y la respuesta apareció de nuevo, primero en el campo de los movimientos sociales y tras conmociones de alcance internacional, con el movimiento antiglobalización de los 2000, las primaveras y el 15-M de 2011. Se formaron después nuevas herramientas políticas hoy en el centro de la escena y que siguen despertando enormes expectativas.

Este tipo de aproximación ha conducido a dos excesos: el economicismo, entendiendo tal cosa como una maquinaria técnica que sólo cabe gestionar y de cuyos resultados se derivan los comportamientos sociales y políticos; y el politicismo, que piensa que basta con invocar meramente al discurso para conducir a las mayorías. Ni la realidad social, histórica y política son fruto de ninguna ley exacta universal, ni los sujetos están al margen de sus realidades materiales. Más bien, debemos entender, que los sujetos intervienen en su propia experiencia desde un punto de partida que no eligen, pero cuyo destino colectivo no está predeterminado y se construye. La relación con los recursos y el entorno, las formas de producir y distribuir, el modo de vida, representan el material central del debate político por antonomasia.

El régimen, aunque en entredicho, sigue, reproduciendo el esquema vulgar del economicismo, confiándolo todo a una recuperación económica para recuperar adeptos. Por nuestro lado, huyendo de cierto miserabilismo que piensa que sólo es posible avanzar en medio de la desesperación, pensamos que un ciclo como este facilita las condiciones para la autoorganización popular y el avance de nuevas ideas, tal y como se experimentó en ciclos económicos positivos (el ciclo del 68, el movimiento contra el capitalismo global a comienzos de los 2000, etc…). La cuestión de contar con “los que faltan” debe consistir tanto en organizar a los que se indignaron -y que reflexionaron sobre la experiencia colectiva para llegar a conclusiones de que es necesario cambiar-, como en tratar de dialogar con el sentido común mayoritario, para interpretar lo que nos sucede y construir juntos un proyecto de sociedad que acabe con las causas de la injusticia.

Las frágiles bases de la recuperación actual.

La economía española ha crecido un 3,2% el año pasado, por encima del entorno europeo. Ahora bien, el nivel del PIB aún no ha alcanzado el nivel de producción de 2008. La recuperación comenzó en 2014, y tuvo su momento álgido en 2015. Ya se empieza a desinflar. La recuperación, será probablemente corta. La inversión se aceleró rápido en 2014  y 2015 pero pronto ha perdido ritmo y está a distancia de los niveles de anterior a la crisis. La rentabilidad efectiva, tras desplomarse en el periodo recesivo, se ha recuperado muy tímidamente.

Fuente: Banco de España

Entonces, ¿qué ha ocasionado esta recuperación?. ¿Hasta qué punto es importante?.

. La economía describe ondas largas y ciclos, no es lineal. Se ha producido un efecto rebote del ciclo industrial tras lo que fue una fuerte recesión del ciclo 2008-2013. La desaparición de empresas y empleos, ha causado un fuerte ajuste, y las empresas supervivientes ocupan los mercados con menos competencia, observándose una fuerte concentración empresarial.

. Las relaciones económicas con el exterior han mejorado en este contexto, arrojando una capacidad de financiación positiva, con una cuenta corriente y de capital positivas. El sector turístico se ha comportado muy positivamente. Debe destacarse que la exportación manufacturera ha tenido también un buen comportamiento. La economía española, se ha beneficiado de un efecto arrastre en la exportación, especialmente con la automoción. Nuestra industria es auxiliar de centroeuropa que, sin crecer fuerte (1,9%), disfruta de un Sistema Euro, algo que le permitió trasladar parte de la crisis a la periferia europea. Un centro europeo que sigue ostentando el control de las fases estratégicas de la industria y la cadena de valor (finanzas, ingeniería, distribución comercial).

. Se produjo una relajación de los recortes en el periodo electoral y de gobierno en funciones en 2016.

. Atravesamos una caída coyuntural de los precios del petróleo (cuyo motivo fundamental es la mayor oferta ocasionada por EEUU y la extensión del fracking), que han abaratado los costes de producción.

. Por otro lado, se ha dado un abaratamiento de los costes financieros a las empresas debido a la política del BCE, mediante la flexibilidad cuantitativa y la compra de activos facilitando tipos de interés reales negativos, eso sí reservados a empresas industriales y financieras, y no para nadie más.

. El capital ha operado para recuperar sus beneficios mediante una depresión salarial y cierta creación de empleo inestable, que ha hecho bajar el desempleo por debajo del 19%, merced a las ventajas arrebatadas con sucesivas reformas laborales, y el poder de negociación que ofrece los altos niveles de paro. La tasa de temporalidad sigue en el 27% y el empleo indefinido no consigue ser duradero. El peso de las remuneraciones de los asalariados en la renta nacional bruta ha pasado del 51,6% a tan sólo el 47,6%, entre 2008 y 2015, lo que supone un ascenso del peso del excedente empresarial en la renta nacional. Los salarios, que han sufrido en todo el periodo de recesión, en esta recuperación se han mantenido estancados y evolucionando en casi todo momento por debajo de la productividad. La eficacia de los salarios pactados en convenio (1,1%) para que se trasladen a los salarios reales pierde fuelle como referencia al desuniversalizarse la negociación colectiva.

Sin embargo, estos elementos que explican la recuperación encierran su propia condena, por las siguientes razones.

. El ciclo se encuentra en una onda larga declinante, de ciclos industriales cortos, desde los años 70. Apenas se cuenta con una tasa de beneficio efectiva del 2,1% (en el periodo anterior a la gran recesión superaba el 10%), según datos del Banco de España.

. La aplicación del Informe de los 5 Presidentes en la UE, los nuevos recortes que van a venir, junto con más impuestos, la ausencia de mecanismos compensadores en Europa, y la falta de redistribución, siguen estableciendo políticas de austeridad social en un contexto de generosidad con las empresas, mediante favores al sector bancario y el apoyo a las empresas energéticas, que mantienen el curso de la conversión de la deuda privada en pública.

. El factor de abaratamiento de costes en materias primas y financieros ha permitido un relativo desendeudamiento privado en España, como relativa excepción internacional, que, sin embargo, mantiene los niveles de deuda en porcentajes explosivos si hubiese una nueva recesión. La deuda global, no obstante, sigue en niveles muy altos, un 304% en 2016 (un 322% en 2015), y el sector público arrastra una deuda del 100% del PIB. Con todo, la losa de la deuda sigue impidiendo cualquier lanzamiento de la inversión, porque los excedentes obtenidos se dedican principalmente a honrarla.

. Debemos tomar en cuenta que el abaratamiento del petróleo no se prevé que sea muy prolongado, aunque esto está en duda con la política fosilista de Trump que podría ir más lejos, extrayendo yacimientos más arriesgados medioambientalmente si cabe.

. No sabemos por cuánto tiempo durará la política actual del BCE. En Japón se ha sostenido una política similar durante más de dos décadas. Pero lo que resulta evidente es que esta política no es capaz de animar vigorosamente la inversión y las expectativas son que no durará eternamente.

. La política del capital consigue retrasar los procesos de desvalorización de activos de las grandes empresas y lo que, en otros términos, se denomina capital ficticio. Pero este factor obstaculiza cualquier recuperación fuerte.

. Por eso, parece que la opción que puede profundizarse, dado que las tasas de beneficio y los mercados se reactivan muy débilmente, consiste, para los de arriba, en seguir agrediendo al mundo del trabajo y a los derechos sociales, potenciando una política de Estado que blinde los privilegios de las grandes empresas y, especialmente, al sistema financiero privado.

Perspectivas políticas para otra economía y otra sociedad.

De tal manera que, cualquier perspectiva que nos haga pensar que lo peor ya pasó o se equivocaría o nos engañaría. Las tentaciones de un posible triunfalismo de los que gobiernan, o una interpretación política que conduzca a sugerir una moderación de nuestras aspiraciones de cambio, sería un craso error.

Muy al contrario, se abre un ciclo político en el que seguir cuestionando el modo de vida existente,  las relaciones que mantiene la sociedad con nuestro entorno natural, cómo disponemos de nuestro tiempo y como tomamos nuestras decisiones colectivas. No podemos apelar al miserabilismo, sino interpelar a la reflexión, la autoorganización y la propuesta superadora. No es cierto aquello de que cuanto peor mejor, más bien al contrario. La autoorganización popular es más consistente cuando la respuesta dada no es fruto de la desesperación sino del debate y crítica colectivos, la perspectiva práctica y alternativa que se pueden derivar de ello, esto es, del noble arte de la política bien entendida. Y no es cierto que cuanto “más recuperación” la gente se contenta más, porque esa recuperación es la de los beneficios o privilegios de unos pocos contra la vida y el trabajo de todos los demás, no es para todas los grupos sociales, y el modelo de producción que se ofrece tiene serios impactos contra la bioesfera y el clima.

Por estas razones, debemos abordar la cuestión de la centralidad del tablero político entendiendo que este se dibuja en un mapa irregular, donde los polos gravitatorios se separan del centro. Un mapa que hay que habitar dando respuesta a las demandas y aspiraciones de la mayoría social, de las clases trabajadoras, en clave de construcción de propuestas políticas emancipatorias y democráticas abordando las causas de los problemas de las mayorías trabajadoras. Esto es, yendo a la raíz de los mismos.

Eso supone cuestionar la arquitectura institucional de la UE; las políticas de austeridad social y rescate permanente del sistema bancario que, combinadas, conducen a una conversión de la deuda privada en pública; implica abordar la cuestión de los sectores estratégicos que debieran reservarse al ámbito público para darles una orientación democrática, social y sostenible ecológicamente; abrir las puertas a la democracia en el espacio del trabajo, para garantizar el derecho a una vida y un empleo digno, estable y mejor pagado, con la reducción y reparto del tiempo de trabajo y el protagonismo de los y las trabajadoras en la producción (y en la reproducción de la vida) como bandera; en un contexto social donde todos los trabajos socialmente útiles se vean reconocidos, extendiendo los servicios públicos, las libertades y derechos sociales de y para todas las personas.

Economista y sociólogo. Asesor en el Parlamento Europeo con EuroPodemos

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